miércoles 23 de abril de 2008

Mi historia de vida

Alejandra Kolman (estudiante del ISEF)
Prof. Fernando Acosta (núcleo de investigación)

De mi historia de vida me voy a detener en las características principales de diferentes etapas vividas. Esto es, cómo se ha ido construyendo mi sistema de creencias y valores actual acerca de la Educación Física; en qué contextos se ha ido formando; y por qué y qué personas o momentos han influenciado significativamente en mi desarrollo personal a la hora de la elección de la carrera.
Momentos de búsqueda y decisión: elección de la carrera.
Mi procedencia socioeconómica de clase media, de una familia de clase trabajadora, ha hecho que le dé importancia a valores como la responsabilidad y el esfuerzo, características que me transmitieron mis padres. Para ellos, el estudio ocupa un lugar privilegiado, ya que en la sociedad en la que vivimos o nos desarrollamos sin estudio “no sos nadie”. Así, antes de terminar el secundario, se me plantearon muchas dudas con respecto a la elección de una carrera universitaria, cosa que no creo fácil, pero que a la vez, es un paso muy importante.
Cuando termino el secundario (citar año) se vivía en el país un ambiente de inestabilidad económica por la suba del dólar. Este ambiente me condiciono a estudiar una carrera que se encontrara en Santa Rosa (La Pampa), cuidad en la que nací junto a mis padres y hermanos; actualmente vivo en General Pico.
Por un tiempo me dediqué a buscar información sobre todas las carreras que tenía disponible, al ver que no me interesaba ninguna, decidí optar por una que podía tener más salida laboral. Así, elegí Analista en Sistemas que era una carrera corta de tres años.
Con el paso del tiempo, me doy cuenta de que en realidad no era fácil estudiar algo que no te gusta; aun así decidí seguir adelante, llegué a sacar tres finales pero igual esto no era suficiente. De esta manera es cuando decido finalmente decirles a mis padres que esta carrera no me gustaba y que tenía ganas de abandonar. Estos se volvieron como locos porque no podían entender cual era la causa, fundamentalmente porque no me iba mal. Este período fue muy difícil, ya que sentía que había defraudado a mis padres y no se lo merecían.
A mí también me fue difícil asumir esto pero creo que a la vez me dio un poco de fuerza y opté por estudiar lo que en realidad me gustaba, que era Educación Física, carrera que sin darme cuenta siempre estuvo presente en mi memoria.
Algunas experiencias de mi infancia y adolescencia
A mi infancia la puedo destacar como un período muy feliz rodeada de las personas que quiero.
Una etapa de muchos juegos, los cuales compartía con mi mamá. Con ella jugaba a la muñeca, también me hacía la ropita para ellas. Jugaba además con mi hermano dos años menor que yo, juntos disfrutábamos de las tardes con una diversidad de juegos:
o la bolita, en la que hacíamos un hoyito, al que llamábamos “oki”. Para poder darle comienzo, teníamos que arrimarle las bolitas lo más cerca posible y de esta forma el que quedaba más próximo, comenzaba con el juego que consistía en sacar a todos tus compañeros;
o los autitos, este juego en su mayoría terminaba con algún autito con alguna rueda menos ya que al siempre los chocábamos, hasta en algunas oportunidades terminábamos con algún dedo machucado;
o hacer chozas, que era muy interesante y requería de un intenso trabajo de recolección de cañas extraídas del terreno vecino, hacer pozos para enterrar y atarlas, delimitarlos espacios, lo que nos llevaba mucho tiempo y cuando terminábamos de armar todo ya no teníamos más ganas de jugar o mi mamá nos llamaba adentro y dejábamos un desastre el patio de mi casa;
o tortas de barro, eran mi especialidad más aun cuando había alguna loma de tierra, hacía una lomita y en el medio una ollita en la que agregaba agua de a poco, hasta que veía que se consumía y comenzaba a darle forma, hasta que mi hermano me la destrozaba o pisaba y comenzaban los conflictos;
o la mancha, tan conocida por todos, a la que jugaba con mis amigos del barrio, era una de mis preferidas por el hecho de que es muy activa y entretenida. La mayoría de las veces salía ganando;
o la escondida, sin duda alguna el mejor juego de mi infancia; la practicábamos a la tardecita ya que oscurecía y no era tan fácil que te atrapen. Recuerdo que en algunas oportunidades, cuando delimitábamos los espacios siempre alguno se pasaba, con intenciones o sin intenciones.
Creo que todas estas experiencias de juego me ha facilitado un buen desarrollo corporal para posteriormente jugar algún deporte, ya que mucha de las habilidades que sin querer uno desarrolla jugando, luego las traslada a muchas situaciones en diferentes deportes.
La Escuela “nuevas experiencias y amigos”
A los 5 años de edad empecé el jardín de infantes en la Escuela Nº 95. La escuela donde funciona el Jardín está ubicada en la periferia de la ciudad, a la cual concurren niños de clase media en su mayoría.
En las clases de Educación Física, tenía un profesor varón que nos hacia trabajar o jugar con pelotas, cintas de colores, aros y a juegos populares como la mancha pelota, al huevo podrido. La relación con el profesor era buena. Recuerdo querer siempre hacer las cosas bien para tener su aprobación que, en este tiempo, era muy importante ya que te hacía creer o pensar que eras el mejor!!!
Con respecto a los años posteriores, no recuerdo mucho, seguía teniendo el mismo profesor, jugábamos al delegado, a la muralla, a la mancha pelota, a la carretilla, al caballito; en este último juego teníamos que llevar a un compañero y recuerdo que estaba bueno, pero yo era tan grandota que nadie me podía llevar.
A los 11 empecé sexto grado y este fue el último año que estuve en esta escuela debido a que se implementó el Tercer Ciclo, y nos transfirieron a la escuela Agrotécnica porque nuestro colegio no estaba terminado.
En las clases de Educación Física jugábamos al softbol, fútbol ya que teníamos mucho espacio verde. Este fue el ultimo año que tuve clases mixtas que siempre me parecieron mejores.
A los 13 años empecé octavo grado, en la Unidad Educativa N°1. En este establecimiento practicábamos deportes en las clases de Educación Física como voley, básquet, balonmano, cosa que no era muy divertida porque las compañeras que tenía eran muy maleducadas. Con respecto al profesor, no intervenía en nada y para nada; además yo no tenía buena relación porque siempre me exigía el doble que a mis compañeras, además me trataba mal, ya que él justificaba en que yo siempre había realizado deportes y también porque en ese momento yo justo había ingresado a la selección de básquet.
A los 15 años empecé a estudiar en la escuela Epet N°1. En este año cambio todo, tenía clases todo el día, por la mañana las materias teóricas y a la tarde los talleres prácticos, más responsabilidades y eran otras las clases sociales que asistían. En Educación Física jugábamos al fútbol y al básquet, pero más que nada al voley. También nos hacían realizar abdominales, flexiones de brazos. En el último año, recuerdo jugar al softbol.
Las experiencias en el club
A los 9 años empecé a jugar al cestoball en el club General Belgrano, que en su momento era uno de los mejores. Elegí este deporte porque una prima lo hacía y como siempre hablaba me llamó la atención. Me acuerdo que jugaba en la posición de ataque y gracias a esto realicé varios viajes, como por ejemplo, a Ingeniero Luiggi y General Pico. De estas experiencias recuerdo los nervios, sentirme mal si no me salían las cosas como yo quería, por lo que a los trece años deje de jugar al cestoball, porque me aburrí, además me cansó la presión de los partidos. No me sentía muy bien con el grupo de compañeras que tenía, ya que como era muy alta jugaba en categorías más grande y la mayoría de las chicas creían que les quitaba el puesto.
Un profesor de los que tuve en séptimo grado me invitó a hacer atletismo, practicaba lanzamientos de bala y disco, porque decía que tenía condiciones para hacer estos deportes. Siempre me enseñó de lo simple a lo complejo (cuando digo esto podríamos analizarlo bajo un método conductista).
Entrenaba tres veces por semana y dos horas en cada clase, siempre buscaba de mi parte buenos resultados. Si bien no tenía torneos muy seguidos -creo que es porque no es un deporte al cual se le da mucha importancia- y cuando había uno andaba bastante bien; encima no había chicas de ni categoría y siempre me tocaba con las más grandes y salía siempre segunda.
En ese momento yo sólo quería ganar, y no me daba cuenta de que en estos deportes lleva mucho tiempo para poder avanzar en distancia, pero la verdad que la experiencia fue muy buena. Después de un tiempo empecé a practicarlo y me gustó mucho; lo practiqué durante tres años hasta los quince, deje de hacerlo porque me aburría. Creo que mi profesor era una excelente persona con el grupo, fue el único que hacía muchas cosas por nosotros, siempre tenía en cuanta los que nos pasaba, esto en muy importante.
A los 18 años empecé a jugar al voleibol, deporte que sigo haciendo y me encanta, esto me llevo a conocer a muchas personas que hoy en día, son mis amigos. En la temporada de verano jugábamos torneos de beach voley.
Ante la pregunta ¿Por qué elegí estudiar Educación Física? Teniendo en cuenta lo relatado hasta aquí, puedo decir:
· Mis experiencias vividas como deportista que en su mayoría fueron buenas, pero no en todos los casos gracias a los profesores si no al grupo con el cual compartía
· Otra de las cosas más interesantes fue el hecho de que siempre me gustó enseñar; cada vez que ingresaba alguien al grupo o deporte que yo practicaba me interesaba acercarme y ayudarlo para que se incluya como uno más, debido a que en su mayoría los profesores poca importancia le daban a estos, este es uno de los puntos que yo creo más importantes, ya que que lo que me llevó a adoptar esta actitud era el hecho de que siempre me costó adaptarme a los grupos cada vez que cambiaba de deporte.
Siempre me imaginé dirigiendo una clase de Educación Física o deporte.

Una fiesta inolvidable

Stella Maris Carrasco
Hace algunos años, en nuestra escuela, la costumbre era entregar presentes para el Día del Padre y festejar el Día de la Madre.
Todas las madres se hacían presentes y los pequeños las homenajeaban con recitados, obras de teatro y canciones.
Pero ese viernes, previo al Día de la Madre de Octubre de 1995, ocurrieron dos acontecimientos que aún hoy recuerdo.
El primero de ellos, se suscitó cuando Susana, la profesora de Música, interpretó junto a los alumnos, con el acompañamiento del piano “Un Vals para mamá”.
Imprevistamente Susana abandonó su sitio. Todos quedamos asombrados, pero quienes la conocíamos sabíamos que hacía muy poco había perdido a su mamá, víctima de una terrible enfermedad.
No faltaron los comentarios ya que algunos se preguntaban por qué había decidido entonar esa canción, sabiendo el impacto que le produciría.
Lo que muchos no sabían era que a ella la vida le había negado la oportunidad de ser madre, pero que a pesar de eso sentía la necesidad de complacer a sus alumnos dándoles la oportunidad de homenajear a las suyas a través de esa dulce canción.
¡Cuántas veces en nuestra tarea docente debemos enfrentar situaciones como éstas!
Pero esta historia no termina acá. Un día estaba junto a mis alumnos de 7º Año, y procedí a repartirles una flor natural para que le entregaran a sus respectivas madres ya que eso habíamos convenido en una reunión con mis compañeras. Sólo le hice entrega de la flor a quienes no tenían hermanitos menores en otros cursos, ya que habíamos decidido darle ese privilegio a los más pequeños.
Cuando nos disponíamos a salir observé que una de mis alumnas, Olivia, lloraba desconsoladamente. Me acerqué a ella a fin de indagar qué le sucedía.
Ella, llorando me dijo: “yo quería entregarle la rosa a mi mamá, porque yo soy su verdadera hija”; ahí recordé que quien entregaría el presente sería su hermana Viviana, quien en realidad no lo era, ya que había sido criada por sus padres debido a que la verdadera madre, hermana del papá de Olivia, había fallecido.
Entendí su tristeza. Traté de explicarle que no habíamos reparado en esa situación y que quizás lo más correcto hubiese sido que ambas le entregaran una flor, ya que para Vivi, su hermanita postiza, también era importante ese momento, pues sería una oportunidad para agradecerle a su tía lo que había hecho por ella.
Fue mucho para un solo día.
A partir de ese día festejamos solamente el Día de la Familia, para no herir susceptibilidades debido a las diferentes formas de constitución familiar con las que nos encontramos en la actualidad.

