miércoles, 23 de abril de 2008

Fabio, de la mirada desafiante

Romina Garcia

Eran tiempos adversos para el colegio al que llamaremos M.B.: en un período de tiempo no menor a los 15 años había pasado de ser una de las instituciones educativas más respetadas en el imaginario social santarroseño, para mutar en una especie de “aguantadero”. Varios factores contribuyeron a la merma en la calidad educativa (muchos de ellos, estrechamente ligados al escenario social y cultural impuesto por la lógica neoliberal), pero no pretendo en este relato hacer una análisis de la cuestión. Sí deseo narrar mi encuentro con Fabio, un alumno del nivel polimodal que asistía al instituto mencionado.
La historia comienza así… conmigo, como una de las protagonistas, que a mediados del ciclo lectivo pasado había tomado una suplencia funcional en una Asesoría Pedagógica. Desde la creación del cargo, la persona asignada se hallaba en comisión de servicio, hecho que incidía en que este puesto históricamente se asignara año tras año; el resultado: año tras año, la Asesoría era ocupada por diversas personas que, lejos de sentirse parte de la comunidad educativa en cuestión, asumían su estadía como “de paso”. Y ojo, que aquí también hago un mea culpa: ¿Qué sentido de pertenencia institucional podría sentir yo cuando sólo estaría 3 meses ocupando un cargo docente tan importante?.
De los dos turnos que existían, Fabio asistía vespertino, resagado en la escuela, ya que la percepción que compartíamos muchos docentes era que las cosas más importantes sucedían de mañana. De hecho, en el turno tarde no funcionaba ni la secretaría del colegio ni la dirección; sólo la vicedirectora asistía unas dos horas por día, más que nada para cerciorarse de que estuviera todo tranquilo.
Algunos docente ya habían estigmatizado a Fabio como “alumno problema” y él asumía con mirada desafiante esta condición. Fue con esa misma actitud que se presentó ante mí. Sin embargo, lejos de la formalidad que suele caracterizar los encuentros docente-alumno, yo quería que nuestra charla se desarrollara en un clima distendido. Mate de por medio, nuestros encuentros se fueron haciendo cada vez más frecuentes.
Fabio llevaba consigo su pasado de pueblo originario tatuado: sus ojos negros, su mirada desafiante, su tez morena y su larga cabellera así lo retrataba.
Aún no recuerdo bien cuándo fue que sentí que Fabio comenzaba a abrirse y a contar pausadamente sus experiencias como alumno y, lo que es más importante, como persona, único, individual, irrepetible. Me contó de la pasión que sentía al jugar al fútbol, de su grupo familiar, del colegio y el trato con sus compañeros. En ese primer año, tercera división, Fabio era una especie de líder, ya que él condensaba muchas de las aspiraciones de sus pares: esa actitud provocadora frente a los profesores o la apatía hacia lo institucional, eran rasgos compartidos por sus compañeros. Sin embargo, la diferencia entre ellos era crucial: mientras el resto se apoyaba en una familia que, de una u otra forma los instaban a estudiar (o mejor dicho, que “castigaba” las desviaciones”), Fabio llevaba “la” mochila de su familia. Mochila que incluía desde el desconocimiento del padre biológico, hasta la prostitución de sus hermanas como forma de ganarse la vida, y una madre que, en la escuela siempre estuvo ausente. Sin embargo, Fabio naturalizaba totalmente estas cuestiones (claro, ésa era su vida) y se sentía totalmente libre-adulto- por la posibilidad de optar, de elegir, seguir estudiando: de su familia, él sería el primero en terminar el secundario. Esa responsabilidad la vivía como cuestión bastante trascendente.
Nuestros encuentros fueron prósperos. De a poco, Fabio empezó a esforzarse y a levantar sus calificaciones. Incluso llegamos a fantasear con la idea de que siguiera estudiando una carrera universitaria.
Pero esos esfuerzos por mejorar, a mediados de Noviembre, eran ya en vano. Desde el inicio del ciclo lectivo se fue definiendo el tendal de alumnos que quedarían con materias pendientes. Y Fabio era uno de esos; con el agravante de que por su edad, si no sacaba las materias podría ir a una escuela de adultos (en el mejor de los casos).
Darle a un chico de 16 años la posibilidad de optar si seguir estudiando o no, más aún cuando su desempeño académico no ha sido favorable, es lo mismo que abrirle las puestas de la escuela para que salga a la calle. Y Fabio lo entendió así.
En uno de nuestros últimos encuentros, Fabio me increpó por qué nunca nadie le había dicho lo que yo le estaba haciendo entender: la importancia de tener educación para mejorar nuestras condiciones de vida. Y no supe qué responderle; con toda la impotencia del mundo me culpabilicé por los centenares de docentes que Fabio había tenido en su vida escolar y que no supieron acompañarlo en ese sinuoso camino. Sentir que la verdad estaba ahora al alcance de su mano, pero que ya…
En esos tiempos, la mirada desafiante de Fabio había cambiado. Un velo de resignación parecía cubrirle el rostro.
Quisiera hoy tener a Fabio frente a mí para recordarle que nunca es tarde para aprender, nunca es tarde para darse cuenta. Sólo espero que Fabio lo sepa.

Juegos pacíficos

Analía Olie Colla
Soy docente de segundo año de EGB, me desempeño en el turno mañana. Como todas las docentes cuando llega la hora de los recreos cada una de nosotras tiene asignado un sector del patio para “cuidar” u observar, este puede ser el patio grande, los baños, las galerías. No importa el sitio que sea, pero allí debes estar, digo no importa porque en todos ellos se observa la violencia con que juegan los alumnos, de la manera en que salen de las aulas, pareciera como si uno los tuviera atados y los suelta al momento de tocar el timbre, salen despavoridos de ellas.
Pero también observo a qué juegan en el recreo y aquí me llevo una especie de sorpresa o desilusión pero ¿por qué? Si yo les pregunto a los niños para qué vienen a la escuela ellos contestan “para estudiar seño” y si les pregunto para qué están los recreos ellos contestan para jugar seño. Obvio que las respuestas son las que espero que me contesten, pero en ninguno de los dos casos son las reales.
Vuelvo a lo que veo en los recreos, unos se empujan, pegan patadas, se agarran, se gritan, y ante el llamado de atención por parte del docente nos contestan “si estamos jugando seño”.
En realidad como docente observo que los niños no juegan o juegan aisladamente, sin reglas claras, con agresividad, perdiéndose la posibilidad de disfrutar “con” el otro debido al desconocimiento de otros tipos de juegos.
Esta preocupación es observada y consensuada con otras docentes de primer ciclo. Para ello probé con repartir a los alumnos diversos juegos didácticos, los cuales me dieron resultado los dos o tres primeros días. Con el tiempo creo que estos juegos les dejaron de llamar la atención y nuevamente salían al patio.
Con la docente de la otra división elaboramos un proyecto denominado “Segundo crea su mundo” en el cual tratamos de recuperar la poesía que Elsa Bornemann clasifica como “lúdica” (del latín “ludicrus” relativo o perteneciente al juego).
Pero ¿Cómo se llevó a cabo? Una mañana, luego de tocar el timbre de entrada en la primera hora, les pedí a los alumnos que dejen todos los útiles y se formen en la galería.
Ellos asombrados y ansiosos preguntaban:
Alumnos: -¿Qué pasa seño?, ¿Dónde vamos? , ¿Qué vamos a hacer?-.
Yo les contesto: - Vamos a la sala de música-.
- ¿Para qué vamos a la sala de música? -.Dijo Lautaro.
- Vos no sos la seño de música-. Dijo Valentina-
Una vez allí, entraron y mientras que yo acomodaba el radiograbador, ellos se sentaron en el piso, en forma de círculo y me observaban. Se creó un clima de suspenso y hasta logré que hicieran silencio sin necesidad de pedirlo.
Presiono la tecla “play” del radiograbador y comienza a escucharse la canción “Se me ha perdido una niña”. La cara de desorientados de los alumnos era genial, ya que por un lado no tenían consignas para realizar, yo no soy la seño de música pero estamos en la sala de música y escuchando música. Luego de observar esas inolvidables caras comienzan a preguntarme: -- ¿Qué es eso seño?, ¿Para qué nos puso música?-
Les contesto:- En esta hora vamos a jugar-.
- ¿A jugar seño?- preguntaban aún desorientados.
A partir de ese momento, divido a los alumnos en dos grupos, los formo en dos líneas enfrentadas y les explico que era un juego que la seño jugaba cuando tenía la edad de ellos. Les explico cómo son los pasos y comenzamos, siempre acompañados por la música del grabador.
En el momento de formar la sillita entre dos niños para llevar a la niña, observo que no lo saben hacer, entonces cortamos la música y practicamos, mientras le indicaba como unir los brazos para formar una sillita, les causaba gracia y a su vez un poco de vergüenza.
Mientras jugábamos se me olvidó cortar esta canción y comienza la siguiente que es “Jugando al huevo podrido” y ante el pedido de ellos lo dejé.
Pregunté quién sabía jugar, sólo dos nenas, Valentina y Brenda, dijeron que ellas sabían. El resto se quedaban mirando, lo cual me llama mucho la atención. Considero que los chicos no saben jugar, solo copian conductas agresivas de algún programa de la televisión.
Finalmente, explicamos y terminamos jugando al huevo podrido, luego toca el timbre para el recreo. Cierro la sala y voy a mi sector asignado, los sigo observando. Algunos cuchicheaban, me miraban y se reían, entonces los llamo y los invito a jugar al huevo podrido.
Comencé jugando con cuatro nenas y tres varones, al vernos se fueron sumando y terminé con catorce.
Toca el timbre y vamos al aula, la alegría les brotaba en sus sonrisas. Les pregunto que les había parecido lo realizado en la hora anterior, mientras tomaba nota en el pizarrón de sus respuestas.
Luego, traté de hacer una reflexión sobre cómo jugamos en los recreos, qué es mejor para nosotros ya que de esa manera no nos lastimamos, no peleamos.
Volvió a surgir el tema de que eran juegos que jugaba la seño cuando era una niña, entonces quedo como tarea preguntar en casa ¿A qué jugaban mis papás cuando iban a la escuela?
Luego de indicar esa tarea continué con la clase de matemática, aún así se escuchaba a más de uno tararear la canción “Se me ha perdido una niña”.
Al día siguiente, al entrar a clase el primer tema que se abordó fueron las respuestas de los papás. De allí surgieron otros juegos como “La Farolera”, “Antón Pirulero”, “Puente de Avignón”, “Buenos días su señoría”, “La paloma blanca”, etcétera.
Esta propuesta, en realidad debería ser más asidua y sistemática, muchas veces los tiempos no alcanzan, los contenidos nos apuran y no se llevó a cabo en los tiempos asignados, ya que se iba a realizar cada 15 días, y obviamente nuestra presencia en todos los recreos, muchas veces no es posible. Sin embargo, fue una experiencia genial el poder compartir ese otro momento, en otro espacio no habitual.