Un triste relato

Bibiana Rausch
Transcurría el año escolar.
Maestra de segundo año, turno tarde.
El grupo no era numeroso, pero diverso.
Era el primer día después de las vacaciones de invierno.
Después del saludo diario a la bandera, entramos al aula.
Todos eufóricos conversan entre si.
Saludo.
Responden cordialmente.
Me acerco a cada uno, le doy un beso y le deseo feliz retorno a clase.
Pregunto: -¿Como han pasado sus vacaciones?¿Qué hicieron?
Martina responde: -Yo Salí con mama y mi hermano de paseo, fuimos al cine, vimos dos películas, exclama con alegría.
Joaquín cuenta: -Yo fui al campo, con mi papá y le ayudé a trabajar.
Franco: -Acompañé a mi papá en los viajes que realizo con su camión .Fuimos a Córdoba y Buenos Aires.
Así uno a uno cuenta lo que hizo en las vacaciones.
De pronto Mauri se para y dice: -Ahora les voy a contar algo yo.
Se adelanta, apoya su cuerpecito contra el pizarrón, su cara expresa tristeza……comienza a hablar: -Anoche mi papá, me tomo por el cuello. Me decía ¡te voy a matar! ¡Te voy a matar! Él me quería ahorcar. Ahora yo no lo quiero más…
Sus ojitos llenos de lágrimas, consternado.
Todos escuchábamos azorados y en total silencio, un silencio respetuoso raro en ellos.
Me acerco, lo abrazo y le digo….-Bueno Mauri, tal vez papá estaba enojado. No te quiso hacer daño.Seguro que no lo hará más.
Después de este hecho pienso en el actuar diario de este pequeño.
Su falta de interés. El no poder estar quieto.
Sus reacciones: cuando pega a sus compañeros.
Golpea la mesa con sus manos enojado.
Tira su cuaderno, su cartuchera…
Estar constantemente a la defensiva
Cómo no actuar así con tanto dolor a cuesta con tantos moretones en el alma.
Aun pasado el tiempo recuerdo vividamente el rostro de mis pequeños ante tal relato…..

“Un comienzo inesperado”

María Silvia Alarcia de Díaz
El día despierta lentamente en una tranquila mañana de campo, mis ilusiones, mis ansiedades, mis miedos y también mi alegría amanécen junto a ella; inicio mi experiencia como docente en una escuela rural.
Con mucho entusiasmo me preparo: útiles ordenados, clase prolijamente planificada, sobre mi cuerpo un hermoso y florido vestido futura mamá, zapatitos nuevos, medias finas, pelo ondulante, suave pintura y mucha expectativa abundaba en mí.
Comienzo mi viaje en auto, me esperaba un recorrido de 25 Km de caminos salitrosos.
A unos 2 Km de mi salida y debido a las lluvias del día anterior me quedé varada en medio de una inmensa laguna. Supuse que el camión lechero a esa hora de la mañana pasaría como todos los días.
Luego de una hora de interminable espera, de contemplar la cantidad de agua que me rodeaba y sentir la soledad en mi piel, decidí salir del auto caminando sin saber por dónde. Embarrada, mojada y triste comienzo a marchar en busca del tambo más cercano.
Ante mis primeros dolores comprendí que el hijo que llevaba en mi vientre compartía estos sentimientos encontrados, rezaba y suplicaba que no se le ocurriera nacer en ese momento; esto me dio pánico y a su vez fuerza para caminar aproximadamente 30 minutos.
Casi desolada y a punto de sentarme a llorar descubrí a mi izquierda un reflejo rojo de algún techo, rodeado de una frondosa arboleda.
Los tamberos al divisarme corrieron en mi auxilio y me acercaron hasta la casa donde vivía.
Las lluvias continuaron y mi primer día de clase se postergó una semana.
En mi recuerdo está intacta esa vivencia y al retornar a mi querida e inolvidable escuela campestre todo se convirtió en alegría, emociones y expectativas cumplidas.
Compartí junto a padres y a siete inocentes, sanos y cariñosos pequeños un año de mutuos aprendizajes que guardo en lo profundo de la que considero mi mochila del alma.

Un cambio de actitud

Norma San Miguel
Siendo docente de 4to año, en el área de Ciencias Naturales, se comenzaba a trabajar con el eje: ”LOS SERES VIVOS: DIVERSIDAD, UNIDAD, INTERRELACIONES, CAMBIOS”.
El contenido conceptual que se trabajaría sería “ECOSISTEMAS, CADENAS ALIMENTARIAS”; el mismo impactó mucho en los alumnos, siendo ellos un grupo muy interesado y de fácil motivación, a pesar de ser bastante inquietos.
Nos empezamos a preparar para una visita al bosque “General San Martín”, de nuestra localidad de Rolón, el mismo queda frente a la escuela; primero observábamos desde ella el comportamiento de los animalitos y todo el movimiento que en él hubiera.
Ya preparados para la partida se dio a conocer el objetivo: “recolectar factores bióticos y abióticos” (tema que se había visto con anterioridad); finalizada la recorrida por el lugar mencionado y ya habiendo recolectado lo necesario regresamos al aula.
Al día siguiente, se procedió a la clasificación de lo recolectado, por un lado pusieron los factores abióticos (agua, piedras, tierra) y por el otro los factores bióticos (hormigas, bichos bolitas, chinches verdes, lombrices); los niños propusieron que querían representar lo que visitaron para ver quien se come a quien, en cuanto a los animalitos que habían recolectado, se armaría “un terrario”, propuesta que fue aceptada y se comenzó a consensuar para el armado del mismo.
A la clase siguiente la docente trajo un recipiente de vidrio con un trozo de tul que actuaría como tapa y un envase para el agua, se colocó todo lo recolectado.
Uno de los alumnos, el más bichero, acotó que faltaría un animalito más grande quien era el que se comería a todos y que podría ser un sapo. Todos aprobaron su valiosa idea. Aprovecho la oportunidad para hacerles saber que sentía un no sé que hacia los sapos, era algo que no se los podía explicar, no sé si era asco, miedo, pavor repugnancia, inmovilidad, por tal razón no tocaría al animalito, pero les pedí que luego que observáramos todos los animalitos volvieran a su lugar de origen.
Valentín, así se llamaba el alumno que trajo el animalito para mí en cuestión, observó mi actitud y seguramente se hizo varios interrogantes.
Al cabo de varios días se observó el terrario se hacían las anotaciones correspondientes, y llegó el último día donde ya se desarmaría el pequeño ecosistema terrestre, y todo volvería a su lugar, los alumnos pasaron a la hora de Música, cuando volvieron a clase, noté una total calma en sus procederes, situación que me llamó la atención y mucho, retomo el tema damos lectura a las anotaciones realizadas, Valentín se acerca y me pide que le saque punta a su lápiz con mi trincheta, al abrir la cartuchera me encuentro con el asqueroso animalito en su interior, lo primero que me salió fue un grito, me invadió una sensación de pánico y asco, acompañado esto por una actitud de enojo que terminó con un gran reto a toda la clase y una fuerte penitencia, ya que consideré esa actitud como una falta total de respeto.
Valentín, levantó su mano sucia y llena de tierra por haberla metido en el terrario para sacar el sapo, y su carita lo decía todo; asumió lo que había hecho, y yo ya más calmada le pregunté por qué lo había hecho y para mi sorpresa y muy tranquilo, argumentó que tratándose de un animalito mansito y bueno, lo había colocado en mi cartuchera para que lo empezara a querer y sentirlo como un animalito amigo.
Tocó el timbre, formaron, los despedí y camino a mi casa me puse a pensar que acción noble y de cariño había tenido mi alumno al tratar de acercarme e ese animalito y cambiar mi actitud, y a partir de ese momento empecé a verlo y relacionarme de otra forma pero sin todavía llegar a ser grandes amigos.

Con ellos...sigo aprendiendo

Natalia Lorena Rodríguez
Aquel día amaneció resplandeciente. Era una mañana hermosa del mes de marzo, el sol radiante calentaba cuanta cosa se atravesaba. Por primera vez las designaciones de cargos interinos y suplentes de nivel Polimodal y EGB3 se efectuarían por la mañana de un día sábado.
Caminé la cuadra y media que me separa de la institución de nivel medio en donde se daría inicio a dicho acto con una mezcla de sensaciones inexplicables, y hasta con esas cosquilllitas en el estómago que te generan los nervios propios de esas circunstancias en las que uno no sabe qué te depara el destino.
La idea de “total a mi no me va a tocar nada” no dejaba de cruzarse por mi mente. Me di cuenta que venía desde hacía una semana condicionando mis comportamientos a esa idea.
El acto dio inicio a la hora indicada, todo un salón repleto de aspirantes que con nervios e incertidumbre esperaban oír su nombre.
Aquel instante en que mis oídos captaron las ondas sonoras de mi nombre fue paralizante. Sentí la sensación de querer huir y escapar de aquello que tanto anhelaba.
Vacilando hice notar mi presencia. Caminé hacia la mesa y acepté tomar las horas, sí, horas de Proyecto de Orientación y Tutoría.
Sentí frío, calor. Qué desafío. Comenzar a trabajar en una nueva institución, con colegas que habían sido mis profesores; ser tutora en situaciones sociales tan difíciles que afectan directamente el contexto escolar; trabajar con culturas juveniles con características diferentes a aquellas para las cuales fui formada, era todo un desafío pero me proponía enfrentarlo.
Aquel primer día en la institución me resultó un poco incómodo, me sentía observada. El aire que se respiraba a nivel institucional era casi el mismo que el de las otras instituciones por las que ya transitaba o había transitado; una sensación de individualismo total.
Si miro atrás y evalúo estos años...
Cuántos roles me ha exigido ser tutora, escuchar y comprender tantas situaciones, actuar de mediadora, tratando de resolver aquellos acontecimientos que, conflictivos o quizás por falta de comunicación o interpretación, generan las relaciones entre personas, y el proceso de enseñanza-aprendizaje qué es, sino un proceso de interrelaciones entre todos los integrantes de la comunidad educativa.
Me ha tocado escuchar, analizar, discutir, opinar, aconsejar, orientar, decidir, pero por sobre todas las cosas he intentado comprender cada situación para poder ser justa en mis decisiones, para poder obtener de cada actuación los mejores resultados, aunque no siempre han sido positivos, con el consenso y satisfacción, no de todos, pero sí de la mayoría de las personas involucradas.
He aprendido en cada entrevista con mis alumnos, en cada charla con mis colegas o padres, que salir del aislamiento, del individualismo, es una acción innovadora, que el trabajo en equipo y las relaciones de empatía son un punto de partida indispensable para obtener resultados favorables.
Aprendí que la perseverancia es el mejor aliado en este camino tan difícil y multifacético que nos toca transitar como docentes.
Aprendí a interpretar cada mirada, a leer cada gesto, a escuchar cada silencio de mis alumnos, intentando comprender qué hay detrás de cada acto indisciplinado, de cada “no estudia”, “no presta atención” o “esta ausente”...
Me animé a interactuar con mis colegas, a compartir opiniones, a intercambiar estrategias, a escuchar y dar sugerencias.
Y sigo proyectando, intentando dar más desde mi función como tutora, porque la experiencia de estos años me demostró que no soy simplemente una profe, lo que no es poca cosa.
Soy aquella colega con la que se puede contar para resolver situaciones que el escaso tiempo y las colmadas planificaciones no les permiten resolver a los docentes de las diferentes áreas en cuanto a la convivencia. La que efectúa un seguimiento de cada uno de sus alumnos para interiorizarse sobre cómo van en la escuela, conociendo un poquito más de ellos desde lo personal y familiar, información que muchas veces nos da los fundamentos para comprender el por qué de muchas cosas.
Cuantas cosas buenas me han sucedido, cuantos cambios ví florecer en cada uno de mis alumnos, y aún sigo esperando que progresen otros.
Cuantos momentos hermosos vividos, aún con quienes menos me lo esperaba, si, aquellos indisciplinados de los cuales solo podía esperarse malos comportamientos.
Se me vienen a la mente mil recuerdos, lagrimas, risas, confesiones, hasta chismes, enojos, y hasta confidencias. ¿Cuántas cosas podemos obtener de nuestros alumnos si escogemos el camino adecuado para establecer acuerdos con ellos?, ¿cuánto logré partiendo de la confianza, del cumplimiento de lo pactado?.
También me implica muchas cosas. Irme a casa pensando en ¿cómo le abra ido en la evaluación de Historia?, ¿habrán estudiado para el espacio de ...?, ¿se habrán peleado nuevamente?, ¿le corresponde sanción o no?, entre otros tanto interrogantes que diariamente circulan en mi interior.
Así, sorteando obstáculos, con éxitos y fracasos que me alientan o me invitan a reflexionar, con el apoyo de colegas que comienzan a apostar al trabajo en equipo, e intentando sumar a otros colegas, y por sobre todo creyendo en que las cosas pueden llegar a funcionar un poquito mejor con el aporte de todos, sigo aprendiendo.-

Sensaciones

Adriana Edith Álvarez
Me es difícil, tener que seleccionar una historia pedagógica, cuando en mis 23 años como docente, tengo guardadas en mi mochila cantidad de ellas.
Hoy te narraré una, opté por ella, por qué cuando me acuerdo, me da bronca, angustia y sentí por primera vez la sensación de aislamiento y desamparo.
Luego de deambular, por varias escuelas, como suplente, me titularicé en Doblas.
Transcurridos los dos años, solicito traslado a mi pueblo natal, Macachín.
Elijo la escuela donde concurrían mis hijos.
Me presento en febrero, feliz y con muchísimas expectativas, las cuales me duraron, por decir un tiempo quince minutos. Las miradas de mis colegas me hicieron sentir una suplente más.
Reunión con la directora y todo el personal. Que sorpresa… no podía creer que la persona que nos hablaba era la misma que yo como mamá, me parecía ideal como directora para la educación de mis hijos, cordial, predispuesta a solucionar los problemas que se presentaran, defendiendo a su personal, comunicativa, laboriosa.
Pero aquí, comencé a conocer la verdadera personalidad de ella: autoritaria y egocéntrica.
Transcurren los días, conocí a Patricia, colega con la que me toca trabajar, dulce, amable, comprometida con su trabajo y conteniéndome constantemente.
La situación no cambiaba, yo me revelaba y mal, por que no me sentía valorizada, ni como docente, ni como persona, sentía en carne propia el dicho “no hables, sos sapo de otro pozo”, nunca había sentido así.
Fue entonces, que al faltarme la percepción que los que nos tienen que proteger no lo hacen pero sí hacen diferencias entre las docentes antiguas por así llamarlas, puse en práctica la opinión certera de Patricia: Transformarse, reciclarse sin dejar de ser uno mismo.
Transcurrieron cuatro años y logramos juntas ser dueñas del tiempo y del lugar.
Pedí mi traslado definitivo a la misma escuela, continúo con la misma directora y con la ausencia de mi entrañable amiga y colega, ella logró también su traslado pero a otra escuela.
Mi lectura de esto, indudablemente es la sinceridad, espontaneidad, postura y confianza de nosotras mismas, y debo confesar que extraño el trabajo en equipo que realizábamos las dos, tomamos actitudes dinámicas de grupo, en cuanto a las propuestas, consignas, normas y afectos, que lograron facilitar los procesos para alcanzar mayor: productividad, gratificación y un cálido aprendizaje, a nivel individual y colectivo.
Entrecruzamos cansancio, nostalgias y alegrías; juntas leímos un día una frase de Plutarco que compartimos plenamente y fue en nosotras un desafío para ponerla en práctica: “La mente no es un vacío a llenar, sino un fuego a encender para iluminar. Esa es la tarea docente, mantener viva esa llama y avivarla día a día”.
Me queda el recuerdo de todo lo trabajado y vivido juntas, algo que valoro, extraño y es muy difícil de encontrar, esa pequeña y a su vez gigantesca palabra “equipo” en este caminar docente.

Mensaje de Angel

Vilma Noelí Ibar
Fue un llanto intenso, desde lo profundo de mi ser. Sentí mi vientre pequeño, era la tristeza quien lo contraía, la angustia por saber que ya no podía él dar a otros aquello que generosamente legó en mi, sin saberlo; era la tristeza que invadía mi corazón: Un referente de mi adolescencia bruscamente dejó de existir.
¡Cuánta nostalgia! Había sido para mí, un docente recto, incisivo, detallista, organizado, con la dosis justa de confianza, equilibrado en sus vínculos, y con el conocimiento a disposición de sus alumnos, para que se los apropien con discernimiento...
-No siempre lo que está escrito quiere decir eso... piénselo de varias maneras- decía...
Después de varios minutos de angustia y con mis ojos enrojecidos por el llanto...
-Hola seño!-dice Camila al dar un beso en mi mejilla. Era como un pañuelo viviente recordándome que hoy...yo era la docente...que muchos pequeños seres buscaban “su referente”, peldaños firmes para crecer como personas.
-¿Lloraste?-Preguntó Camila...justo aquella niña...
-Si-respondí sin ocultar mi tristeza.
Sin sacar su mirada de mi rostro, caminó hacia el salón y luego a la sala a colgar su mochila como siempre. Su mamá, intuyendo el origen de mi congoja...
-Estamos todos impactados, fue muy brusco...
-Sí, lo fue...-dije- para algunos era muy querido y para otros no tanto, pero sin duda en todos su desaparición provoca algo... para nadie es intrascendente...
El silencio nos acompañó.
-Que pena – continué- que él no supiera, ni siquiera pudo imaginar la cantidad de enseñanzas que en lo profesional me dejó, tantas pequeñas cosas que hoy día a día uso, pero que la práctica de ellas me las enseñó él...
-Sabía mucho...-dijo la mamá de Camila.
Otros besos se sumaron al primero, todos enmarcados por una cara extrañada...con los ojos fijos en los míos... que enrojecidos denotaban un estado diferente. Uno a uno los niños fueron dejando sus mochilas, una a una las madres mencionaron a aquella persona, varios y muchos eran los recuerdos que inundaban nuestras mentes... y el aire... la atmósfera de aquel lugar... era diferente...: ¡Había un Angel en aquella sala! Todo se había transformado.
Hacía varios meses que intentaba lograr en mis alumnos una manifestación abierta y sincera de sentimientos. Es que aquellos niños parecían controlar mucho lo que sentían... no podían expresarlo... ni soñar que lo verbalizaran... Así, convencida por mis vivencias que era liberador poder conectar mente-alma-palabra-cuerpo... quise ser el enlace que les permitiera también a ellos hacerlo. Una actitud egoísta quizá, con tinte “salvador” – de alguien que tal vez aún debía salvarse a si mismo-, una postura cargada de omnipotencia... pero también de convicción... sabía que si a los sentimientos les hacemos un pequeño hueco para que fluyan, solos van sonsacando los bordes y transformándolo en una gran vertiente.
Nunca hubiera pensado, cuando inicié esa tarea, que el momento de cosecha iba a estar ante mí de aquella forma.
Nunca hubiera pensado que iba a ser aquella niña, Camila, la que primero me mostrara sus frutos... Era una niña tranquila, dulce, mimosa en apariencia... pero podía imaginar yo, que muchas cosas guardaba celosamente dentro, sin saber como sacarlas... carcomiendo su alma... coartando su cuerpo...limitando sus juegos.
-No sé si me gusta- decía ella cuando quería decidir a qué jugar y no podía hacerlo, sólo quedaba mirando a su alrededor en total quietud.
-Probemos aquí- dije- luego me decís que te pareció.
Ella, dubitativa, lo intentó... y así fue por varios días y en diferentes lugares... pero siempre con mi respaldo... con mi mano construyéndole pequeños peldaños...dialogando intensamente.
De igual manera procedió aquella vez en que “el nacimiento”, nuestro nacimiento, fue tema. Llegar al mundo es un marco de emoción muy fuerte. Conocer cómo fue establece raíces a nuestra historia. Cada niño preguntó por ellas... y luego las contó al grupo, también la seño y Camila:
- Mi mamá me contó que la tía se desmayó, porque ella quería que yo naciera- dijo. Su rostro estaba feliz, ella pudo saber más de sí misma.
- Mamá lloraba cuando me lo contó- agregó- y me mostró una foto mía cuando yo era re chiquitita. Sus mejillas, rosadas de placer, revelaban un corazón hinchado de gozo...orgullosa por provocar esto en su madre.
Y a esta experiencia se sumaron otras, y los vínculos se ampliaron, las emociones fluyeron...fueron pequeñas vertientes... hasta que...cuando el olor de la lavanda fue más intenso y las glicinas inundaban todo con su color...un roble selló su presente de aquella forma, un Angel cerró la puerta de su futuro, aunque seguiría siendo presente, porque a través mío se perpetuarían actitudes suyas-mías y ahora de Camila y cuanto alumno llegara a mi.
Aquel día en que la muerte buscó ese ser, fue un día distinto. Mostrar mi tristeza hizo que esa niña viera en mí tantas emociones fluyendo, que dio “permiso” a las suyas, y su pequeña vertiente, fue desde entonces un caudaloso arroyo.
Qué ironía... fue la muerte la que dejó nacer nuevamente a esa niña y fue el silencio de la tristeza que llenó el aire de sordos ruidos de penas-alegrías-ternura...de Angel.

Las apariencias engañan

Mirna Mariela Heimbigner
Después de veinte años de trabajar en una misma escuela, con las colegas de siempre, en una comunidad pequeña, amigable, muy conocida; tuve que trasladarme a otra totalmente diferente: a cuatro séptimos de grandes matrículas, personal desconocido, desempeñarme en Tercer Ciclo, cuando siempre trabajé en primero, todo demasiado distinto, distante…
Fui acercándome poco a poco (me costaba mucho), saludando, presentándome, tratándo de encontrar a alguien para entablar una conversación. El primer día fue corto, el segundo más largo, la semana interminable. Así comencé a trabajar,
En el grupo me llamó la atención la presencia de un señor con traje gris, serio, distante, frío. Era nada menos que el Director, mi Director. Esta confirmación me trajo mayor inseguridad. Desconcierto. Temor.
Me tocó el área de Lengua, trabajaba muchísimo, buscaba información, planificaba, realmente estaba desesperada.
Una mañana entré a dar clase. En una mesa del fondo lo descubro. Serio, distante, dispuesto a observar la clase. Creí morirme de pánico. Aún no sé cómo sonreí y cumplí con la clase del día.
Regresé a casa mal, preocupadísima. Otro día, el tema era Discriminación y había organizado la clase con una película. De nuevo su presencia intimidante, callada.
No aguanté más, tomé coraje y fui a dirección. Comenzar a hablar con él fue dificilísimo. Nunca me sentí tan sola.
Me preguntó qué inquietud me traía, le respondí que una sola, me sentía muy perseguida y no sabía si me estaba desempeñando bien; todo era nuevo para mí.
Me pidió que me sentara y me explicó que era la única docente que no conocía y a él le gustaba identificar al personal que trabajaba en su institución. Pero gracias a Dios le gustaban mis clases.
Poco a poco fuimos dialogando, compartiendo un mate en la hora del almuerzo.
Adquiría poco a poco confianza pero no podía superar ese sentimiento de miedo que sentía ante su presencia.
Pasan los días y me llama a dirección aquel señor de apariencia tan fría y distante.
Me pregunta qué me pasa que me nota preocupada.
Me siento mal- casi le grito- le respondí: me siento mal, me faltan mis amigas, mis colegas, mi hija mayor que fue a estudiar a La Plata.
¡Extraño todo! Le pedí permiso y me retiré porque realmente tenía ganas de llorar.
A mitad del año, tuve la desgracia de que se enfermó mi papá de gravedad. No daba más, hasta que mi marido me llamó porque mi papá me necesitaba.
Este hombre “El Director Serio”, me llamó nuevamente y esta vez me dijo: “nos conocemos poco, pero consideráme tu amigo, estoy para ayudarte, hoy te voy a pedir que te retires ¡Andá a cuidar a tu papá, que te necesita realmente y yo voy a atender a tus alumnos! En la vida tenemos que aprender a priorizar, hoy tenés cosas más urgentes que atender, hoy tu familia te necesita, yo puedo esperar a que te recuperes y encuentres otra vez la fuerza con que empezaste.
Gracias- fue lo único que me salió.
A partir de entonces me di cuenta que personas maravillosas hay en todos lados, lo importante es poder encontrar en cada uno lo bueno, lo significante, porque sé que todos los tenemos.
Esto me llevó a la siguiente reflexión: “Nunca juzgues a las personas por su apariencia exterior, ya que puede suceder que lo oculto sea lo más valioso”

La triste historia de Miriam

Silvia G. Torres
El aula estaba con ese bullicio que acostumbrábamos tener cuando las conversaciones eran de esas a las que no se referían solo de aprendizaje sino que hablábamos de cosas curiosas, que siempre asombran a los niños.
En primer año, un grupo de trece niños, donde yo era su docente por poquitos días, se encontraba Miriam, una niña menudita, de ojos tristes, pero siempre con una sonrisa y alerta a correr para darte un beso, a ayudarte, a llevar el portafolio, a buscar algo ha dirección, ella siempre dispuesta a todo.
Yo me quedaba asombrada de la actitud con los demás, pero a veces llamaba mi atención porque no terminaba su tarea.
Yo hacia sólo veinte días que estaba con ellos, pero fue suficiente para ganarme mi cariño.
Fue grande mi sorpresa cuando un día descubrí, la triste historia de vida de Miriam. Todo empieza cuando un día, una compañerita de Miriam que tenia unos ojos azules, grandes y brillantes yo le digo - ¡que ojos hermosos tenés, iguales a los de tu mamá!,
-Sí- me respondió la niña.
Cuando todos se comparaban sus ojos con los de sus papás y comentando los parecidos que ellos tenían de sus padres, Miriam me miraba con ojos tristes y callados y de repente me dice que ella también tiene los ojos como su mamá.
En ese momento otra niña un tanto especial gritó –seño, mentira Miriam no tiene mamá, su mamá la abandonó-
Y ella con voz fuerte y enérgica me dice- no seño, mi mamá no me abandonó ella no me puede cuidar-
Quedé pasmada, pensativa y sin decir nada, no me salía ni una palabra, noté en ella una gran necesidad de cariño, que uno no sabe en ese instante como ofrecérselo.
Yo tuve que dejar esa suplencia, para tomar otra en la misma escuela, y a Miríam continué viéndola, pero con más tristeza aun cuando me enteré que la persona que la tiene a cargo la golpea con brutalidad porque la niña de sólo 6 añitos nos muestra sus moretones y justifica a la persona que la golpeó diciendo que ella se portó mal.
A veces me pongo a pensar como una personita tan pequeña que necesita cuidado, cariño, no pueda sentir rencor en su corazón, tanto por la persona que la cuida como por la mamá que la abandonó. Ahí me di cuenta que a Miriam le sobra el amor, el cariño y la bondad, que a otros les falta tanto.