Terror al fracaso ante lo desconocido

María Laura Molleker
Transcurre el año 2007, soy maestra desde diciembre de 2006; todavía no me han llamado para dar clases y esto me tiene algo preocupada, porque si bien tengo muchas ganas de trabajar me siento mal con sólo pensar entrar a una escuela.
Hoy, a fines de mayo me llamaron de Designaciones para confirmar mis datos y me dijeron que seguramente la semana que viene me van a estar llamando; la adrenalina empezó a surgir.
Los días parecen eternos, este fue el fin de semana mas largo de mi vida; tengo miedo, alegría, ansiedad, un conjunto de sentimientos encontrados. Que raro ¿no? Todo esto por el hecho de pensar en dar clases.
Por ahí no deben estar entendiendo, pero me explico mejor, todo este miedo surge a partir de mi actividad como practicante, ya que tuve dos grandes experiencias, una fabulosa con un recibimiento y una estadía mas que acogedora y otra en la cual no nos echaban porque quedaba mal, donde nosotras éramos un total estorbo. Hablo de “nosotras”, mi pareja pedagógica y yo.
El día tan ansiado llegó, esta mañana (principios de junio de 2007) me llamaron para una suplencia común en primer grado, mi escuela primaria ahora no iré como alumna sino como maestra, esto me hacía sentir cómoda ya que conozco la escuela pero… una vez ahí pude comprobar que los años pasan y la escuela no es lo mismo cuando se es alumno que cuando se es docente; como era el turno tarde me recibe la vicedirectora. Le explico que es mi primer suplencia, y ella entre dientes dice; - ¡uh! Entonces cero experiencia y encima te tengo que mandar a primer grado; seguido agrega – como estamos en época de entrega de boletines encárgate de pasarlos a las especiales, también hablá con las del CAE porque seguro necesitan un informe para el boletín, ah! también “la otra” (la titular) no cerró registro así que encárgate. Le contesto muy cordialmente –bueno, gracias- y mientras salía de dirección me dice -no sé si te dijeron pero esta suplencia es por una semana.
Sí, una semana, en una semana tenía que dar clases, intentar conocer a mis alumnos pequeños que están empezando a escribir y por poco también no tengo que evaluarlos, difícil, pero bueno, con este panorama estaba esperanzada que mis compañeras fueran un tanto distintas… entro a la sala de maestros, saludo, nadie se dio cuenta de mi presencia, sólo una que pregunta; -¿vos sos la suplente de primero?. Digo, porque estás de turno.-
A no buenísimo, esto es el famoso derecho de piso; ahora entiendo porque tanto miedo, tanta adrenalina, con estas cosas “que lindo es ser maestra”. Esto pensaba antes de…
Entro al aula, mis pequeñitos alumnos eran los únicos que estaban ansiosos de conocerme, dentro del aula pasé una semana maravillosa; aunque dolió mucho la despedida, muchos lloraron preguntando porque esta nueva seño no se quedaba. A ellos parecía caerles bien.
Una nueva escuela me espera, ahora sexto grado, y ahora qué será de mí. Grandes, sí grandes; el recibimiento es prácticamente el mismo que el anterior, parece molestar un poco que esté recién recibida, las docentes hacen comentarios como: - y si querida vas a estar unos cuantos años haciendo estas suplencias cortas, ya que no tenés nada de puntaje- ah! me olvidaba de comentar que las docentes se presentaron como titulares de… interinas de… y suplentes funcionales de… y hasta estaban ubicadas en la mesa en estos subgrupos, lugar que yo no tenía, porque no hay un lugar para una suplente común. También estuve de turno el primer día, esto parece a propósito justo el día que llegás estás de turno.
Entro al aula, mas miedo aún, pero los chicos si bien charlaban mucho parecían estar interesados por conocerme; también pasé dos semanas maravillosas, pero nuevamente sólo dentro del aula.
Pasaron otras escuelas, suplencias de una, dos y hasta tres semanas, en todas mas o menos lo mismo, en el aula fantástico, pero con docentes y directivos la cosa no era igual. Si tengo que recordar a algunas docentes que no hacían como las otras, quejarse y quejarse, sino más bien se acercaban con la sola intención de hacer más amena la estadía en la escuela, pero éstas pertenecían a la minoría.
El 16 de agosto tomé una suplencia por todo el año, ahora tengo tercer grado, mis alumnos son divinos, sus papás son divinos, todo es perfecto con ellos.
Por ahí queridos colegas se sentirán identificados con esta vivencia, tal vez no, pero seguramente los he hecho remontarse a sus comienzos.
Si bien esto no es una fábula sino las primeras experiencias de una docente, de los muchos que somos, seguramente estarán de acuerdo conmigo con que esto sí tiene una moraleja: “el placer de ser docente es estar en contacto con nuestros alumnos, el único lugar donde el miedo desaparece es ahí, en el aula donde realmente sentimos la seguridad de haber elegido bien nuestra profesión, por esto y mucho más puedo asegurar con orgullo ¡que lindo es ser maestra!”

¿Quién te cambio?

María Luciana BarrioCuando me dijeron que tenía que contar una “anécdota” o experiencia pedagógica se me venían muchas a mi cabeza pero pocas para expresarlas.
En unos de los colegios nocturnos de mi ciudad (Santa Rosa) en donde ejerzo como profesora hace dos años me paso una desagradable situación.
En un primer año numeroso en donde predominaban más varones que mujeres había una alumna muy especial, retraída pero excelente estudiante, siempre sola respetuosa, era la blanca palomita del grupo. Una noche en el último modulo entre al aula y encontré a mi alumna discutiendo con un compañero que no era bien visto en el curso y sobre todo en la institución por sus malas compañías, me acerque y les pedí que terminaran de discutir, pregunte
._¿Por qué pelean? y ella me miro y me dijo.
_ ¿Qué se mete usted?.,
_ A mi nadie me manda y menos usted vieja de mººººººººººº
,._No se meta conmigo....
Yo me asuste y pensé que me habían cambiado de alumna, no era la niña que tenia en mi clase. Se alejo de mi y se sentó en el rincón del aula sola. Le pregunte a su compañero y él se río y me dijo
__Nada fierita, nada......
Sus compañeros tampoco la conocían, la dulce palomita se había transformado, no era la alumna de siempre esa niña callada, algo le estaba pasando pero ¿QUÊ?. Empecé mi clase y ella no trabajo, trate de acercarme pero ella "no estaba en el aula". Me preguntaba "¿En donde estará ahora?. Toco el timbre y todos preparados para irse ya que era el último modulo por lo cual todos estaban cansados. La ultima en salir del aula fue ella se retiro del curso sin decir ninguna palabra.A la semana siguiente cuando volví nuevamente a estar con el grupo de primer año la alumna no estaba porque la niña había abandonado la institución. Pedí motivos y nadie supo contestarme: Me sentía muy triste porque me imaginaba miles de cosas, ¿Fui yo la culpable? ¿Qué no me di cuenta?....
Hasta el día de hoy no supe nada más de esta aplicada y estudiosa alumna, de tantas preguntas que me hago y ninguna respuesta que consigo digo..¿Tendió una araña negra su tela invisible entre la maraña de un rosal, de manera que los insectos amantes del suave néctar quedasen prisioneros en sus redes al pasar volando hacia su dulce cita?.