“La silla vacía”

Nelly Noemí Holgado
Hoy tengo la oportunidad de contar una historia que me transporta a mi experiencia pedagógica. Una mezcla de sensaciones, sentimientos, emociones, recuerdos, situaciones que se mezclan y entrecruzan formando una especie de collage me invaden, me inquietan, me hacen pensar, me movilizan.
Pienso: ¿Cuál de ellas quiero hoy contar? ¿Cuál de esas historias que se superponen una y otra vez quiero rescatar?
Son muchas y variadas que aparecen y desaparecen en este largo trajinar de mi carrera docente. Pero hay una que aflora como muy especial y que hoy late como aquel día.
Cierro mis ojos y puedo ver claramente a un grupo de preadolescentes llenos de vitalidad, de juventud, de ganas de hacer y compartir con sus pares y con el docente, no sólo la tarea escolar, sino también momentos, inquietudes, experiencias, el quehacer cotidiano.
¡Era un grupo de 7º Grado! ¡Cómo olvidarlo! Muy compañero, activo, colaborador y de una gran calidez humana. Con ellos compartí momentos inolvidables, no sólo en la escuela sino también en el viaje de estudios a Buenos Aires y todo lo previo para recaudar fondos para tal fin.
Pero algo empañó la algarabía de este grupo, algo cubrió de tristeza y amargura los corazones de todos nosotros, una tragedia marcó un camino, el rumbo de uno de esos niños, el camino de la fatalidad, el camino de la muerte.
El de la mirada profunda y ojos grandes y oscuros, el que se sentaba en el último banco allá al fondo, a la derecha del aula, el de pocas palabras, pero de un gran corazón, nos había abandonado; un arma, un tiro accidental se escapa jugando con su vecino y lo hiere en la sien mortalmente.
Era un sábado, me acuerdo, siento un nudo en la garganta y brotan lágrimas en mis ojos como aquel día cuando los compañeritos vinieron a avisarme a mi casa del accidente. No supe que decir, quedé inmovilizada, pensé en sus padres, pensé en él, sentí algo muy extraño mezcla de escalofrío, dolor e impotencia; nos abrazamos con vehemencia tratando de mitigar la angustia que nos invadía.
Pero ahí estaban ellos nuevamente con la fortaleza que los identificaba, para que juntos decidiéramos los pasos a seguir.
Fue así que nos organizamos para ir a acompañar sus últimos momentos y a toda su familia.
Asistimos todos de guardapolvo blanco y le dimos el último adiós.
Fue y es terrible recordarlo. Era un niño, era un alumno, era mi alumno.
El lunes llegó y el dolor y la ausencia estaban latentes en el aula.
Entramos como todos los días, aunque ya no era igual, nadie dijo nada, pero todos dirigimos la mirada hacia la silla vacía, allá al fondo, a la derecha donde él se sentaba y donde a partir de ese momento sólo quedaba el recuerdo y la presencia espiritual de alguien que desde el cielo nos enviaba su bendición.
Y es aquí donde hago eco una frase de Bucay : “ El dolor también es un maestro, está allí para enseñarnos un camino”

La carita de Genaro

E. Graciela Alvarez,
Día de Otoño, clima cálido, sol a pleno y toda la comunidad a la espera del inicio del primer día de clases. Impecables con sus delantales nuevos, bien peinados, caritas de asombro, algunas miradas pícaras y cómplices, otras con miedo y hasta algunos llantos.
Yo también observando ese momento con incertidumbre porque todas son caritas nuevas y desconocidas para mí.
Se hace la división de las salas y hay una carita que me sorprende y/o casualidad pertenece a la otra división. Me acerco a él y le pregunto el nombre: “GENARO” me contesta, mi sorpresa fue mayor porque mi hija siempre me dice que ella cuando tenga un hijo lo va a llamar así y mi pregunta es: de dónde saco ese nombre, sino conocemos a nadie que se llame así. Ahora sí puedo confirmar que ese nombre existe y está enfrente mío, pertenece a un pequeñito de mirada huidiza.
Le doy un beso y veo que su carita está toda con manchitas y ampollitas, algunas lastimadas, dialogo con él y se acerca su mamá y me dice que está así porque se rasca y él mismo hace que esa infección siga avanzando.
Me doy cuenta en un instante que sus compañeritos lo miran y no se acercan y con sus expresiones lo dicen todo: claro !!!! quién lo va a tocar o acariciar o saludar si su carita no está bien, les da ASCO !!!!; sí eso sentí al ver sus gestos.
Me arrodillo y le digo con voz suave, dulce, que no se toque las ampollitas, que se tiene que poner una crema y así su carita tan linda se ve mejor, me acerco a su oído y le cuento un secreto: yo voy a mirar tu carita todos los días y así voy a ver si se cura y si eso ocurre, porque sé que vos sos un nene lindo e inteligente te voy a traer una sorpresita.
Transcurrieron los días.
Genaro llegaba al jardín y buscaba insistentemente mi mirada. Éramos cómplices: yo entonces le sonreía y así empezaban las tareas.
Su carita mejoraba día a día hasta llegar a curarse por completo, entonces cumplí con lo prometido, al día siguiente le traje un regalito y lo llamé aparte para dárselo sin que nadie se enterara y cuando lo voy a colocar en su mochila y le explico que lo abra cuando llegue a su casa, él me mira y me dice: ¿te gusta mi mochila? Me la trajo papi anoche del basurero (en ese momento me vinieron miles de reflexiones, mi cabeza estaba a punto de estallar: por un lado la felicidad de GENARO era inmensa, por otro pensé en mis hijos y en tantos otros chicos más que sino es de marca o nuevo no es aceptado como tal) y entonces comprendí y entendí: “un gesto vale más que mil palabras”… lo abracé emocionada y feliz.

Inesperado…Una realidad

Era una mañana como tantas, la jornada comenzó a las 8:00 PM. y en el primer recreo me encuentro con una planilla en la sala de docentes. Después de preguntar a mis compañeras de que se trata pasé a leer y a inscribirme para el taller.
Para ser sincera la completé con poco interés, Octubre, carga de actividades y los horarios que no me acompañaban.
Así llego el primer encuentro, el numero de participantes era importante, y cada una de nosotras fue recibida muy amablemente por la profesora. Sin embargo, mi pensamiento estaba dirigido a pasar el encuentro lo más rápido posible. Por suerte mi suposición fue errónea ya que las actividades que se nos presentaron fueron amenas y muy significativas, nos llevaron a involucrarnos directamente con ellas, y por supuesto, lo mejor pude disfrutarlas.
Así llegamos a finalizar el primer encuentro; para mi sorpresa esa sensación que tuve al llegar se desvaneció completamente. En los encuentros posteriores se nos plantearon diferentes actividades una de ellas fue la lectura de frases de distintos autores. Esto fue muy interesante ya que me movilizo desde lo más profundo, permitiendo que afloren mis sentimientos, emociones y mil sensaciones…
Cada encuentro fue tan productivo como el anterior, me sentía invadida por un bienestar particular que no se logra en muchas ocasiones.
Así llegamos a la finalización del taller logrando lo inesperado, me senté a escribir ¡sí! realicé varios borradores y a pesar de no saber cual experiencia pedagógica elegir pude hacerlo, gracias a todas las herramientas que me brindaron.
Por eso es importante que antes de hacer valoración errónea, debemos permitirnos vivenciar la experiencia y a partir de ahí decidir. Como en este caso; que el aprendizaje y el placer nos acompañaron a lo largo de todo el taller literario.
Si la apertura de nuestra mente y corazón es amplia, siempre prevalecerá el verdadero aprendizaje.

Simplemente golondrina

Sonia Edith Simones
Todo ocurrió por los años `92 cuando decidí por supuesta vocación o vocación impuesta, emprender el duro y a su vez placentero, camino de la docencia.
Ser docente formaba parte de nuestras vidas en el pueblo. Un magisterio dictado en casa no se podía desperdiciar y nos juntamos todas…todas haciendo referencia a aquellas que no acompañaba la economía para invertir en otro futuro y a su vez aquellas alentadas por las ganas de aprender, del saber.

Cumplida la misión y pasado el tiempo, sonó el teléfono y el inesperado:
¨ Hola querida, te llamo de Coordinación...¨
Mi voz temblaba, uniéndose de inmediato a este movimiento, las manos y las piernas. Un susurro, un suspiro dijo el primer:
¨ La tomo, que tengo que hacer? ¨
Puelén fue el lugar. El miedo, la ansiedad y la distancia te invaden al cruzar las puertas y el deseo de un abrazo de bienvenidas se desvanece cuando la autoridad te mira (de arriba abajo) y te recibe.
En ese momento dejo de ser Sonia para convertirme (en un rápido y sencillo rito de iniciación) en la docente de 5to año.
Cuanto pesa sobre mis espaldas!!! Hasta pensar en un momento salir más que disparada del lugar cuando las llamadas blancas palomitas me analizaban al entrar. Palomitas que más que acompañarte en el vuelo inicial, esperan la presentación de Sonia para definir según la voz de la principiante, la postura y obviamente la edad.
Y como bien dicen ¨ Después de la tormenta siempre vuelve la calma ¨, todo pasa y...
Hoy me roba una sonrisa el recuerdo,
Hoy me enriquece esa vieja vulnerabilidad,
Hoy la observación y la atención son mis aliadas (el tema de los listados potencia estos aspectos),
Y hoy a la distancia doy gracias por la posibilidad y el empuje que alimento en mí, la vocación y la pasión por el arte de aprender todos los días y acompañar a estos niños en el proceso de enseñanza- aprendizaje.
Llegado el año 2007, reflexiono una vez más, pero en este caso en la realidad que como docente me toca vivir.
Aún sigo como golondrina, de escuela en escuela, adentrándome todo el tiempo a realidades educativas diferentes que me imposibilitan acceder al sentimiento de pertenencia del que algunos mencionan. Pero Ojo! Esto no es lo único que como docente me propongo, cada experiencia me renueva, cada grupo de colegas, cada alumno, me mantiene en una constante transformación y enriquecimiento personal.
Este año la diversidad en el aula, me mantuvo muy activa. Concientizarme y brindar la atención correspondiente me llevó a indagar y descubrir otras herramientas para llegar al alumnado, o simplemente animarme a reestructurar-recrear aquellas que como docente apliqué casi temerosamente en otras oportunidades.
La experiencia, el camino recorrido en las aulas, aumentó mi confianza a la hora de crear y aportar un poco de color sin miedo al ridículo y al juicio que con asistencia perfecta recae sobre las acciones realizadas. Hablar de juicio implica también tener en cuenta la mirada, la valoración y el aporte tan significativo que todo mi entorno me brinda para mejorar día a día.
Si bien por momentos esta continua renovación nos agota, es inevitable si como profesionales (ética) pensamos brindar lo mejor a nuestros alumnos y reivindicar nuestro rol como educadores por momentos tan cuestionado. Todo cambia a pasos agigantados (los niños, las instituciones, etc.) y como docentes debemos emprender esa carrera alocada si queremos llegar a nuestros alumnos, a sus intereses, a sus necesidades, a sus preocupaciones y desarrollar realmente sus potencialidades.
Bueno, para cerrar esta historia, aunque contradictoriamente nunca tiene final, me tomo unas merecidas vacaciones y recupero fuerzas para contarles y participarlos de otra experiencia educativa.
Ahora y con la capacidad de escucha y diálogo tan desarrollada en los últimos tiempos por los docentes, que tal si me contáis y compartís conmigo tú historia…
Esta historia continuará…

Pregunta confusa

Griselda Rausch
Era la maestra de séptimo A” y séptimo “B”, turno mañana. Segunda semana de clase.
Ese día había decidido hacerlos leer.
Entro al aula .Observo .Unos conversaban .Otros escribían en el pizarrón. Dos o tres estaban leyendo una revista.
Saludo.
Todos contestan cordialmente.
Me acerco al escritorio y dejo mis cosas.
Les pido que se ordenen y ubiquen cada uno en su lugar.
Saco los libros y carpetas del bolso.
Pido a uno de los alumnos que pase a leer un párrafo de un texto.
Lo escuchamos y luego comentamos sobre lo leído.
Luego pasa otro y realizamos lo mismo.
Al terminar este chico pido a Graciela que pase a leer.
Era una chica nueva en el grupo; de la que no conocía demasiado su historia. La había observado los días anteriores y noté que era algo timida, que no se integraba con el grupo.
Tal vez porque no los conocía, o tal vez porque era su forma de ser.
Comenzó a leer. Su voz era armoniosa, clara, leía con una expresión certera, no vacilaba en ninguna palabra.
Leía bellísimo.
Cuando termina le digo.
-¡Qué hermoso lees! ¿Lees mucho?
-Si.-me contesta.
-¿Y que lees?
-Diarios, revistas, libros, lo que esté a mi alcance.
-¡Qué bueno!- la animé-¿Y cuál fue el último libro que leíste?
-Mascarada de amor- me contesta muy segura.
-¿De quién es el libro?- pregunté, sin pensar en como había realizado dicha pregunta.
-Mío- me contesta inocentemente.
Todo el grupo comienza a reirse y Graciela toma en su carita un leve color rosado.
Se sienta y se pone a llorar.
Pensé, ¿qué hice mal?, entonces rápidamente le digo.
-Perdonáme, no llores, yo hice mal la pregunta ¿quién escribió el libro?
-¡AAH!-me dice con los ojos llorosos- quién lo escribió no me acuerdo, pero que el libro es mío, es mío.
Después de esta experiencia pienso antes de realizar una pregunta porque muchas veces esperamos una respuesta
Y no nos damos cuenta que el que nos oye tal vez la interpreta en otro sentido y puede causar confusión o malestar.

“Entre la realidad y la inocencia...”

María de los Ángeles Álvarez
Todo era nuevo, el lugar, los viajes, nuevas caras de niños, colegas...todo era fantástico para llamar la atención.
Mi experiencia en esta materia, casi nula...”Maestra de Música” (algo maravilloso), lugar incalculable de sentimientos, sensaciones, emociones, ocurrencias y alegrías...
Digamos que uno puede decir, que vuelve a encontrarse con esa personita de antes, esa inocencia que pareciera ... nos vuelve a contagiar.
Como les dije al principio “todo nuevo” y desde el comienzo hasta hoy en día, rescato lo más simple de cada chico... y aunque no me crean ¡¡ aprendés tanto... es tan valioso...!!
Pero no se crean que es fácil, es un arte, el lograr aplicarlo y ver esas cosas sencillas e importantes a la vez, que son capaces de dar esos duendes tan irresistibles y graciosos... que siempre con la luz de picardía en los ojos, tiñen de un color especial cada momento.
Al ser novata en esto, me planteaba metodologías de trabajo y en su momento quería que todo fuera perfecto... (las clases, el clima, las producciones...)
Pero uno va aprendiendo, que lo perfecto no existe, no nos enseña la esencia de la vida, por eso estoy cada vez mas orgullosa de equivocarme, retroceder, volver a empezar... porque es esto lo que nos enseña la verdadera historia de la vida...
Y así fue como sucedió, una hora normal como cualquier día, comenzamos la clase con 3º año, y entre comentarios de ellos con lo acontecido en la semana, surgió un tema que capto el interés de todos y nos sumergimos en un profundo silencio...
Habitualmente desde que empecé a trabajar, siempre trate y lo sigo haciendo todavía, poder lograr momentos reflexivos y un balance veloz del día a día, ¿que aprendí?, ¿que enseñe?, rescato lo bueno y lo malo, y por sobre todas las cosas, lo fundamental...buen trato, dialogo amistoso (evitando tanto autoritarismo), permitiéndole al chico “entender a través de la reflexión”.
¿En qué consiste? En evaluar las situaciones y trabajar sobre que consideramos bien, mal y en que nos equivocamos.
Surgió la conversación de la pelea entre dos niños, en donde como toda pelea no es solamente verbal, sino pegándose (“una trompada bien puesta en el ojo...”) (palabras textuales del relatador).
Definió toda la experiencia vivida esa tarde en la cancha.
Miré al niño agredido automáticamente, el ojo era un mapa, todo rayado y un tremendo arañón cortaba de cada lado de éste, ideal para asustarse por el lugar del golpe.
Y yo, queriendo calmar aguas y respetando lo importante y enseñarles a tratar de revertir una situación de tal magnitud, les explique que la historia relatada hacia un momento estaba muy mal., entonces les hice una pregunta... ¿nos tenemos que llegar a matar, golpearnos, lastimarnos para disfrutar y salir victoriosos?
Seria muy triste chicos... que ese mismo desenvolvimiento lo tuviéramos todos los humanos, ya que la pregunta que me hago muy seguido es ¿que va a ser de este mundo?
Prima la violencia, autoagresión, a agresión verbal, falta de respeto en las personas.
El silencio era absoluto, cada vez mas intenso... lo que me daba más pie para invitarlos a la reflexión...
Hasta que en determinado momento se me ocurrió comparar la situación con una ya vivida anteriormente y les expliqué que dicha historia termino en una verdadera tragedia.
¿Saben chicos que se de un caso que a un niño le pegaron en el ojo y ¡lo perdió!
Y no es un chiste, ¡¡ LO PERDIO!!
Pero algo hizo que me llamara la atención de un alumno, lo compenetrado que estaba, quizá era igual a todos, pero fue el que me llevó a la realidad de las palabras utilizadas.
Esas tres palabras “Perdió el Ojo”, cuanto encierran y cuanta incertidumbre y duda generó en las mentes humanas de ocho años, como en la de cualquier edad...
El niño me miró y yo lo miré, me interrumpió la conversación (apoyado sobre sus dos manitos en el respaldo de la silla) y me hizo la temible pregunta ¿Y lo encontraron Seño?
En mi atropello de discurso, le dije: ¿qué encontraron...?... ¡¡El ojo!! (contestó natural y tiernamente).
Y ahí caí en la cuenta y en la tentación...
Conclusión a la que arribé... desastrosa, porque mi risa no me dejaba avanzar y la inocencia de ellos de verme riendo, los llevaba a la total duda e intriga de mi historia relatada.
Y así fue como me marcó mucho esta gran experiencia, porque de lo simple, podemos llegar a lo mas complejo en un sólo salto.
Y aquí fue algo circunstancial y sin mayores obstáculos.
Pero cuantas veces sobreentendemos las palabras y queremos que el mundo hable, piense igual a nosotros. Y para algo es mundo... nos encontramos con las diferencias físicas, emocionales, gestuales, religiosas, etc..., en donde son todas dignas de respetar y aclarar, para evitar futuras complicaciones y no elevar solamente la imaginación como pasó esa tarde...
Aunque si les pido a todos los que lean esta experiencia, nunca pierdan la capacidad de sorprenderse (de cada cosa, cada instante, cada palabra, cada ocurrencia, cada gesto...), esa cualidad nos lleva a tener una magia maravillosa dentro de nuestros corazones.

El Sueño

Patricia Noemí Kuntz
Hace catorce años que soy docente; de los cuales, nueve viajo permanentemente a distintas localidades vecinas para poder ejercer esta bendita profesión.
Luego de formar una hermosa familia, con dos hijas y a pesar de que aún eran pequeñas, me decidí a hacer lo que siempre había soñado y querido hacer.
Motivada por una madre con varios años de antigüedad en la docencia y una profunda vocación, estudié “MAGISTERIO”.
La tarea no fue sencilla, ya que todo se mezclaba, libros, apuntes, pañales, mamaderas y tantas otras cosas que se presentaban a la hora de ponerme a estudiar o realizar algún trabajo extraescolar.
Pero si algo aprendí de un viejo sabio, mi abuelo, es que nada es imposible en esta vida, y me lo enseñó precisamente el día que perdió el dedo pulgar de su mano derecha..
Con el apoyo de toda mi familia y en especial el de Carlos, quien todos los días me llevaba hasta Macachín y me esperaba hasta las once y media de la noche, terminé entre alegrías y amarguras, esta gratificante carrera que hoy es mi pasión, con la buena nueva de la pronta llegada de un nuevo hijo.
¡Qué alegría aquel día al recibir mi diploma!, todos los sueños se habían realizado, aunque no me imaginaba que duro sería llegar a tener un cargo como docente.
Siempre había imaginado hacerlo en la escuela que me amparó desde el jardín de infantes donde concurría diariamente con mamá, por ocho años.
Pero la vida me sorprendió, a lo largo de trece largos años viajo a distintas escuelas de la zona como maestra suplente; ya sea por cortos períodos como lo fue al principio y en forma más prolongada, o por todo el ciclo lectivo estos últimos años.
Debo decir que las experiencias acumuladas a lo largo de todo este tiempo me han enriquecido y he cosechado muchas amistades, con colegas de las distintas instituciones.
Pero tampoco debo olvidar , los días en que viajaba con mucho miedo los treinta kilómetros que me llevaba llegar a la escuela o los nervios al viajar con lluvias torrenciales o espesas neblinas, mirando el reloj para ver si llegaba a horario. En otras oportunidades me tocó trasladarme estando las rutas en reparación y todo inundado, lo que hacía que todo fuera una travesía, con muchos riesgos y miedos.
Así como me ha tocado viajar sola de noche o de día, también he compartido viajes con colegas que fueron hermosas experiencias, las cuales mate de por medio y durante media hora, cada una contaba sus problemas y alegrías familiares, convirtiéndose en sesiones de terapia para cada una de nosotras donde pasábamos de ser pacientes a expertas profesionales a la hora de dar consejos.
Pero según dicen los que saben que no hay mal que dure cien años, y hoy luego de tanta travesía, malos ratos, y miedos aquel sueño tan anhelado se ha cumplido, aunque solo por este año. Al comienzo del ciclo lectivo fui designada por la coordinación como maestra suplente funcional en el séptimo año de “mi escuela”.Si bien el tiempo pasa rápido ya estoy pensando en lo que pasará el año próximo, si tendré o no la posibilidad de continuar aquí. Pero por ahora he decidido disfrutar de este presente tan esperado aunque guardo muy profundamente el deseo de poder algún día titularizarme y trabajar en la escuela que me vio crecer.

Educar en el amor

Silvia Fibiger
Primer día de clases. Sonó el timbre de entrada.
Un niño de diez años, tez blanca, cabello corto lacio, ojos marrones muy vivaces, estatura mediana, cargado de energía y expectativas por reencontrarse con sus ex compañeros. Se acerca a la formación y trata de ubicarse en una fila que no le correspondía. Desafía mis indicaciones.
Era posible pensar muchas razones por las que lo hacía.
Por lo que pude observar en ese momento buscó aliarse con quienes sentía mayor afinidad.
Era el primer año que me desempeñaba en esa institución, ¡mi localidad!
Me sentía emocionada, expectante, nerviosa, alegre.... No conocía las historias de quienes serían mis alumnos y mucho menos la de Mario a quién empecé a conocer, primeramente, por versiones de mis colegas que ya sabían de su desempeño (algo revolucionario, de mal comportamiento...., que provenía de otra provincia, pero conocía la institución ya que había transitado en ella los primeros años escolares.)
Ya en el aula, cuando estuve frente al pequeño grupo, me presenté como su maestra, mi forma de trabajar, indicaciones.......Traté de ponerme a la defensiva. Me mostré exigente y severa para no darles posibilidad de atrevimiento ni confianza.
Pasaron varios minutos y Mario comenzó a “probarme” llamando mi atención de diferentes formas.
Quizás creyó que dejaría el aula o que iba a llamar a alguien.
¿Qué podía hacer para que no siguiera con esa actitud?. Sacarlo o apartarlo del aula, sancionarlo......
Puse en práctica la herramienta que me ha dado hasta ahora mayor resultado “la paciencia”·
Así transcurrieron los días y comencé a conocer su impactante y particular historia personal.
Con carencias de afecto, comprensión y amor por parte de sus progenitores.
Ignorado por su madre.
Vive con su abuela desde que nació.
Probé vincularme a él con un gesto, una mirada, una sonrisa....
Y aquí viene un toque de magia. Un toque de Dios si se quiere.
Cierto día la directora nos informa que todos los alumnos de las escuelas primarias de varias localidades del país estaban invitados a participar de un concurso realizado por el sistema de cable satelital. El premio: UNA COMPUTADORA.
Pasado un tiempo conocimos la feliz y ansiada noticia. Había pasado algo fantástico!!!!!! ¿¡Saben qué!? Mario se ganó el premio.
Felices y emocionados, no dudamos en decir: ¡fue una bendición de Dios!, ¡qué suerte que tenés! dijeron sus compañeros, ¡algo bueno debía tocarle! dijo su abuela cuando hablamos con ella aquel día en que Mario recibió orgulloso su premio.
Considero que esto contribuyó a levantar su autoestima, a no sentirse tan marginado y marcado por tantos desprecios sufridos.
Tantos momentos compartidos y vividos, el afecto y el amor colaboraron en hacer que en poco tiempo nuestra relación fuera casi familiar.
Se inició un nuevo ciclo.
Esas cosas de Dios: volvió a reunirnos. Mario y yo juntos otro año.
Los ojitos de mi querido alumno se iluminaron, tímidamente alargó su manito y me dijo: -le traje un regalito, sabía que volveríamos a encontrarnos -.
Una vez más lo más importante fue el vínculo. Lo más importante es el amor, SIEMPRE.

“Descubriendo intereses perdidos...”