Las residentes

Mónica Liliana Capello
Eran las cuatro de la tarde y se acercaba el momento.
Todo tenía que salir perfecto.
Así como lo pensamos los docentes: ¡perfecto! Eso que nos sale de adentro, que ni siquiera sabemos de dónde viene (¿o sí?) pero que ahora estamos en condiciones de superar. Al menos yo lo intento.
Las cosas tenían que salir bien. Para esto no hubo ensayo, pero sí complicidad.
Las víctimas eran cuatro. Cuatro jóvenes e indefensas criaturas terminando su residencia en esta cueva de brujas, que al principio no notaron porque las escobas las escondíamos en el armario.
Para despedirlas algo tenía que pensar. No se podían ir así como así, como que terminaban y nada más.
Cada una de ellas había pasado por mi aula dejando una huella en cada uno de los niñitos y también en mí. Supe recordar mientras transitaban, mi residencia. Mis idas y venidas. Interminable…! Buen…!!
Pero… ¿¡Qué hacer!?
Así, creo, recordé mis años de trabajo administrativo en la Facultad de Ciencias Económicas y las palabras dibujaron solas una resolución. Una resolución con VISTOs; CONSIDERANDOs; ARTÍCULOS y COMUNÍQUESE Y ARCHÍVESE. Todo como corresponde.
Hasta tenía sellos chicos, rectangulares, ovalados, de esos que cuando uno los ve… ¡impresionan!
Los sellos los había conseguido por medio de la gentil Vicedirectora, cómplice del maltrato. También había pensado: a la Directora: NADA. No lo tenía que saber. Así se tornaría más creíble.
Las firmas que acompañaban a algunos sellos, espectacularmente diseñadas, le daban un toque de autoridad autoritaria.
En uno de sus artículos, la resolución expresaba, palabras más palabras menos, que por acuerdos ministeriales, la residencia de extendería un tiempo más (creo que era un mes más).
Eran las cuatro de la tarde y tenían que reunirse con la directora para conversar sobre el tema.
Las expresiones de cada una de nuestras, ya, colegas, eran indescriptibles. No podían creer que algo que estaba finalizado tuviera continuación e ingenuamente, camino a la dirección iban acomodando sus fundamentos para hacer reclamos.
Al llegar al lugar de la cita, cada una con un ejemplar fotocopiado, irrumpieron milagrosamente calmas para hablar con la Directora que nada sabía al respecto., y, por lo tanto, tampoco podía responder a sus preguntas.
Poco a poco se fueron disipando las nubes, apareció la broma, entre llantos y algunas palabras que sirvieron para esa ocasión, pero no para reproducirlas.
Luego, abrazos, felicitaciones y el mejor deseo en este tránsito del enseñar y el aprender.

El dueño de la pelota

Eduardo Filgueira Lima
Poco sabía yo que lo que iba a vivenciar en aquella alejada región tendría connotaciones tan trascendentales para mi vida.
Lejos estaba yo de imaginar, tan sólo por un instante que aquel viaje en la frontera inicial de mi profesión me llevaría a recorrer caminos inhóspitos de tierra roja, sombras eternas, personajes místicos y sonrisas perdidas en la espesura de la selva; de niños que juegan y ríen sin saber que sus sonrisas estarían siempre en mi recuerdo acompañándome por el resto de mi vida.
Llegué a Misiones con el club donde estudié, acompañado de compañeros y del más ferviente deseo de experimentar lo que los libros nos contaban; el viaje fue largo y tedioso y con muchas ansias sabíamos a que íbamos pero no qué nos deparaba el viaje.
La profesora que nos acompañaba nos dijo:- Este grupo va a estar a 25 kilómetros de San Ignacio, en la Escuela N° 125, planifiquen con tiempo las actividades, los recursos, el tiempo disponible, etc.
Los preparativos para el viaje fueron pocos, ni nos imaginábamos lo que nos esperaba, noches de cielo brillante tal lentejuelas de bailarina, tan estrelladas que ni en sueños de mil y una noches podrían ser reflejadas, tierra de soñadores como Horacio Quiroga, tierra mística como el mítico personaje del pombero, peligroso como el yaguareté, que me despertaría en medio de la noche, tierra de sangre como la derramada por los guerreros guaraníes para mantener su independencia del yugo español.
Una vez en Misiones fuimos a San Ignacio, un pueblo chico que vive principalmente de la cosecha de sus tabacaleras y yerbatales, tiene sus ruinas, las famosas ruinas de San Ignacio una gigantesca obra hecha por los jesuitas en el siglo XVII , sujetos evangelizadores enviados por los reyes de España, su obra consistía en convertir a los indios en su afán varios perdieron su vida, los guaraníes eran básicamente guerreros, el dejar las armas a un lado no estaba dentro de sus costumbres ancestrales, los jesuitas ofrecían casa y comida a cambio de Dios y monogamia eso es lo que mas recuerdo.
A las 17 horas nos subimos en un camión de la municipalidad y hacia allí partimos la Escuela N° 125, nuestro grupo estaba integrado por cinco miembros cada uno con sus propias ideas y deseos de llevar a cabo la tarea programada, un poco más de media hora después de haber partido llegamos a una bifurcación de caminos y doblamos hacia la derecha haciéndose más angosto por la espesura de la selva, 2 kilómetros más y a nuestra izquierda se abría un claro donde se erigía la Escuela, por un lado se encontraba el edificio viejo, de madera con una enorme galería que la circundaba, maderas y vigas enmohecidas por el clima húmedo del lugar y el paso del tiempo, este era desde sus comienzos hasta hace poco tiempo el edificio donde se dictaban las clases. A pocos metros el nuevo edificio con varias aulas, comedor, pequeño salón de actos, cocina y ¡baños! como corresponde. Más allá toda de tierra colorada la canchita donde conocería mañana al dueño de la pelota.
Nos bajamos del camión, los compañeros que estaban arriba nos tiraron las mochilas y allí quedamos solos frente a este gran desafío.
Un bocinazo y el camión se fue, se acercaron hacia nosotros dos señoritas maestras de impecables guardapolvos blancos, ni me imaginaba que hacía dos meses estaban esperando nuestra llegada, el guardapolvo lo habían lavado y planchado para la ocasión.
Las dos señoritas se acercaron a saludar y a ayudar con los bolsos y la ropa y víveres que habíamos juntado durante seis meses para ayudar a la escuelita, a los pocos segundos salió el resto de la comunidad de la escuela integrada por otras tres maestras, el portero o encargado y su señora que además era la cocinera del establecimiento.
Cuando terminamos de acomodarnos ya era la tardecita, nos sentamos en el alar de la vieja escuela a tomar unos mates y degustar unas tortas fritas cocinadas para la ocasión. Nos preguntaron de todo así nos dimos cuenta de cómo era la vida en estas escuelas olvidadas de nuestro país, donde muchos maestros, lejos de las comodidades de la ciudad ponen su esfuerzo para que miles de niños aprendan; hay que tener temple de maestro y ojos de niño para estar allí, no es una vida fácil de ninguna manera, la soledad puede hacer que uno pierda la cabeza y hasta roce el filo de la locura. Un amigo dijo: -Que espíritu, yo conteste: - Es vocación.
La noche cayó y el cielo se fue encendiendo de un rojo atardecer hasta un infinito oscuro encendido de luces como hogueras lejanas en la cúpula celestial.
Llegó la hora de la cena , luego charlas y en medio de ellas ruidos extraños que nunca habíamos escuchado, Ludueña el portero nos explicó cada uno de los sonidos simplemente mirando la espesura y diciendo: - Mono, pájaro, ranas, yaguareté:
Eran realmente muchos, el viaje había sido largo y sin embargo el sueño no nos abrazaba, el ansia la sorpresa nos excitaba y así como así nos fue abrazando de a poco y mañana será un gran día. Anticipación había dicho la profesora así que nos levantamos temprano, preparamos el desayuno, y allí nos enteramos que para la gran mayoría de los chicos era la primera comida luego de una larga jornada de trabajo después de la escuela, pero eso no era lo peor no todos recibían el desayuno y paso explicar, la escuela tiene comedor, para poder asistir al comedor los chicos tienen que tener un hermano escolarizado, las familias tiene al menos cinco hijos otras hasta doce, uno va a la escuela y recibe el desayuno y la educación y a eso de las 13 horas el almuerzo con sus hermanos de hasta doce años, que vienen a tomar quizás el único alimento del día.
Allí venía un grupete de niños y en medio al que todos festejaban, un chico gordito rechoncho, descalzo y con la pelota debajo del brazo, ese me di cuenta era el dueño de la pelota.
Se acerco enseguidita nomás, nos vino a saludar y a contar que la pelota se la había traído el tío que vivía en Buenos Aires, dijo: - ¿Podemos jugar un partidito con los chicos?
Y allí se armo el partido, entre polvo rojizo y gritos se jugaba el partidazo.
Estos días que nosotros íbamos a estar en la Escuela íbamos a ser los organizadores de todas las actividades desde las ocho hasta las dieciocho horas.
Los alumnos venían a la escuela como podían, de a caballo, en burros, otros caminaban muchos kilómetros para llegar, todos solitos o acompañados por un hermano mayor, todos eran puntuales; para ellos nuestra estadía era una fiesta como cuatro días de juegos, eran sus vacaciones.
Lo que más me sorprendió de los chicos no era su color de ojos en su gran mayoría celestes y azules, ni que hablar de que todos eran rubios. Ante tanta desolación que a mi me parecía una amargura era para ellos su alegría, la alegría de ir a la escuela, de aprender, de tener otras cosas para hacer en lugar de trabajar.
Llegó la hora del almuerzo, un guiso con mandioca los asistentes a esta hora se habían cuadriplicado, invitamos a muchos a quedarse después del almuerzo pero tenían que trabajar, debían volver a la cosecha.
Los juegos continuaron todo el día, el dueño de la pelota no se me despegaba de mi lado, a la noche me enteraría porque, el asunto es que no era el tío el que se había ido a Buenos Aires, el vivía con su papá cuando era chiquito su mamá murió y el papá se lo dio para que lo cuiden sus hermanas.
Tarde por la noche nos acostamos a descansar y lo que pensábamos que sería una noche de sueño reparador se convirtió en una noche de vigilia, escuchamos ruidos y apareció Ludueña escopeta en mano, y sigilosamente nos alerto de la presencia de una yaguareté que buscaba hacerse de alguna gallina, se fue y al rato un disparo y un rugido que hicieron estrépito en la noche.
Regreso para tranquilizarnos que todo estaba en orden, disparo sólo para ahuyentar su presencia.
Realmente no descansamos, estuvimos medio alertas.
Llegó la mañana, el desayuno los mates y también la sorpresa el dueño de la pelota nos había traído pastelitos, que habían cocinado sus tías.
Allí entre mates hable por primera vez con el, un poco motivado por su historia, la que me atraía en forma singular debido a su crudeza, la situación de muchos chicos trabajadores y el momento en particular de mi vida en el que me encontraba.
Me contó sobre la escuela y su pasión por el fútbol, el dueño de la pelota, tenia 11 años, era rubiecito, de ojos azules, medio regordete, entrador, como que estaba un paso mas adelante que sus compañeritos, su pasión por el fútbol era además su meta, dijo que algún día se iba a ir a Buenos Aires a jugar en Boca el club de sus amores.
Quien sabe tal vez su sueño se haga realidad algún día.
Hablamos y aprendí mucho de la vida en aquel lugar, pronto llegaron algunos chicos, y se fue a jugar.
Otro día más de juegos, y sonrisas como detalle especial, del día recuerdo que hubo una disputa por la pelota que fue atendida por una de las maestras. El dueño de la pelota además era el arbitro y el juez de línea del encuentro, ese era el privilegio de ser el dueño de la unica pelota de cuero ADIDAS de toda la escuela. Así que había que estar de buenas con el sino no jugabas con esa pelota que picaba de solo mirarla.
A la tardecita se nos antojo a los Profesores caminar unos siete u ocho kilómetros siguiendo el camino angosto a fin de ir a una despensa cercana a buscar una cervecita.
- ¡Ni locos! (grito Ludueña)
Pocas palabras podrían describir la cara de sorpresa de nosotros.
· Bueno Don acompáñenos. (le propusimos).
· ¡Ni pienso salir estoy muy cansado! (nos contesto Ludueña)
A lo que una maestra le replica…….. :- No será que le tenés miedo al Pombero vos che?
- Bhaaa (Contesta Ludueña)
- ¿Pombero? (dije)
- Si, si (acoto la maestra), el Pombero, Ludueña cree que anda por esta zona del monte.
En realidad ni sabíamos de que nos hablaban y debíamos saber de que estaban hablando, solo por curiosidad pregunte: - Perdón ¿Qué es el Pombero?
Nos explicaron que era un enanito como un duende que andaba en el monte silbando y que si te descuidabas su silbido te hipnotizaba, hacia que te llevara profundo en el bosque, que el Pombero era un enano perverso y malvado, que preñaba a las niñas que se internaban solas en el monte, y muchas cosas mas que no hacían mas que adornar mas su misticismo.
La curiosidad mato al gato, :- ¡Perfecto! (dijo una de mis compañeras) ¡Entonces vamos!
Ludueña nos acompaño, no dejo de quejarse de tener que caminar catorce kilómetros por una cerveza, y encima el no tomaba. La verdad que con el calor que hacia y el día de trabajo cansador, una fue poco.
Para no regresar la noche siguiente llevamos de regreso un cajón, el que quedo en devolver Ludueña.
Ya de regreso, nos preparamos para ir a la cama, a dormir un rato, hacia mucho calor, nos fuimos a dormir con los colchones afuera, al alar, por una parte del techo se podía ver el cielo estrellado.
Dios se acuerda hasta de los chicos en estos lugares que parecen tan lejanos a nuestra realidad, les da alegría y esperanzas, entre pensamientos vagos me fui durmiendo.
En el juego de pelota se produjo otra pelea, el hecho es que hacerle un gol al dueño de la pelota puede costar una expulsión, como castigo ejemplar. Muchos deseaban que se pinché la bendita pelota, pero eso no pasaría, no había espinas y además la pelota era demasiado nueva. La solución seria entonces oficiar de arbitro, saque de mi mochila las tarjetas roja y amarilla, que aun poseo, y lo primero que hice fue emparejar las cosas, arme los equipos nuevamente, ya que del lado del dueño de la pelota estaban los que mejor jugaban, por supuesto, además del dueño era el D. T.
Allí se revelo, :- ¡No con mi pelota si no juegan no me van a venir a desarmar el equipo!
Inmediatamente saque la tarjeta roja. Lo envié al banco a que refresque sus ideas.
Mientras todos jugaban con su pelota. Ya hablaría con el. Mas tarde lo invite a jugar.
Así termino el partido, con todos jugando.
Luego del partido, lo llame para patear unos tiritos al arco, como una forma de acercarme, ya que estaba ofendido, y le dije que pateaba bien que era bueno y esas cosas, para que se me amigue de a poco, luego de una charla reflexiva ya era la hora. Los chicos se iban.
Al otro día no trajo la pelota, como que nos castigaba, pero no importaba, no íbamos a jugar al fútbol, habíamos preparado la despedida, muchos juegos grupales, torta para todos, hamburguesas, como en la Capital. El dueño de la pelota se mostró esquivo y a mis acercamientos, como al de las maestras, repetía por fin se van estos profesores asi traigo mi pelota, pero pensaba yo ojalá se le pinché así no trata mal a sus pares, despectivamente y con aires de mandón, la verdad era un fastidio para sus compañeros, La mayoría que lo soportaba tasaba a bajo precio su propia estima y, sometida a sus caprichos, sólo se conformaba con poco.
Lope de Vega inmortalizó la protesta de los mansos y oprimidos en su obra de historia y leyenda llamada Fuente ovejuna donde se muestra que a veces el derecho y la razón de los rebeldes es superior a la soberbia caprichosa de los mandones.
En el campito de la vida siempre existe un dueño de la pelota en todas las escuelas del país existe un dueño de la pelota, seria lindo que la pelota se reparta mejor.
Cuando esa tarde nos paso a buscar el camión, el Intendente de San Ignacio envió una bolsa llena de pelotas.