Natalia R. Costilla
Un día en una escuela de una pequeña localidad, en nuestra querida provincia, llegué para desempeñar mi labor. Soy una docente suplente que hace algunos años, vengo recorriendo muchas escuelas pampeanas. No es un lamento, sino una gran cosecha de experiencias variadas y gente diversa que nunca podré olvidar. Ser suplente sólo representa para mí una condición de revista, y no me siento “hoy” en distintas condiciones que mis colegas con más años.
La historia que quiero contarles sucedió hace unos años atrás cuando fui designada para atender un grupo de adolescentes.
El grupo era pequeño, esto favoreció que todos pudiéramos conocernos rápidamente. Sabemos que la etapa que viven no es sencilla...Inmersos en la desorientación propia de la edad, sus primeras salidas nocturnas, los encuentros con sus pares de otras localidades con más accesibilidad que ellos para tener diversiones nocturnas.
Al comienzo, mi llegada fue pura exploración. Poco a poco se fue nutriendo hasta llegar a una equilibrada y fructífera relación.
Tenía que trabajar con ellos el área de Lengua y Literatura. El escepticismo de sus rostros me indicaba que debía plantear mi área de manera diferente a la que ellos conocían; y así lo hice.
Un alumno del grupo llamó mi atención. José era muy alegre. Por momentos se tornaba molesto para la clase. Por otra parte era el centro de diversión, además de ser muy buen compañero.
Físicamente José era robusto, piel morena, cabello oscuro siempre desordenado, y por sobre todo unos ojitos negros saltarines que lo hacían más pícaro.
Hasta aquí no hay nada sorprendente, pero por sus características no tenía un desenvolvimiento escolar muy satisfactorio. Expresiones como: ¡Uh!...¿leer esto?, ¿Para qué quiero yo aprender esto?
Personalmente empecé a reflexionar sobre cómo continuar con él. Comencé a indagar por diferentes caminos, pero lo que primero decidí fue prestar atención a todas las palabras que pronunciaba mientras estábamos juntos. No solamente lo que me decía a mí, sino a sus compañeros o al resto de los chicos de otros años durante los recreos.
Así comencé a comprender alguna de sus actitudes, y descubrí que era la misma mirada de él hacia la escuela.
Su familia era humilde y vivía en la zona rural, en medio del monte. Sus padres eran analfabetos; por lo tanto el sueño de ellos era que alguno de sus hijos estudiara. Su hermano mayor trabajaba en el campo, y también tenía hermanitos menores que él.
Comencé a escucharlo y advertí que a José también le gustaba mucho el campo y quería trabajar para tener su propio dinero, igual que su hermano mayor. Esto me dio una idea.
En la hermosa biblioteca que tiene la escuela siempre realizaba allí mi selección de obras literarias para trabajar. A veces le sugería yo y otras ellos mismos elegían obras para leer. Luego hacíamos trabajos prácticos de las mismas.
Un día seleccioné obras de autores pampeanos. Quería sugerirle lecturas ambientadas en aquello que José conocía.
A partir de allí, el siempre me pedía relatos: ...“cómo esos, señora”; “como los del otro día...”
Así fue como José comenzó a volcarse con gusto a las actividades propuestas de trabajo en el área..
Ese año diseñamos juntos, todo el grupo de noveno un proyecto de producción de textos.
Sobre fin de año abordábamos temáticas relacionadas con el teatro. Entre todos surgió la idea de elaborar una obra teatral de tinte cómico para la fiesta de fin de curso.
Fiesta muy esperada y de mucha importancia para la localidad. Allí por supuesto José participó con entusiasmo, porque realizamos una obra con características bien nuestras.
José con su perfil movedizo e inquieto actuó motivado, comunicando lo que mejor sabía: la vida en la zona rural pampeana.
Ese día, en esa fiesta, José se sintió muy bien. Todo el grupo resaltaba su brillante actuación, y recibió muchas felicitaciones de la gente.
Finalmente, debo decir que yo me sentí feliz, fascinada por ese mágico encuentro. Aunque también algo acongojada porque tenía la sensación de que ese día quizá sería el último en que compartiéramos tan lindas experiencias. José debía rendir muchas materias ese año, y seguramente no lo haría...
Pasaron los años y en nuestra memoria como en las fotografías aún queda el grato recuerdo de la magnífica actuación de José.

Desafío

Nelly Graciela Lehr

Hace mucho tiempo me inicié como jardinera, pero al transcurrir solo diez años por las salas me encontré con una circular donde informan que el gobierno provincial efectúa una reorganización dentro del nivel inicial, así aparece la creación de los J.I.N (Jardines de Infantes Nucleados).
Yo estaba tranquila con mi grupo de alumnos disfrutando de su inocencia, con caritas sonrientes, sí; feliz en mi mundo, en lo que me gustaba, en lo que había elegido como profesión. ¡OH! sorpresa, aparece la lista para cubrir ese cargo que tan lejos veía, el de directora. Veo mi nombre plasmado en una hoja encabezando la lista.
Me quedé sin palabras, con la vista fija en aquel papel y pensé “esto no es para mi”. Pasaron unos minutos y comencé a reflexionar, comenté esta nueva situación a una compañera y amiga quien me impulso a aceptar este nuevo desafío para mi desconocido.
Llegó el momento de tomar una decisión y… acepté junto con mi secretaria para formar el primer equipo directivo de la institución. Recuerdo el día del acto ¡qué susto! Al ver un mundo de alumnos, de docentes, de autoridades, padres; mis ojos no podían captar todo. Me sentí aturdida, sin saber que hacer, con miedo, ansiedad, incertidumbre y muchos sentimientos inexplicables; ¿Qué hago en este lugar? Pensé.
No fue fácil encontrarme con doce salas distribuidas en siete escuelas de la zona, cuya sede funcionaria en mi pueblo ¡cuántas cosas nuevas!: viajar para supervisar, tomar desiciones, trabajar con gente grande, hacer notas, planillas, todo desconocido.
Comienza mi primer jornada de trabajo como directora: llego a la escuela con mi secretaria, lugar donde funcionaría la dirección. Converso con la directora de la escuela primaria para saber el lugar asignado para tal fin; así nos llevó a un aula pequeña, allá donde terminaba el colegio, sólo con un armario, un escritorio y una silla, todo vacío. Sentí mucha desolación en aquel momento, algo extraño corría por mi cuerpo sin saber por donde comenzar a armar este rompecabezas.
Notas, planillas mensuales, presentismo, cuadernos de actuaciones, planillas de cargo, declaraciones juradas, etc. etc. Todo nuevo, sin saber como resolverlas, preguntando, asesorándome, comencé a transitar por el camino del compromiso asumido.
A esto tuve que sumarle lo difícil que fue el cambio de tratar niños por adultos, así comencé a palpar las relaciones con personas y escuchar, expresiones como:
¡Quiero el turno de la mañana, a la tarde no!
¡Mi compañera no ordenó la sala!
¡No me dejó participar en el acto!
¡El papá de fulanito me contestó mal!, etc., etc.
¡Qué ardua tarea es conducir todo esto!
Este es un nuevo desafío que Dios me puso en el camino y que hoy puedo decir que también tiene sus frutos.
Así, junto con mis compañeras y con el correr de los años, puedo decir que se logró una institución independiente, con edificio propio, y que día a día va creciendo, con la mirada puesta en los niños que tenemos que educar.
Con amor y dedicación todo se puede lograr, hasta lo menos pensado.

Coincidencia

María Susana Lucero
Después de una corta licencia, cuatro días…
Pesada, apurada y con paso aligerado llegué a la escuela, sin maletín (por el peso), ya tenía bastante con mis seis meses de embarazo y mis doce kilogramos de más.
El bullicio de la entrada de los chicos me desorientó.
Escuché unos saludos y contesté al unísono, entre todas esas palabras resonaron algunas con mayor peso:
“Seño, vino… la extrañé”.
Sin detenerme, volteé y la ví… Guadalupe con su cálida y amplia sonrisa, sus enormes ojos verdes, ambos dibujaban la complicidad y la picardía en su rostro, característica de toda niña de 12 años.
Alumna de séptimo año, de una necesidad infinita de comunicarse con los demás, especialmente con sus compañeros, en las horas de Naturales (mis horas); de enojos impulsivos y contestaciones rápidas ante mis llamados de atención.
Así es Guadalupe, una mezcla de rebeldía, inocencia y picardía.
Podría afirmar que no coincidíamos ni en tiempo, ni espacio, ni en idioma.
Eso me preocupaba, no encontraba como acercarme a ella; los elogios no resultaron ni tampoco el marcarle que su comportamiento y actitudes habitualmente eran impropias. Digo impropias para el lugar, el momento. Porque reírse es muy bueno (y ella lo hacía muy seguido) alegra la vida, llena vacíos, y acaricia el alma. Pero… cuando otro está hablando o explicando; en este caso era el papel que cumplía yo; no causaba ese efecto; sino que provocaba distracciones.
En un solo instante recordé todo eso y quizás mis ojos y una mueca hablaron por mí.
Creo que Guadalupe lo supo… fue en ese momento que podría decir que coincidimos en tiempo, espacio e idioma.
Y a pesar de todo… volvió a repetir y afirmar: “En serio, seño… la extrañé”.
Solo reaccioné diciendo “gracias”.
Desde ese día Guadalupe y yo también compartimos más que horas de Naturales; coincidimos en que lo humano es lo más importantes y que a veces los adultos nos olvidamos.
Guadalupe me enseñó lo importante que es compartir una sonrisa, risas, comentarios y no solamente lecciones, explicaciones, evaluaciones.

"Candela"

Norma Noemí Muller.
María Laura era una de mis tantas alumnas de 2º ciclo, callada, tímida y silenciosa, de apariencia sombría y melancólica. pero ... a pesar de ello, allí en el fondo de sus ojos le bailaba una llamita, a veces, al máximo, a veces, al mínimo, según la situación .Frente la taza humeante de leche, la llama se hacía tan alta que era capaz de chamuscarle el flequillo, pero si tenía que pasar al pizarrón la llamita quedaba moribunda ... y aquí estaba el problema ...mi intención como docente era que esa "llama" permaneciera siempre encendida, motivada por el interés de aprender cada día .Un día quedé a solas con ella. Le pregunté cual era el motivo de su desinterés por aprender y me contestó:
-No, seño, no es eso...
- ¿ Y qué es entonces?
- Lo que pasa... es que tengo miedo de equivocarme y ser la burla de mis compañeros ...
-¡No te preocupes por eso! , pues todos podemos equivocarnos y lo que importa es "aprender" del error, y si no ¿para qué estamos los docentes, sino para enseñar? le contesté .
Me miró , un poco asombrada, y luego sonrió.
Y aprovechando este buen momento le dije : "te voy a contar un secreto" : para mí vos sos "Candela" y no María Laura, porque yo quiero que tus ojos se enciendan -cual "candela encendida"- cada vez que te pregunte algo y vos me contestes con la seguridad que te da el conocimiento y la confianza en vos misma. Levantó la cabeza, sus ojos encendidos se posaron en mí y con su voz aún dudosa y emocionada me contestó:
-Tiene razón seño, a partir de hoy lo voy a intentar y seré merecedora de mi nuevo nombre:"Candela".¡Estoy segura que lo lograrás!

A pesar de todo… volvería a elegirte

Eliana Elisabet Baiardi
Era un día más de trabajo como directora de Tercer Ciclo, planifiqué mi jornada desde las 10 hasta las 17: 15 horas.
En lo que quedaba del turno de la mañana intercambio algunas apreciaciones con dos docentes de 8ºB con respecto al rendimiento escolar de Julián pues la mamá se ha acercado al colegio a manifestar su preocupación frente a las bajas notas con que ha sido evaluado en las últimas semanas… Firmo algunas notas que deben ser enviadas sin falta al final del día.
Con un ambiente tranquilo se inicia el turno de la tarde.
Una de las auxiliares docentes se acerca y me dice:
- Retálos, porque estuvieron terribles en la formación de ayer a la salida!
Yo la miro entre sorprendida y risueña …¡yo no estaba enojada!. No estaba motivada para el reto!.
Cuando sonó el timbre y los alumnos estuvieron formados se me dio lugar para que les llamara la atención por lo sucedido el día anterior ¡salió malísimo! ¡no estaba enojada!. La situación me recordaba esa frase tan conocida y tan mal empleada - ¡vas a ver cuando venga tu padre!
Junto a Carina, una de las auxiliares docentes, nos dedicamos a trabajar sobre un proyecto compartido con la E.P.E.T. Nº5, pues la Coordinadora solicitó su evaluación. Después de tener avanzado el trabajo decidimos que al concluir el último recreo nos acercaríamos a la Institución para dialogar con el Director y los maestros de taller para poder cerrar así el tema.
En el transcurso del último recreo, junto a varios docentes rodeábamos la mesa de la sala de profesores, charlábamos todos con todos, circulaba el mate hasta que de pronto en el pasillo se hace un silencio tan impresionante que también nosotros nos callamos…
-Algo pasó! – digo
- No seas pesimista! – dice una de las docentes.
Pero al mirar hacia el pasillo pasan dos auxiliares docentes con un alumno con la cabeza gacha rumbo al baño.
Me dirijo hacia allí, me paro en la puerta y observo la situación…Carina echaba agua sobre uno de los ojos del alumno. La otra auxiliar docente, con sus anteojos tal como si fueran una lupa, miraba el ojo del niño de donde manaba mucha sangre.
-¿Qué pasó? – pregunto
- Traé a González! Tráemelo! Le pegó un cascotazo en el ojo!
Yo pienso: ¿de que sirve en este momento traer al culpable? Y expreso en voz alta: -No sería mejor llevarlo al Hospital.
Y para ahí partimos el alumno, Carina y yo. Mientras la auxiliar docente acompaña al niño al interior de la enfermería, quedo sola en la sala de espera, inquieta hasta saber que es lo que ha pasado realmente… lo del niño era superficial, lo llevamos a casa de sus padres y volvimos al colegio.
Faltaba muy poco para terminar la jornada, pero sirvió para calmar a los que allí habían quedados preocupados por ese ojo lastimado.
Vuelvo a quedarme sola con mis pensamientos…Cuantas cosas he tratado de resolver hoy! De tan diferente índole! Había quedado postergada la evolución del proyecto por una cuestión tan inesperada como común en el ámbito escolar. Pero cómo me cuesta entender que no puede existir un organigrama estricto en mi tarea! ¡Como sigue costándome adaptarme a todo lo impredecible! Sin embargo, al rato, comienzo a organizar una nueva jornada, un nuevo proyecto, a intentar plantear nuevas propuestas para continuar en este camino asombroso que es la educación. En fin, tácitamente estoy diciendo: a pesar de todo… vuelvo a elegir esta profesión; a pesar de todo… vuelvo a elegir continuar en este cargo que la mayor parte de las veces trae aparejado una inmensa carga de responsabilidades.

Los contrastes de mis primeras experiencias

Nair Del Malvar
Todo comenzó el año pasado (mediados del mes de septiembre). Luego de tanto esfuerzo y dedicación, teníamos que recorrer la residencia ...miedos???. Un montón, más si les digo que me tocó “primer grado” mmmmmmmmmmmmmmmmm, y qué primerito!!!!
Unos días antes de comenzar fuimos a ver a la maestra para que nos diera los temas que debíamos planificar; nos comentó cómo era la dinámica del grupo, cuántos alumnos había y todo aquello que conlleva al día de clase.
Los niños/as sabían que íbamos, así que nos esperaban, al igual que nosotras, ansiosas. Entramos en el aula ...¡qué nervios! (yo me pregunto ¿cómo unos niños tan pequeños ponen tan nervioso a un adulto? ¿no?). La maestra nos presenta; ellos bien paraditos al costado del banco -hecho que puede resultar muy tradicional, pero como estaban parecían el Gato con botas de la película Shreck– unos dulces, saludan y toman asiento... Por supuesto que se escuchaba un pequeño bullicio, son niños y es entendible.
La maestra advierte que las sillas no alcanzan y sale en busca de ellas. De repente un alumno se acerca y me pregunta si puede decirle algo a sus compañeros.
-Por supuesto-, le contesté...
Tomé coraje y levantando el tono de mi voz les digo:
-A ver si hacemos un poco de silencio que un compañero va a contar algo-.
El aula de golpe enmudeció. El niño se para frente al pizarrón y comienza:
-“Yo quería decirles que a partir de ahora no me llamo más (supongamos) Juan X, ahora me llamo Juan M X porque mi papá me dio el apellido-.
No, no, no, no... no se imaginan cómo quedé luego de tal declaración. Los compañeros de un momento para el otro comenzaron a llamarlo por su nuevo apellido como si nada. Increíble el poder de adaptación ¿no?.
Todo esto sucedió en los primeros cinco minutos de mi primer experiencia como maestra. Imaginen cómo siguió el resto de nuestra residencia.
El grupo nos llevaba a mil por horas (perdón, no aclaré pero la residencia es en pareja) y pensar que antes de entrar estaba horrorizada. Era increíble la rapidez con la que adquirían los conceptos, el lenguaje que utilizaban. Si hubieran leído las producciones no podrían creerlo. El corto tiempo que estuvimos con ellos fue mágico, si algo se logró fue que me enamorara de “PRIMERITO”.
Si bien, todo tiene un final...mi camino por la docencia recién arrancaba y con muuuucho envión.
Ese año terminó sin demasiados sobresaltos, ¡ah, perdón...nos recibimos!.
El año entrante, que por cierto es éste, parecía prometedor. Y por suerte así fue. Al principio, como todo, debes esperar a que te llamen y, sabiendo que lo que vendrá, serán suplencias de corta duración, por lo menos al comienzo.
El día esperado llegó. Salía del Centro de Designaciones y fui a avisar que mi primer suplencia (cortísima, quince días había finalizado. Iba caminando sin pensar que el celular sonaría para semejante noticia:
-Hola, te llamo de la Escuela Hogar por la suplencia de un mes, con la posibilidad de que se extienda ¿la tomás?-.
Mi corazón latía a mil, era justo lo que quería, ir a trabajar a una Escuela Hogar. Con mis hermanos hemos sido alumnos de este tipo de escuela. Las escuelas hogares han formado parte de nuestras vidas, más en mis hermanos que yo, por cuestión de edad). Mi respuesta fue obvia. Sin saber ni si quiera dónde quedaba, contesté rápidamente, como si estuviera compitiendo contra alguien o si alguien podría meterse en la conversación, -¿sí, si la tomo!”- A partir de allí me dieron todas las indicaciones...”te toca primer y segundo grado, traé algún material porque acá no hay nada, son poquitos chicos pero el trabajo es constante...y bla ,bla ,bla...
Otra vez los nervios de punta. Para llegar a la escuela tenía que ir hasta un pueblito cercano a mi ciudad, de ahí salía el colectivo que llevaba a los alumnos, personal docente sin vehículo, cocinera, lavandera y también la comida de la semana. Llegué al lugar Los chicos estaban todos paraditos con sus familias y los bolsos aguardando la partida. Se hacía la hora, subimos y aquí comienza mi segunda experiencia.
El viaje no era largo en distancia, quedaba a 150 km de mi ciudad, se hacía largo por el mal estado del transporte. En medio de la ruta frena a esperar que lleguen dos alumnos de un campo (viajan en un tractor o a caballo hasta la ruta) y cuando toma la calle de tierra, ahí sí...”agarráte Catalina”...intransitable , parecía que nos íbamos a quedar encajados. Me contaron que en algunas oportunidades han tenido que bajar los chicos para que el cole pueda subir.
Y llegamos a la escuela, bien metida en el medio del campo, mirabas a la derecha y tenías campo, si mirabas a la izquierda no creas que ibas a encontrar otra cosa que no fuera eso.,..campo!. Estaban la directora, el maestro de quinto y la profesora de manualidades. Me presenté, me llevaron a conocer las instalaciones, y entre una cosa y otra se hizo la hora de almorzar.
Al otro día empezaría a trabajar con mis alumnos Entre los dos grados tenía 16.
7 de la mañana,¡ arriba!, oscuridad total. De golpe siento un fuerte ruido de motor y ...¿se hizo la luz!. Me acomodo, y voy al encuentro. Entro en el comedor, están tomando la leche; esperan que lleguen los chicos externos, son un grupo de 6 alumnos que viven en campos aledaños y todos los días una mamá los acerca a la escuela y se queda hasta la hora de salida. Llegan. Un alumno va a tocar la campana,. Salimos todos, forman, saludan a la directora, y ésta da la orden de ir al aula.
Los alumnos parecen animalitos, se chocan entre si, se golpean, se insultan, corren los bancos sin levantarlos ...Acá si que el bullicio y el ruido son grandes y aturdidores, pareciera que quieren hacerse escuchar en medio de tanta soledad.
Entro. Nadie deja de hacer todo aquello que dije recién que hacían. Dejo mis cosas en el escritorio; observo el aula (las paredes vacías, un aula limpia pero abandonada); cómo se distribuyen los alumnos, y finalmente decido pararme frente al pizarrón a ver si da resultado. Algunos se dan cuenta y empiezan a hacer silencio, pero de la forma en que lo hacen parece que pidieran lo contrario. Tomo fuerza, saludo y comienzo por presentarme. Les pido que se presenten: pregunto cómo trabajaban, que me cuenten cómo es la dinámica del grupo, pido un cuaderno de primer y uno de segundo para ver por dónde iban con los contenidos...y a buscar en” la galera “actividades, porque no habían dejado ninguna actividad como para pasar el primer día.
Todos los alumnos trabajaban los mismos contenidos y, a simple vista, los dos grados eran parejos...pero no!. Por suerte no pasó mucho tiempo para darme cuenta que había grandes divisiones en cuanto a la adquisición de contenidos por parte de los alumnos, y claro , al principio las clases para unos eran interesantes pero para otros eran totalmente aburridas La consecuencia es más que obvia...al aburrimiento le sigue el molestar al compañerito, no hacer nada, divagar por el aula, y todo comportamiento unido a un total desinterés por lo que yo daba. ¿Qué desesperación la mía!.
Era muy diferente a mi primer experiencia en primer grado, allá los chicos eran un avión, acá tuve que frenar, a considerar el aula como un tren con muchos vagones en los que viajaban distintos grupos, los más cerca de la máquina eran los más avanzados, el vagón que seguía un poco menos y así sucesivamente.
Además de maestra, tenía que ponerme en el papel de segunda mamá, de enfermera, de maestra recuperadora. No sé si decir que el trabajo es doble, sí puedo decir que es distinto. Por cierto también gratificante.
En esta escuela mi trabajo no pasaba sólo por lo pedagógico, había que ayudar a bañar a los chicos (en realidad cuidar las duchas), servirles la comida, esperar que se durmieran, prender y apagar el motor de la luz cuando estás de turno o guardia, limpiarles la cabeza, coserles alguna prenda por que su estado no puede esperar la salida siguiente (cuando se van a sus casas).
En lo pedagógico estás solo, no hay ningún grupo de apoyo para guiarte; los chicos necesitan otro tipo de ayuda especializada; uno hace lo posible por darla pero sabe que no alcanza. Una alumna de primero, hablaba como una niña de 4 años, también así escribía y leía. Cuando me doy cuenta de que, aunque su maestra la llevaba igual que al resto, tenía serias dificultades, entonces comencé a trabajar con ella de otra manera. Busqué actividades que fueran acordes a su nivel, cambié de estrategias, la buscaba en horario extraescolar para darle apoyo. A veces me desesperaba. La directora me recomendó que utilizara el método de palabra generadora, que probara a ver si daba resultado.
Cuestión que, un día me decido. Llevo una actividad en la que debía dibujar a su mamá, luego con cartelitos y todo lo que indicaba el método. Le presento la palabra MAMÁ, se la leo, la deletreo, le pregunto sobre las letras que la conforman y hasta ahí todo bien, cuando le digo.
- “Bueno, a ver ¿qué dice entonces acá? – señalando la palabra MAMÁ
la alumna me responde con toda seguridad:
-“¿BELLA! Señorita”-
En el momento tuve que contener la risa, luego quería llorar. Esta niña necesitaba una ayuda urgente y no era precisamente la mía.
Como verán, los contrastes son grandes, dos escuelas, dos primeros años, dos contextos. Lo importante es no olvidar nunca lo que somos y cuál es nuestra tarea más allá de los contrastes que nos tocan vivir.

La articulación con un colega

Elizabeth Spetter
Era una mañana como tantas otras, nos encontrábamos en el recreo cuidando el sector que correspondía a cada uno de los docentes. Ya había quedado atrás la hora de ciencias naturales, donde se estaba trabajando con los alumnos sistema circulatorio. En el pizarrón teníamos registrado todo lo que se había hablado del tema pero llegaba la hora crucial. Un colega que da plástica a los alumnos, cuando llega lo primero que dice es:
_ tengo con tus alumnos así que lo que haya en el pizarrón lo voy a borrar.
Yo lo mire con cara de asombro y en primer lugar le dije:
_ “Buen día” y que por favor me usara un solo pizarrón porque los niños tenían un trabajo oral que no alcanzaron a copiar en los cuadernos,
_ ¡total con uno te alcanza! A esto me respondió
_ no, voy a usar los dos para realizar el dibujo que los alumnos deben copiar.
Me pareció horripilante que él dibuje y los alumnos copien, ¿dónde esta la imaginación que ellos tienen?¿dónde queda el criterio de cada uno para realizar el dibujo que ha uno le parezca adecuado al tema.
Esto se produce generalmente cuando los especiales no tienen un espacio físico, lo que provoca que tengan que utilizar el aula de clase provocando un caos, ya que se produce una movilización de los alumnos dentro de la misma que cuando termina la hora y volvemos al dictado de clase se pierde mucho tiempo hasta que los pequeños se vuelven a acomodar y a veces cuesta retomar el tema.
Lo bueno fue que se pudo sugerir que no haga el dibujo en el pizarrón sino que trabaje oralmente; que se puede crear mucho con respecto al tema dado y que puedan los alumnos desplegar su imaginación, que es bellísimo ver como ellos crean y no que copien.
También una cosa importante seria que los directivos observaran a los especiales en sus tareas y que les proporcionan un espacio físico, esto haría todo más fácil.
Lo que se puede rescatar de esta experiencia es que hablando se pueden lograr muchas cosas buenas.
Por eso es importante el dialogo cuando se presenta alguna dificultad o un problema, no lo duden vale la pena y no olvidemos que formamos para el futuro.

Llamado esperado

Marcela Beatriz Nunia
Un 16 de agosto, mi primer día de clase. Suena el teléfono, atiendo. Desde el Centro de Designaciones, me llaman para cubrir un cargo como suplente para el turno tarde. Acepto. Es tal la alegría que no me deja pensar, ¡por fin llegó el día!.
Posteriormente llamo a la escuela para dialogar con la directora y consultarle sobre qué temas tenía asignados ese día. Preparo la actividad.
Llega la hora de salir, mientras voy camino me pregunto ¿Cómo me recibirán los niños?.
Estoy frente a la escuela; entro, me presento ante la directora; suena el timbre. Me comunica qué patio me corresponde vigilar; salgo hacia fuera, me encuentro con varios niños que me preguntan:
-¿Maestra de qué es usted?.
Respondo. Sigo hacia el patio, allí hay otras docentes, entre ellas la del grado que me han asignado, me pone en conocimiento sobre los chicos; vuelve a sonar el timbre de entrada; los hacemos formar y pasan al grado. Voy acompañada de la maestra; entramos, me presenta y se va. Cierro la puerta, los saludo. Comienzo preguntando, si tienen trabajo anterior sin terminar; me contestan que no; empiezo con la clase, dando el tema. Todos prestan atención, cuando termino les digo: -
-¡A trabajar!
Algunos preguntan no sobre el trabajo sino por mi edad, si soy casada, si tengo hijos... Lo hacen por curiosidad, les contesto y digo: -
-¡Bueno, basta de preguntas! a trabajar que la hora se pasa rápido.
Cuando quise acordar suena el timbre, termino la hora, les hago recordar que traigan el trabajo para continuar la próxima clase, los saludo y salen al recreo.
Con el correr de los días la tensión fue disminuyendo al ir conociendo el nuevo mundo de la escuela, que no imaginaba para nada cómo es, qué se hace, qué se siente, ya que cuando uno se recibe no tiene incorporado muchas cosas que se aplican tanto a nivel humano como profesional.
Hoy en día, espero cada suplencia de manera distinta a la del primer día de clases.