Escenas breves de la historia cotidiana

Graciela Susana Pascualetto
No sé por dónde empezar; las escenas aparecen y se difuminan, se enlazan y se sueltan del relato. Es difícil; mucho más que contar anécdotas en la ronda de mates. Lo primero que escribí no se entendía bien, ¿Cómo lo hago ahora? Dudo, borro todo, empiezo de nuevo… ¿Algo parecido les ocurrirá a los alumnos cuando les pedimos que escriban claro con puntuación, ortografía y acentuación correcta? Bueno, voy a intentarlo:
Para llegar a la escuela donde me habían designado como suplente tenía que viajar. Algunas profesoras hacían “dedo” y ya conocían a la gente de la zona que pasaba por allí de lunes a viernes y sin inconveniente viajaban hasta el pueblo donde tenían que trabajar. A falta de otro transporte, lo mismo hice yo durante el tiempo de la suplencia y pude de esa manera llegar hasta fin de año.
De esa época –entrada la década del ´80- provienen los primeros gestos y miradas de adolescentes que en la clase alternaban la toma de apuntes con las discusiones, los dibujos románticos, las guerras de tizas, las historietas de aventuras, la radio y los relatos de encuentros en la plaza (hoy probablemente serían otros los “entretenimientos“). Esas imágenes se fueron recreando en otros lugares donde trabajé con rostros y sentimientos semejantes porque si algo ocurre las escuelas de aquí y de todas partes es que no podés permanecer indiferente ante las cosas que en ellas suceden.
En medio de unos índices inflacionarios que no paraban de aumentar y en el continente de paredes viejas que era mi nueva escuela, los contenidos a enseñar se entrecruzaban con experiencias, problemas, angustias y deseos de las chicas y los chicos. Era muy importante entonces dar lugar a la palabra no sólo para contarnos y compartir lo que estaba pasando sino, y muy especialmente, para ejercitar el razonamiento y la reflexión sobre los temas de la clase.
De este modo –pensaba mientras iba o venía caminando de la escuela- la experiencia de todos podría enriquecerse y lo que se estudiaba en la escuela podría servir para la vida, reclamo siempre presente en los estudiantes. Recuerdo el día en que un alumno, inmigrante oriental, durante una actividad grupal pudo expresarse con mucha soltura a pesar de sus limitaciones con el idioma y la forma en que sus compañeras y compañeros lo aplaudieron, regalándole una enorme alegría.
Por esa época también comenzó a surgir la cuestión del embarazo adolescente y la necesidad de tratarlo de otra manera para evitar que fuese causa de abandono. La educación sexual nunca ocupó gran espacio en las aulas y quizás ni los chicos ni los grandes estábamos muy preparados para escuchar las palpitaciones de una panza creciente que en el próximo ciclo lectivo daría a luz un niño. Sin embargo, la escuela pudo oír, hablar y orientar en esa experiencia hasta entonces muy poco habitual, sintiendo los latidos y recibiendo la vida nueva.
Las escenas continúan sucediéndose. Entrados los años ´90 yo trabajaba en la provincia de Buenos Aires, en una escuela que estaba cerca de la estación de trenes. Esa mañana cuando llegué las puertas ya estaban abiertas, entré al aula y allí me encontré con una de las chicas, muy delgada, muy pálida, muy tenuemente prendida a la vida, con el cuerpo pequeño volcado sobre la mesa. Estaba sola con su dolor y renuente a la palabra. Recién cuando vino su amiga más intima pudo hablar y en un tono muy bajo nos comentó que la tendrían que internar por su problema de anorexia. Ella creía que el espejo le decía otra cosa, pero así como estaba ya no podía seguir. La despedimos con un abrazo y nos comprometimos en llamarla para contarle de la escuela y de la fiesta de fin de curso.
Al año siguiente yo estaba en otra institución. Me encontré con rostros y miradas nuevas; otros episodios se entramaron en escenas diferentes y sin embargo parecidas, porque la vida con todas sus vueltas está allí corporizada… Así podríamos continuar, mientras el mate circula y en los relatos descubrimos que si existe un lugar que contiene la historia humana con las particularidades y las huellas de las diferentes épocas, ese lugar es la escuela.

Mirando la docencia

Bárbara Carolina Eberhardt
Rememoro en el espejo de mis recuerdos y me asombro del bagaje de mis pensamientos. ¡Cuán distinta es la mirada de la educación desde los distintos polos: el del alumno y el de profesor!
En mi historia personal, algunos maestros dejaron huellas importantes, sonrisas invaluables, como la seño Nancy de jardín o las hermanas María Julia y María del Carmen en 1º y 2º grado. Eran personas sumamente dulces y extremadamente cariñosas! Con ellas empecé a amar la docencia. Mezclaban enseñanza con cotidianeidades de la vida, por ejemplo María del Carmen nos contaba que todas las mañanas se maquillaba, pasara lo que pasara, hasta dormida para llegar linda a la escuela y entre tanto nos tomaba el abecedario. Nosotros quedábamos boquiabiertos por su presencia y dedicación.
También hubo otros que dejaron huellas, aunque no tan tiernamente. Eso pasó con la seño de 4º grado, que por charlar con una compañerita, me mandó al rincón, me puso en penitencia. “¡Te vas!!!”, me dijo gritando. Yo estaba apabullada, no entendía ¡¡¡cómo a mí que siempre me portaba bien!!!. Me habían mandado al rincón!!! Estaba desesperada, muerta de la vergüenza. En realidad, fue una estrategia que usó para organizar un juego en el que yo era la protagonista.
Si bien el juego me gustó, creo que la estrategia fue bastante cruel! A los 9 años sentí que se me acababa el mundo!
Otros docentes, claro, pasaron desapercibidos y muchos…a esos mejor olvidarlos…
Ahora me pregunto: ¿Qué imagen daré yo a mis alumnos? ¿Sembraré huellas dignas? Si bien mi experiencia no es mucha y estoy transitando el camino del aprendizaje, tengo pequeñas anécdotas que no puedo dejar pasar, como aquel día que tomé una suplencia común en un nocturno. Cómo olvidarlo! Al entrar al aula advertí que uno de mis alumnos era travesti. Coqueta y arreglada sobresalía del resto. Nadie me había dicho nada…
Me doy a conocer, presento mi espacio y luego les doy lugar a ellos para empezar a conocerlos y romper el hielo. Uno a uno decía su nombre y comentaba brevemente su vida. Al llegar el turno de mi alumna especial dice “Yo soy Rita, tengo 24 años, trabajo y nada… quiero terminar el colegio porque me parece importante para conseguir un trabajo mejor o quizás seguir alguna carrera”
Finalizando la clase procedo a mirar el listado de alumnos para poner la asistencia. Pero las cuentas no me daban! Miraba y volvía a mirar. Una y otra vez recorría el listado y los alumnos. No había caso, me sobraba un alumno en la lista. Cansada y con tono desafiante digo: ¿¿¿¿Pero quién es Pedro González???. Ay!!! Yooo! Dice Rita e inmediatamente su compañera de banco dice: “Ella!!!. Todos desesperados y apurados por tapar mi metida de pata!. Aunque con tono indiferente y mirada despreocupada logré zafar del incómodo momento. Bueno, a cualquiera le puede pasar.¿No?
Salvando este pequeño desliz, fue una experiencia bárbara, un grupo muy comprometido y dedicado que me hizo sentir que lo que yo les estaba enseñando era importante y que mis palabras quedaban resonando en sus mentes. La materia que les daba era Psicología y constantemente me preguntaban inquietudes acerca de la personalidad y lo relacionaban con sus vidas. Se abrieron en cuerpo y alma confesándome sus problemas e intimidades.
Lo cierto es que hoy por hoy, yo soy la responsable de introducir nuevos conceptos en quienes viven el día a día, quienes aguardan expectantes, desafiantes, la palabra del Otro, el apoyo, la enseñanza…Enseñanza en ocasiones coartada, frustrada, dañada, desgastada.
Ante esto no bajo los brazos, me animo, me arriesgo, me lanzo hacia la vertiginosa realidad. Para ello, pongo en juego los papeles en los que me tocó actuar, apostando al gran desafío…desafío de educar.

Experiencias para el olvido

Javier Villalba
Se inicia el Ciclo Lectivo 1995, qué incertidumbre no saber dónde iría a trabajar como docente este año, ya que desde entonces los tiempos son dificiles y con un solo cargo no alcanza. A pesar de lo bien que la pasábamos en la ruta para ir a trabajar a los pueblos vecinos y sobre todo en las escuelas, no era muy alentador semejante sacrificio.
Qué suerte, una mañana me convocan desde uno de los Institutos Privados de la localidad para ofrecerme un cargo de Auxiliar Docente, allí tendría a mi cargo al grupo de varones de lº a 5° Año. La emoción era enorme porque trabajaría por años sin moverme de la escuela y la localidad, era TITULAR. Grande fue mi sorpresa cuando el primer día de clases la Rectora pide a los alumnos que escriban situaciones que a ellos no les gustaban y para mi desagrado unos cuantos escribieron qué no les gustaba que les hayan puesto la figura del auxiliar docente ya que se sentirían observados y perseguidos por mi, por lo tanto todos tiraron el papel al tarro de los problemas y le pegaron fuego.
Con el correr de los días, la relación se fue afianzando con algunos alumnos y con otros fue una tortura. Todos los días un problema distinto, desde tirar bombitas de olor en cuanto Acto hubiera hasta hacerles pagar derecho de piso a los alumnos más chicos poniéndolos de cabeza en los inodoros. Había que luchar a diario con todo y con todos, chicos y adultos.
Cuando los chicos violaban las normas de convivencia, las sanciones tardaban en llegar, como auxiliar agotaba todas las instancias posibles de resolución de conflictos: charlas en privado con el alumno, con los padres, tutores de curso y autoridades del colegio, pero más de una vez no surtían efecto así que procedía a solicitar las medidas disciplinarias correspondientes que se aplicaban según la cara del cliente, no había que molestar a los padres porque si no dejarían de colaborar con la institución.
Tengo presente la situación de Mauro, alumno de 4° Año. Problemático si los hubo, con él no había estrategia que diera resultado, se pedían las sanciones y siempre llegaba el perdón, hasta que una mañana ni bien llego al colegio, serían 7, 15 hs. me llama la rectora para comunicarme que a Mauro no lo quería más en el colegio, le aplicaría las 25 amonestaciones para expulsarlo. Le pregunto ¿qué había ocurrido a esa hora cuando aún no habían ingresado a clases o si sucedió algo la tarde anterior en la clase de Educación Física a lo cual recibo como respuesta que "nada, lo hago por todas las macanas que se había mandado antes" ahí nomás le digo "esto es como pretender corregir a un perro días después que nos orinó la alfombra, si no se hace en el momento después no tiene sentido", muy suelta de cuerpo la monjita me dice "no importa a Mauro no lo quiero más aquí, prepará las amonestaciones y después del primer recreo lo llamás que se lo comunico" sin tener lugar al retruque procedo según las instrucciones dadas.
Cuando el estudiante sale de la rectoría, yo creí que estaba en presencia del mismo demonio, entra al curso violentamente y comienza a arrojar mesas, sillas, carpetas y todo lo que estuviera delante suyo, imposible calmarlo, si no me escondo detrás de una columna todavía estoy desmayado de un sillazo u otro objeto arrojado por Mauro. Nadie entendía nada, profesores y alumnos me preguntaban y yo respondía "no se lo sancionó en su momento y ahora no tiene sentido hacerlo"'más cuando por esos días, no digo que haya sido San Pedro, pero su comportamiento estaba bastante acorde a lo pretendido por nosotros. Los padres de Mauro son convocados a la institución para comunicarles tamaña decisión y luego de una larga reunión con la Rectora se retiran con el alumno a su domicilio. Lo gracioso de esto, es que todos pasamos por un momento muy desagradable para después de un tiempo ser reincorporado nuevamente, así es
como Mauro logra obtener su certificado de nivel medio y hoy es un gran jugador de footbal.
Otra situación que me impactó fue la de Franco, también alumno de 4º Año pero unos años más tarde.
Aquella mañana había transcurrido de lo más calma, nada hacía presumir un final como el que procedo a contar:
Imaginemos a todo el alumnado formado ya para retirarse a sus domicilios (serían unos 180 alumnos). Franco era el primer alumno de la fila ya que era poseedor de una contextura física muy diminuta.
En un momento dado y en medio del acto de acción de gracias Franquito comienza a tener actitudes un poco molestas, reía, charlaba, empujaba, pateaba a lo de atrás a lo que procedo a llamarle una y otra vez la atención para que deponga su actitud, pero el jovencito lejos de hacerlo continúa como si nada, terminado el momento de oración la Hna. Rectora le quería hacer entender que esas no eran actitudes de un alumno que concurría a un colegio religioso y que la próxima vez lo amonestaría.
Franco reacciona muy mal diciéndole a la monjita que se fuera a lo de la madre que la trajo al mundo, que no se iba a portar como ella quería, se acordó que tenía pene mandándola a succionárselo, creí descomponerme ante semejante situación, no podía creer lo que estábamos viviendo, nadie entendía esta actitud máxime cuando era un alumno que no daba tanto trabajo.
Franco se retira corriendo a su casa, tuve que quedarme a reunión para resolver qué se hacía. Acordamos en aplicarle las 25 amonestaciones para que el resto del alumnado no copiara estas actitudes, todo fantástico hasta ahí, pero a qué no saben qué ocurrió.. ..Franco ostenta título universitario.
Situaciones graves se vivieron a lo largo de todos los años que me desempeñé en ese colegio ya sea como auxiliar o como profesor. Hoy me pregunto qué será de esta institución, seguirán ocurriendo semejantes cosas o habrá cambiado, ya no me interesa, mi permanencia allí me costó seis meses de licencia sin goce de haberes y sostén psicológico para poder afrontar con entereza todas estas situaciones.

Del dicho al hecho en la discriminación

Mirta S. Weht
Mi primer suplencia, como maestra de actividades prácticas, comenzó con una semana de clases en un pueblo cercano a Santa Rosa, en una escuela con olorcito a casa de campo. Las suplencias correspondían a EGB I y II aunque un día tenía que ir a dar dos módulos en 7º Año en el colegio secundario del lugar. Cuando llegué me presenté. Comenzaron a mirarse entre todas porque creían que nadie iría en lugar de la titular y mandaron a la preceptora al aula a ver si estaban los chicos o entraban más tarde, mi desconcierto era total. La preceptora vuelve para avisar que los chicos están en el aula. La directora me dice que ni les muestre mi sonrisa, que eran tremendos, que eran los repitentes. Me acompaña al curso la preceptora con cara de pocos amigos.
Ingreso, los saludo, me presento, les pido que me digan sus nombres; dialogo con ellos para saber si tenían trabajo comenzado y en ese momento se abre la puerta y se asoma la docente del otro 7º, de la misma materia, y señalándolos recalca: “son los repitentes”.
Sentí dentro de mí tal mezcla de sentimientos! ¿Era necesario categorizarlos tan abiertamente?. ¿Es tan grave ser repitente? Si entre todos partiéramos de la realidad de estos chicos en vez de poner esta denominación-sanción, tal vez encontraríamos los medios y las estrategias para que estos hechos se revirtieran. Pero para ello, los docentes deben contar con saberes que modifiquen actitudes y modelos de enseñanza.

El niño travieso

María Elisa Renaudo

Ocurrió en mi pueblo natal, ubicado al norte de La Pampa, de apenas 5000 habitantes, chico y cálido, del cual tengo los mejores recuerdos de mi infancia y de mis escuelas. La 76 como le decimos a la escuela primaria, con sus ventanas y puertas altas, antiguas, de más de 80 años. El secundario, un colegio de apenas 5 aulas, pequeño pero con profesores que marcaron mi futuro como docente.
Son ellos de quienes no me voy a olvidar jamás, por que tuvieron un gesto que me llenó de alegría. Hacía dos meses que me había recibido de Profesora en Ciencias Biológicas, todavía no tenía el título en mano. Era jueves y a las 14 horas, suena el teléfono en mi casa de Santa Rosa, donde resido, atiendo y me dicen:
- Buenas tardes, habla la secretaria de la Unidad Educativa, necesito hablar con María Elisa.
Yo respondo:
-Sí, soy yo-.
La secretaria:
- Te queremos ofrecer un 8º año en la asignatura Físico-Química.
Al escuchar me pongo nerviosa y no dejo a que termine de hablar y contesto:
-Pero yo estoy anotada para auxiliar docente y de secretaría no para estar frente a alumnos.
La secretaria:
- Sí, sabemos tu situación y te estamos convocando por propuesta para dar clase.
En ese momento me llené de alegría, el corazón me latía muy fuerte y las piernas me temblaban por los nervios y, sin preguntar los días y las horas dije que sí, acepté la propuesta ya que me encontraba desocupada.
Esa misma noche viajé a mi pueblo; la ansiedad hacía que las horas del reloj se alargaran. Cuando se hicieron las ocho horas de la mañana, entré a la escuela, saludé a todos y luego de darme la bienvenida, la directora me dijo:
- El lunes empezás.
Llegó el lunes 6 de marzo inicio del calendario escolar; ingreso a las14 horas y 40 minutos a la escuela y mis primeras palabras hacia mis colegas fueron:
- Me siento rara porque hasta hace unos años ustedes me daban clase y ahora compartimos la sala de profesores.
Sentirme rara era estar llena de emoción y entusiasmo por empezar a trabajar, por hacerlo en mi lugar natal y con gente que me había educado en los últimos años, antes que me fuera para ingresar a la facultad. A los minutos de estar allí toca el timbre indicando que se terminó el recreo para entrar a las aulas. Entonces busco a la auxiliar docente y pido que me acompañe hasta al curso. Estaba nerviosa pero trataba de disimularlo. Después de presentarme me calmé y todo salió normal a pesar de que era mi primer día de clase.
Todo transcurría tranquilo, viajaba todas las semanas 160km para reencontrarme con un grupo bueno que trabajaba y que hasta el momento no había tenido ninguna dificultad, pero llegó el mes de mayo y me surge trabajo en las escuelas de Santa Rosa; entonces tuve que poner en la balanza si me convenía seguir viajando. Después de días de pensarlo, difícil situación por los sentimientos de mi lugar de crianza, renuncié en mi pueblo e inmediatamente comencé a dar clases en 9º año de Biología en Santa Rosa.
Eran las 8 menos diez de la mañana de un viernes, afuera hacía frío y estaba nublado; adentro de la escuela estaba hermoso, o al menos eso me parecía a mí ya que estaba contenta por empezar a trabajar. Después de izar la bandera entramos al aula; me tocaba dar clase en el laboratorio donde tenía 33 alumnos, todos muy apretados. Feliz, me presento, intercambio diálogo con los alumnos, luego miro el pizarrón y me doy vuelta para poner fecha, título y comenzar a trabajar. En ese instante, estoy de espalda a los chicos, uno de ellos se para en una silla, pone Plasticola en las paletas del ventilador de techo y les pega un manotazo; cuando éstas empiezan a girar, desparramando la plasticota por todo el aula, cae en los bancos y en las cabezas de sus compañeros.
Asustada, sin conocer a los alumnos, llamo al preceptor, le explico lo que pasó y pregunto qué puedo hacer, a lo que él me responde:
- Ya me tiene cansado, vamos a ponerle un llamado de atención.
- Bueno- , le respondo, pero encárgate vos por que no sé como es el manejo, yo después te firmo.
Después de todo esto vuelvo al aula, retomo la clase y todo siguió normal.
A la semana siguiente cuando vuelvo al curso y no veo al alumno, pregunto por él y me cuentan que venía con problemas de la casa, que todos los días quería llamar la atención y con mi sanción fue suspendido por una semana de la escuela.
En ese momento me puse triste y pensaba que podría haber resuelto la situación de otra manera, pero analizando la poca experiencia que llevaba hasta ese entonces como docente, me di cuenta que me iba a enfrentar con muchas situaciones problemáticas durante mi carrera, algunas más fáciles de resolver que otras, pero que de todas algo tenía que aprender.
Esto me hizo reflexionar, ver la diferencia entre un pueblo y las escuelas de una ciudad. Yo, en mi pueblo conozco a los chicos, sé de sus problemáticas y los puedo ayudar, en cambio en la ciudad somos todos desconocidos.
Nunca pierdo las esperanzas de volver a mi escuela y nunca me voy a olvidar el largo paso como alumna y el corto paso como docente que llevo hasta el momento. Son recuerdos que tengo en mi corazón y estoy segura de que pueden pasar muchísimos años pero, yo, alguna vez voy a volver.

Primer Día

Carmen Luisa Moyano
Estamos en noviembre de 1949. Faltan pocos días para que finalicen las clases pero me han nombrado Maestra de Grado para la Escuela Nº 63 de Alpachiri y allá voy, a lo desconocido.
Mi primer día de trabajo es el veintiuno. El Director, don Federico Pérez Schilde, me presenta a los alumnos: un segundo grado, no recuerdo de cuantos niños, pero seguramente más de veinte. Luego me deja frente a ellos y así doy comienzo a mi tarea docente.
Ante mí, aquellos chicos que al término de un año de ser conducidos por una maestra cuya manera de tratarlos bien conocía, se veían ahora frente a un cambio que los tuvo expectantes, al menos aquel primer día.
También para mí, que me iniciaba, el momento era difícil. Después, poco a poco, conversación mediante, el encuentro se fue distendiendo y los vi dejar su inmovilidad y mostrarse más confiados.
Es conveniente decir que la mayoría de esos niños proviene de familias de origen alemán, más precisamente del sector de los llamados Alemanes del Volga. En su modo de hablar se nota la influencia del idioma que se practica en sus hogares y es comprensible que algunos hayan permanecido hasta tres años en primer grado, pues llegaban a la escuela sin saber palabra de castellano. Ese tiempo les había demandado ubicarse en la nueva situación.
La comunidad de los Alemanes del Volga es allí muy numerosa. La mayoría de ellos se dedica a tareas específicamente agrícolas, para las cuales la zona es particularmente apta. Es muy encomiable la dedicación de esta gente al trabajo, como también su preocupación porque sus hijos concurran asiduamente a la escuela. Tratan de estar cerca de quienes tienen costumbres afines a las suyas y hablan el mismo idioma que por cierto siguen practicando y es un poderoso vínculo de identidad. No obstante existe en ellos disposición a comunicarse con pobladores de otros orígenes de manera que se constituye una convivencia armónica, lo cual se advierte en el acercamiento amistoso y en el compartir celebraciones y fiestas.
Nosotras, docente jóvenes, asistíamos a los bailes, principalmente en vísperas de los días feriados. También en esas ocasiones se advertían las preferencias de la mayoría. Todo comenzaba con polka al estilo europeo de donde ellos procedían, pero la integración era perceptible.
En ese medio comenzó mi actividad al frente de alumnos. Muchos fueron los interrogantes que me planteaba, al par que alentaba esperanzas de realizar una tarea provechosa: todo un desafío al que habría de enfrentarme al año siguiente. Estaba iniciándome en un ámbito un tanto distinto del que ya conocía y al cual debería adaptarme.
Pero, en honor a la verdad, debo decir que fui recibida amable y afectuosamente. Me sentí como en mi casa durante los seis años que trabajé en Alpachiri. Con gran placer he vuelto varias veces en oportunidad de alguna celebración o aniversario. Siempre encontré en amigos y ex alumnos esa calidez del reencuentro para evocar días de feliz convivencia.

Recreo… ¿Momento de tensión o alivio?

Verónica Lorena Gatica
En realidad, mucho para contar no tengo, o será que ante la inmensidad del papel, uno se bloquea y todos los recuerdos o situaciones que se viven en cada una de las escuelas por las que pasa, desaparecen…
O quizás, uno piensa que son insignificantes y ante ese pensamiento, las palabras con las que serían contadas sonarían vacías.
Uno vive tantos pequeños momentos en cada Institución, que hacen a la felicidad o mal momento, que a veces casi ni se registran… o sí.
Buscando en los recónditos lugares de mi cabeza, uno apareció…
No será novedoso, y menos en estos tiempos, pero nunca lo había visto tan de cerca. Creo que aún hoy, no puedo entender donde se produjo el quiebre, la brecha que separó tanto el tiempo en el que nosotros íbamos a la escuela…con el tiempo actual. ¿Es posible tanto cambio? ¿Cuándo pasó? ¿Cómo?
Tarde de Mayo, primer recreo, estábamos con la docente que era mi paralela, cuidando la galería. Todos estaban jugando en los patios y unos pocos en la cola del kiosco, esperando que otra maestra los atendiera.
De repente, “¡Un portazo!” La puerta de entrada de la escuela, casi fue arrancada. Una “señora” gritando, insultando. Era la madre de un alumno de 6to, que venía enfurecida; sus ojos desorbitados, su apariencia física en general, daba “cosita”. Ella iba en búsqueda de “mi paralela”.
Cuando quedó frente a nosotras dos, su mirada realizó un registro rápido del lugar y quedó clavada en la pobre chica que estaba a mi lado. Mirándola fijamente, descargó sobre ella, todos los insultos que tenía en la cabeza… y en la lengua. La amenazó, de arriba a abajo y si no la hubiésemos corrido con la docente que estaba en el kiosco, su puño “grande y fuerte” hubiese dejado sin mandíbula a mi pobre paralela.
Los niños que estaban ahí, la miraban perplejos, algunos alentaban la pelea, otros murmuraban entre ellos.
Cuando se “calmó” en cierta medida, esta señora, le preguntamos cuál era el motivo por el cual estaba tan enojada: ¿Qué contestó? :
-…”Esta rusa (porque mi paralela es rubia…) quiere sacar al Iván de la Bandera. Se mete con el chico porque lo tiene entre ceja y ceja, pero conmigo no va a jugar, y menos con el chico!...”
Luego que respiró, siguió diciendo…
-…” Además no sé que se cree esta tipa, si es una suplente cualquiera, esta un tiempo y se va, cuando venga la titular…”
Luego, pidió retirar al niño, y se fue como vino.
Mi paralela, se descompuso, le subió la presión, y la tuvimos que llevar a la sala de maestros por un buen rato…
Después de toda esta situación, yo me preguntaba…
¿Valió la pena pasar ese mal momento? ¿Quién nos protege a nosotros los “docentes” de estas situaciones?
¿Qué podemos pretender de los niños, cuando en la casa no tienen los ejemplos necesarios para convivir respetuosamente con los demás?
Educar es hermoso, pero tiene ese desafío. Interesante para reflexionar, ¿no?

¡Violencia “borradoresca” educación grotesca!

Florencia Bardin
Mi acercamiento a la docencia ocurrió en mi primer año de magisterio durante las ayudantías áulicas y, si bien me faltaba mucho en mi formación -¡corrección!, me sigue faltando mucho- mis alumnos no lo sabían y esperaban a su maestra suplente. Toca el timbre y la vice-directora me indica cuál fila corresponde a 5° grado. Saludamos a la bandera y en el correspondiente ritual no veo caras de mucha solemnidad.
Una voz indica que pasen a las aulas y yo paso a dirección para “algunas indicaciones”. Análisis aparte, ameritaría aquella brevísima pero contundente charla. Igualmente les acerco un extracto de los dichos de la vice, “ Hola querida, vos sos jovencita y esta es una “escuelita” complicada así que el único consejo es “a cara de perro…”.
Salgo desconcertada, camino por el corredor, y al mismo tiempo, un bullicio se intensifica inversamente proporcional a la distancia de mis pasos hacia la puerta del aula. Abro las portezuelas, reconozco que con un poco de miedo yyyyyyyyy, descontrol, casi generalizado, a no ser por tres niñas sentadas en la primera fila, que, supongo, se asombran de mi cara de desconcierto, el resto, ni se inmuta con mi presencia, algunas nenas corren a un chico que agita coleros en sus manos, como premios de guerra; otros alumnos colgados de la ventana parecieran balancearse en paralelas a modo de competidores del campeonato olímpico.¿Usted se interrogará dónde estoy? , al frente, y por primera vez en mi vida me siento invisible, inexistente; mi cabeza va a mil ¿qué hago? ¿quién me mandó a domesticar a estas dulces palomitas”? Usted señores /as lectores disculparán la caótica narración, pero quizás en ella puedan sentir lo que yo sentí.Una de las niñas me llama y yo vuelvo a tomar conciencia de la realidad, ella me dice, que la seño Judith en estos casos bastantes frecuentes, golpea el borrador en el pizarrón al son de gritos desaforados de “cállense, por el amor de Dios”. Yo por un momento me imaginé avejentada con vos chillona, golpeando el pizarrón e invocando el amor de un Dios, que si existe en este mundo caótico poca relevancia debe dar a estos asuntos.
Luego de varios minutos, mi cuerpo sólo atinó a salir del aula tratando de no correr: ¿reacción innata de supervivencia, quizás?.
Cerré la puerta, apoyé mi espalda en ella, y realicé el ejercicio de respirar en cuatro tiempos que mi profe de yoga con tanto ahinco y en posiciones extrañas trató de inculcarnos. Las estrategias, posibilidades y acciones venían a mi mente a velocidad de la luz, tratando de aplacar la ansiedad y la angustia del ¿qué hago?.Pero Oh!, el milagro se produjo sin la intervención violenta del borrador. Por supuesto que el viejo pizarrón agradecido de escapar a los golpes. ¿De qué milagro hablo se preguntarán ustedes? De pronto escuché una voz más potente que la del resto que recriminaba a sus compañeros diciéndoles que siempre por su culpa los retan: “ahora seguro viene la directora y nos bailan toda la tarde”, decía.El caos se autoordenaba, en una discusión de culpas de unos contra otros. Cuando la disputa empezó a tornarse candente ingresé al aula. De repente silencio absoluto, sí, ab-so-lu-to. Disfruté unos segundos del “poder”. Miré sus caras, una por una, cuando una voz desafiante preguntó ¿viene la vice?, ¡No! contesté monosilábicamente, y disfruté del control de la palabra; la verdad, es que lamento no recordar con exactitud lo que pronuncié, sólo recuerdo mi sentimiento de calma, de seguridad y del poder que ellos mismos transmitían. Creo que les mencioné que no eran unos bebés, ni yo su niñera, que quien no quisiera trabajar podía ir a molestar, a golpearse, etc., al patio; los recorro con la vista y siento que verdaderamente me escuchan, siento que quizás sin mi discurso, ellos sólos habían autovalorado su accionar. Otra vez el desafiante interpela -¿Y quién nos va a cuidar en el patio?- Yo respondo: -Nadie-, y por más que no los conozco me siento orgullosa de ellos, entonces comienzo la clase: me presento, organizamos las mesas en círculo y repasamos clases de sustantivos con un juego improvisado. El resto de la hora transcurre sin mayores sobresaltos.
Toca el timbre, alboroto de algarabía, los miro y el líder de siempre, me dice -¡bueeno seño, es el recreo largo!-. Me acerco a su oído y en una cómplice confidencia le susurro que yo también tenía ganas de gritar, me sonríe y corre al patio.En mi hora libre, libre es un decir, le cuento la anécdota a una amiga que también realizaba ayudantías y al relatar lo sucedido, me doy cuenta que la clase no empezó cuando yo tomé el control, es más que ni fui yo quien “impartió educación”, la clase empezó cuando decidí no golpear el borrador, cuando el grupo internalizó por su propia cuenta que debían adecuar su conducta “futbolera”: nos encanta a los maestros decir: “esto no es una cancha”, a la escuela.
Vuelvo de mis abstracciones y escucho a otras docentes opinar sobre cómo los chicos cada vez están peor, más irrespetuosos, etc. etc. . etc. De pronto una de mis colegas me increpa -¿y si se hubieran ido al patio?-. La verdad ¡no lo sé!, lo que sí sé es que mi estrategia improvisada sólo funcionó con ellos, por esa vez, y bien podría no haber funcionado.
El futuro es incierto y por más que ello nos angustie, ¿no está bien que así sea? Quizás la forma de enfrentar la angustia de la incertidumbre no sea con violencia ”borradoresca” sino creyendo en el otro.

Una profesión que endulza el alma

Marcela Fabiana Paulino
Dicen que cada uno debe elegir una carrera por vocación para no equivocar el camino y fracasar, pero en mi caso particular esto no fue así. En un principio elegí la docencia por ser una carrera corta y que no requería un gran esfuerzo económico de mis padres. Además, por esos años ser docente tenía un prestigio social que con el tiempo se fue perdiendo.
Por suerte esta casi obligación de ser maestra se convirtió a lo largo de los años, y sobre todo por los alumnos, en la tarea que ejerzo con una enorme fe y una inocultable alegría, a pesar de las demandas que implica la docencia y de los múltiples roles que cumplimos hoy los maestros.
Mis primeros años en la profesión estuvieron marcados por un continuo devenir de instituciones -creo que tengo más aportes en la línea de colectivos que de jubilación- por lo que no lograba desarrollar un sentido de pertenencia en cada una por la que pasaba. Aunque nunca desistí en cumplir y disfrutar de la tarea diaria, a pesar de que algunas colegas me hicieron sentir notablemente y de muchas maneras que yo no pertenecía a ese lugar. Unas decían:
­_ “Los cursos son para las titulares” y no tenía la posibilidad de capacitarme.
_ “¡Uy justo esta semana estás de turno, qué mala suerte!” .
_ “Y tenés cartelera”, decía otra por detrás.
Y….si caías en fecha patria seguro te tocaba el acto, las glosas, la ornamentación… y dale que va. Había que pagar derecho de piso y encima llevar algo para compartir.
Cuando ya te estabas yendo te decían:
-“No te sientas mal estábamos bromeando”
Gracias a Dios siempre encontré maestras buena onda que ya habían pasado por eso y te decían:
_”No te hagas problema, no les hagas caso se creen las dueñas de la escuela”
Sí, sí es así.
Respeto al personal directivo no siempre la recepción fue la misma, algunas poseen calidez humana, otras asumen la dirección desde una postura autoritaria olvidándose que primero fueron docentes y exigiendo cosas que a veces me hacen pensar hasta qué punto la docencia nos afecta psicológicamente. Hablando de ello nunca olvido mi primera vez como suplente funcional en una escuela de jornada completa. Recuerdo un grupo de amigas extraordinarias, dispuestas a enseñarme y a ayudarme en lo que necesitara. Tenía a mi cargo las áreas de Lengua y Naturales de 6to año, los grupos eran muy piolas; pasábamos gran parte del día juntos por lo que rápidamente entablamos una relación de afecto mutuo. Fue un año tranqui hasta que llegó el final.
Como todos los niños, mis alumnos soñaban con su fiesta de egresados y yo…también. Y como de sueños se trataba pensé en la magia de los cuentos que a ellos tanta curiosidad les provocaba. Pensé en brujitas, fantasmas, hadas, sapos, arañas, varitas, escobas y en cuanto objeto mágico puedas imaginar. La idea fue comentada y a las chicas les gustaba y enseguida se prendieron. PERO… llegó el día de la reunión de personal donde teníamos que contar a la señora Directora cómo habíamos pensado el acto. Lamentablemente no lo entendió desde la magia, desde lo maravilloso, sino desde lo oculto, lo oscuro, lo satánico. No hubo forma de que entendiera nuestro proyecto, un NO rotundo “piensen otro tema” fue su última palabra y ahí quedamos todas desinfladas.
¿Qué hago ahora? Me preguntaba. Y así quedo el salón: corazones por un lado, estrellitas por el otro, en las nubes un solcito y en el fondo un arbolito. Para rematar el año mi suplencia terminó el 1º de diciembre.
Hace tres años logré una estabilidad cuasi laboral (suplente funcional en 1º año) por lo que pude desarrollar el sentido de pertenencia que tanto anhelaba.
Los sinsabores son muchos, especialmente en estos últimos años, nadie me preparó, ni a ninguno de mis colegas para manejar esta realidad. Hoy es muy difícil no ayudar a los que tienen un problema; hoy los chicos ya no aprenden en sus casas lo que antes aprendían; hoy se espera que la escuela ponga límites, dé nociones de respeto y de valores sociales. Aun así siento que no equivoqué mi carrera y que volvería a elegirla, ella me da la posibilidad de gratificarme a diario y a través de los años no dejo de sorprenderme ante la emoción, asombro y alegría de un alumno que logra leer sus primeros textos.
Ello se ve potenciado por el agradecimiento, cariño, confianza y apoyo de las familias que me acompañan a diario.
Un ramillete de frescos, tiernos y entrañables recuerdos, la inocencia de los niños, un montón de circunstancias y situaciones que van desde las más risueñas hasta las más tristes, hacen de mi profesión una de las más gratificantes (una de esas que endulzan el alma…)
Espero no contagiarme del desgano, desinterés, bronca, desaliento y este sentimiento de desorientación que siento en mis colegas. Estoy convencida de que un cambio es necesario y que con el compromiso de TODOS se puede lograr.
Alguien dijo que “querer es poder”, pero para poder hay que querer y creer profundamente en lo que se hace… y eso es SER DOCENTE!

Sobre los usos alternativos de la palta

Lautaro Pagnutti
Recuerdo como en una ocasión aprendí los usos alternativos de la palta.
Este vegetal de exterior rugoso que asemeja a la cría aun por nacer de algún ya extinguido gigante jurásico y que alegremente engalana nuestra mesa, puede convenir a otras utilidades menos culinarias.
Miro hacia atrás y evoco ese momento. El pibe muy molesto y hostil, portaba, seguramente un conflicto mayúsculo. Jonathan, si mal no recuerdo, era su nombre. Ese día realmente se las traía todas encima.
Ante el requerimiento de una simple tarea, me chantó, tajante:
- Yo no voy a hacer nada.
Frente a tanta convicción, tuve que afirmarme:
- Sí que vas a hacer – lo desafié.
- No, se equivoca – espetó en términos mucho menos académicos de los que aquí recuerdo.
- Entonces salí afuera…-ordené ya enojado.
Y saltó nomás de la silla con el típico movimiento de hombros que en buen criollo se traduce como “que me importa”. Viendo que esa partida la perdía, arriesgué cuando el “desacatao” alcanzaba la puerta:
- Pero además voy a llamar a tu mamá…
El golpe lo afectó. No pudo disimularlo. Quizás por eso puso un ladrillo más en su tozuda agresividad.
- Mi vieja no va a venir para esto, dijo acentuando ese “esto” con expresividad literaria, casi con la fuerza poética del encono personificado.
Aproveché a tomar aire y le expliqué que si la convocatoria afectaba a su madre, él iba a ser el responsable, que seguramente ella estaba muy atareada, y que se diera cuenta en qué tipo de complicaciones la arrastraba sólo por una conducta un tanto caprichosa y bla, bla, bla. Pero sus gestos y comentarios lejos de aplacarse fueron adquiriendo un claro in crescendo de voluntad guerrera.
Ya para esto, el ambiente del aula fue mutando su atmósfera de estudiantina por algo parecido a esos galpones de apuestas clandestinas. Si bien faltaban el humo, el alcohol y la malicia del cuchillo, el clima se asemejaba a esas historias magistralmente narradas por Dashiell Hammet en Cosecha Roja. Los chicos esbozaban las risillas entre pícaras y socarronas; las niñas se removían inquietas y nerviosas. De reojo, observaba esos rictus torcidos en semisonrisas que interrogaban hasta dónde iba a llegar el joven Jonathan; todo soezmente condimentado por los típicos corrillos y uhhhh!! que alentaban las ínfulas del fulano.
Ante la presión y ya cara a cara, con mucha bronca apelé al chico de barrio que llevo encima y le solté groseramente:
- Pero ¿a quién te comiste vos?, ¿quién te pensás que sos?...
Ante tamaña pedagogía de callejón, y como quien quiere dejar sentado que no va a aflojar, me arrojó aquel mazazo:
- Y qué…cuando se inventó la pólvora se acabaron los guapos…
Esta vez el golpe lo acusé yo; nunca había escuchado algo tan sórdido para el ambiente educativo. Sólo pude atinar a decir:
- ¿Qué?, ¿me estás amenazando…?
No recuerdo con qué frase esquiva –pero sin menguar el tono hostil– plantó una retirada. Yo, por primera y única vez en mi vida, hice firmar un acta de compromiso. Por suerte la institución donde trabajaba era pionera en eso de transformar las reaccionarias y moralizantes “amonestaciones” en un intento de democratizar y madurar responsabilidades.
Sin embargo, el hecho en sí, me violentó más a mí que a él. Apelar a los papelillos correctivos era como perder algo, como un pedazo de inocencia, como un hiato bien atado de convicciones, como una filosofía quebrantada…
El caso es que, pasado el trance, veo a Jonathan en el recreo charlando con dos amigos de otro curso. Yo, a la vez, era profesor de esos alumnos que eran -¿como decirlo?- Difíciles, por usar uno de esos eufemismos escolarizantes.
Terminada mi jornada me retiraba a casa reflexionando sobre todo lo que había pasado ese día. En esos tiempos vivía en La Plata y viajaba desde esta ciudad a Berazategui en tren.
Las cuadras que me separaban de la estación de Berazategui a la Media 7 (en el pionerísimo barrio San Francisco de Villa España) las completaba en bicicleta. Caminando con la bici por el andén me crucé con los dos alumnos que habían estado hablando con Jonathan en el recreo.
- Que curioso- recuerdo que pensé – nunca los había visto por acá…
Pero bueno, tampoco era algo tan extraordinario.
Al momento de subir al vagón trasero –el típico reducto de quienes saben viajar por ese medio portando bicicletas– y cuando me encontraba en el menester de acomodarla sobre la pared metálica, percibí una extraña presencia. ¿Cómo contarlo cuando dura más decirlo que vivirlo?
Digamos que fue algo así como un barbero invisible y volador, que con intenciones de arrancarme el bigote, trazó cual saeta una línea dinámica para terminar estrellándose en aquella pared metálica, por encima de mi bicicleta. El estruendo fue tan imponente que la gente gritó y se arrojó al suelo, como si de pronto ese vagón suburbano extrapolara un fragmento desde Kosovo a este lugar del globo.
Yo, atribulado, no salía del asombro; miraba ese verdor literalmente destrozado. Cuando me sobrepuse a la sorpresa, miré en derredor para ver si apreciaba esas pícaras carillas que había cruzado en el andén. Justo el tren hizo sonar su pitazo estridente y la máquina comenzó su chirriante trajín. Nunca pude verlos.
Nunca pude comprobar mis sospechas, pero ese día Jonathan y sus compinches me enseñaron de forma muy didáctica los usos alternativos de la palta.