Elipsis Institucional

Silvia Orozco
Mi primera experiencia como docente fue el 4 de agosto de 1997, en la Escuela Nº 74 de Santa Rosa como maestra especial de Plástica. Cuando me designaron me sentí sumamente Importante, alegre. Por fin comenzaba a practicar la docencia; a los cinco segundos me pregunté ¡Que Hagoooo!!!!.
Me presento en la Institución por supuesto, con susto que se me notaba con sólo mirarme. Me recibió la auxiliar de dirección y automáticamente, sin tiempo de omitir media palabra, me dijo: te toca cuidar aquel patio, te toca con tal y tal año y la declaración jurada la hacés mañana.
Me voy al patio a ocupar el lugar que me habían asignado. Atemorizada y con sentimientos desencontrados por esta nueva etapa que estaba enfrentando. Ser docente y tener la responsabilidad de proteger a mi primogénito que estaba en mi vientre con siete meses de gestación.
La paradoja de querer estar con los alumnos brindarles mis conocimientos y el miedo por la avalancha de esos niños, contra mí panza por curiosidad de querer saber ¿Quién era? ¿Qué hacia allí? ¿A quién le iba a dar clase?, etc.
Tocó el timbre, ingresamos al aula, me presento, miro las carpetas y les doy la actividad a realizar y, en ese preciso momento, sentí que la experiencia áulica era positiva. Los alumnos me devolvieron con su afecto espontáneo la tranquilidad de mi inexperiencia y de haber sufrido la ausencia institucional.
De todo esto me quedó una duda: ¿Todo lo aprendido en el instituto donde me formé y me enseñaron me motivaron para comenzar mi práctica docente?. Porque a partir de mi inicio me di cuenta que eran dos hechos antagónicos ya que la articulación maestro–maestro especial no existía. Era yo y mi circunstancia.
Mis proyectos con sus expectativas y logros se esfumaban en un querer hacer: Maestro.

Mis días en Guaminí

Marisa Tentella
Mis días en Guaminí transcurrieron casi sin darme cuenta. Era mi primer trabajo como docente; esto es algo fácil de decir y difícil de realizar.
Sin ninguna experiencia llegué a ese pequeño pueblito, rodeado por grandes lagunas, calles porosas y arboleda envejecida. Fue hace un poco más de veinte años, pero algunos recuerdos permanecen intactos.
El trabajo llegó solo, no lo tuve que buscar. Era un centro de formación docente que recién se iniciaba. Las clases comenzaban a las seis de la tarde y finalizaban como a las diez de la noche.
Había un micro, pagado por la municipalidad, que se ocupaba de llevar y traer docentes y alumnos que habitábamos en pueblos cercanos.
Mi carga horaria eran una vez a la semana, ¡Que fastidio sentía al pensar en el viaje!, sensación que se disipaba no bien me subía al micro. Debíamos salir tempranito después del almuerzo para tomar el único medio de traslado, un colectivo, ¡muy antiguo!, para recorrer treinta kilómetros en un tiempo aproximado de una hora.
Viajábamos docentes y alumnos, todos juntos, sin diferenciar jerarquías. Compartíamos el mate, galletitas y alguna historia personal que se dejaba ver cada tanto.
Durante los días invernales nos acompañaba una garrafa con una pantalla enroscada que hacía las veces de calefacción. ¡¡Tuvimos suerte y nunca ocurrió una catástrofe!!
Lo más gratificante del día era llegar y poder conversar un rato con la directora.
-¿Cómo estas chiquita?, me decía.
Esas palabras estaban cargadas de un enorme afecto que se dejaba ver por medio de la comprensión y el acompañamiento que siempre recibí.
Ella fue la persona que me enseñó como hacer mi primera planificación, me apoyó positivamente en las propuestas y por sobre todas las cosas me valoró como persona.
Tuve suerte de encontrarla; una estrella que me guió….como dicen algunos.
Siempre vivimos en la vida experiencias que marcan nuestro camino.
Durante esos días de trabajo conjunto donde, en cierta forma, todos aprendíamos, viví momentos diversos que me sorprendieron. Algunos de mis alumnos eran mayores que yo, porque hacía años que estaban esperando una oportunidad para estudiar y no podían salir a buscarla, tenían que esperar que llegara. Son las desventajas de vivir en un pueblito pequeño, alejado de las grandes ciudades donde las “ofertas” son pocas y las “ganas” son muchas.
Personalmente siento que todos, de alguna manera, crecimos durante esos días, más allá de las dificultades que se nos presentaban a diario. Sin embargo, a pesar de docentes que no se conseguían para cubrir las horas, espacios físicos que faltaban, alumnos que requerían mucha atención, logramos formar una gran familia con muchas expectativas y con un objetivo en común “enseñar y aprender”.

Reto por Reto

Carina Paz
Esta experiencia que les voy a relatar sucedió hace unos cuantos años atrás… cuando comenzaban mis primeros pasos en la docencia y creía muchas “cosas” que me las imaginaba magníficas pero que con la práctica se fueron diluyendo.
Todas las suplencias que realicé al principio fueron cortas; una semana, tal vez dos y si la suerte estaba de mi lado quizás completaba el mes...pero, bueno, eso era pedir mucho.
Una mañana… como tantas otras, fui convocada por el Centro de Designaciones para realizar una suplencia en una escuela de Santa Rosa a la que accedí de inmediato porque ya había trabajado allí y lo hice en cómodas condiciones. Me dirigí con las expectativas de siempre, bien predispuesta y con buen humor, en busca de una experiencia nueva. La docente a cargo del grado que me iban a asignar había dejado una evaluación y, a continuación, debía desarrollar un tema nuevo. Como corresponde realicé lo pedido, tomé la evaluación y como algunos alumnos habían terminado, les permití conversar en voz baja hasta que sus compañeros hicieran lo mismo. Minutos más tarde entró, sin pedir permiso, como “una fiera”, la señora directora, con gesto y voz alterada, preguntando:
---¿Por qué se escucha tanto bullicio???.¡Desde la dirección los escucho!!! ¿Qué están haciendo?
Tranquilamente y con pausa le respondí que los alumnos que habían terminado la evaluación podían conversar hasta que el resto de sus compañeros lo hicieran o tocara el timbre, porque en realidad faltaba muy poco tiempo. Ella, ofuscada, y con tono violento me dijo:
-¿Y después de esto qué tenés que darle?
A lo que contesté:
-Un tema nuevo, pero como quedan pocos minutos iba a darlo mañana.
- De ninguna manera!!!!! Empezá ahora, así queden dos minutos…
Todos quedamos atónitos, no volaba una mosca, un silencio casi sepulcral... Pegó media vuelta y se retiró. Apenas se fue, los chicos culpándose unos a otros se decían que por culpa de ellos habían retado a la seño!!!
Respirando profundo, hice oídos sordos a los comentarios de los chicos y cuando quise seguir con lo que había “sugerido” la señora directora…tocó el timbre. En ese momento me sentía rara, nunca me habían “hablado” así y mucho menos delante de los alumnos; una mezcla de distintas sensaciones venían a mi mente, tenía tanta bronca...unas ganas de irme y mandarla a freír churros, por no decir otra cosa más grosera, pero ustedes se imaginarán cual,….conté hasta mil por lo menos y seguí…
Cuando volvimos del recreo, los chicos tenían hora especial, entonces me dirigí a la sala de maestros, sin poder decir nada a nadie, ya que era nueva y mucha bolilla no me daban. Fue allí, que la señora directora me llamó y se disculpó por la forma en que se había dirigido hacia mí en el aula, argumentando que estaba enojada porque la “señora coordinadora” la había retado por algunos temas y que sin darse cuenta descargó su furia conmigo.
Ustedes pensarán… ¿la disculpaste? Sííí…no fue fácil pero la perdoné…porque todos podemos tener un mal día ¿o no?

Fabio, de la mirada desafiante

Romina Garcia

Eran tiempos adversos para el colegio al que llamaremos M.B.: en un período de tiempo no menor a los 15 años había pasado de ser una de las instituciones educativas más respetadas en el imaginario social santarroseño, para mutar en una especie de “aguantadero”. Varios factores contribuyeron a la merma en la calidad educativa (muchos de ellos, estrechamente ligados al escenario social y cultural impuesto por la lógica neoliberal), pero no pretendo en este relato hacer una análisis de la cuestión. Sí deseo narrar mi encuentro con Fabio, un alumno del nivel polimodal que asistía al instituto mencionado.
La historia comienza así… conmigo, como una de las protagonistas, que a mediados del ciclo lectivo pasado había tomado una suplencia funcional en una Asesoría Pedagógica. Desde la creación del cargo, la persona asignada se hallaba en comisión de servicio, hecho que incidía en que este puesto históricamente se asignara año tras año; el resultado: año tras año, la Asesoría era ocupada por diversas personas que, lejos de sentirse parte de la comunidad educativa en cuestión, asumían su estadía como “de paso”. Y ojo, que aquí también hago un mea culpa: ¿Qué sentido de pertenencia institucional podría sentir yo cuando sólo estaría 3 meses ocupando un cargo docente tan importante?.
De los dos turnos que existían, Fabio asistía vespertino, resagado en la escuela, ya que la percepción que compartíamos muchos docentes era que las cosas más importantes sucedían de mañana. De hecho, en el turno tarde no funcionaba ni la secretaría del colegio ni la dirección; sólo la vicedirectora asistía unas dos horas por día, más que nada para cerciorarse de que estuviera todo tranquilo.
Algunos docente ya habían estigmatizado a Fabio como “alumno problema” y él asumía con mirada desafiante esta condición. Fue con esa misma actitud que se presentó ante mí. Sin embargo, lejos de la formalidad que suele caracterizar los encuentros docente-alumno, yo quería que nuestra charla se desarrollara en un clima distendido. Mate de por medio, nuestros encuentros se fueron haciendo cada vez más frecuentes.
Fabio llevaba consigo su pasado de pueblo originario tatuado: sus ojos negros, su mirada desafiante, su tez morena y su larga cabellera así lo retrataba.
Aún no recuerdo bien cuándo fue que sentí que Fabio comenzaba a abrirse y a contar pausadamente sus experiencias como alumno y, lo que es más importante, como persona, único, individual, irrepetible. Me contó de la pasión que sentía al jugar al fútbol, de su grupo familiar, del colegio y el trato con sus compañeros. En ese primer año, tercera división, Fabio era una especie de líder, ya que él condensaba muchas de las aspiraciones de sus pares: esa actitud provocadora frente a los profesores o la apatía hacia lo institucional, eran rasgos compartidos por sus compañeros. Sin embargo, la diferencia entre ellos era crucial: mientras el resto se apoyaba en una familia que, de una u otra forma los instaban a estudiar (o mejor dicho, que “castigaba” las desviaciones”), Fabio llevaba “la” mochila de su familia. Mochila que incluía desde el desconocimiento del padre biológico, hasta la prostitución de sus hermanas como forma de ganarse la vida, y una madre que, en la escuela siempre estuvo ausente. Sin embargo, Fabio naturalizaba totalmente estas cuestiones (claro, ésa era su vida) y se sentía totalmente libre-adulto- por la posibilidad de optar, de elegir, seguir estudiando: de su familia, él sería el primero en terminar el secundario. Esa responsabilidad la vivía como cuestión bastante trascendente.
Nuestros encuentros fueron prósperos. De a poco, Fabio empezó a esforzarse y a levantar sus calificaciones. Incluso llegamos a fantasear con la idea de que siguiera estudiando una carrera universitaria.
Pero esos esfuerzos por mejorar, a mediados de Noviembre, eran ya en vano. Desde el inicio del ciclo lectivo se fue definiendo el tendal de alumnos que quedarían con materias pendientes. Y Fabio era uno de esos; con el agravante de que por su edad, si no sacaba las materias podría ir a una escuela de adultos (en el mejor de los casos).
Darle a un chico de 16 años la posibilidad de optar si seguir estudiando o no, más aún cuando su desempeño académico no ha sido favorable, es lo mismo que abrirle las puestas de la escuela para que salga a la calle. Y Fabio lo entendió así.
En uno de nuestros últimos encuentros, Fabio me increpó por qué nunca nadie le había dicho lo que yo le estaba haciendo entender: la importancia de tener educación para mejorar nuestras condiciones de vida. Y no supe qué responderle; con toda la impotencia del mundo me culpabilicé por los centenares de docentes que Fabio había tenido en su vida escolar y que no supieron acompañarlo en ese sinuoso camino. Sentir que la verdad estaba ahora al alcance de su mano, pero que ya…
En esos tiempos, la mirada desafiante de Fabio había cambiado. Un velo de resignación parecía cubrirle el rostro.
Quisiera hoy tener a Fabio frente a mí para recordarle que nunca es tarde para aprender, nunca es tarde para darse cuenta. Sólo espero que Fabio lo sepa.

Juegos pacíficos

Analía Olie Colla
Soy docente de segundo año de EGB, me desempeño en el turno mañana. Como todas las docentes cuando llega la hora de los recreos cada una de nosotras tiene asignado un sector del patio para “cuidar” u observar, este puede ser el patio grande, los baños, las galerías. No importa el sitio que sea, pero allí debes estar, digo no importa porque en todos ellos se observa la violencia con que juegan los alumnos, de la manera en que salen de las aulas, pareciera como si uno los tuviera atados y los suelta al momento de tocar el timbre, salen despavoridos de ellas.
Pero también observo a qué juegan en el recreo y aquí me llevo una especie de sorpresa o desilusión pero ¿por qué? Si yo les pregunto a los niños para qué vienen a la escuela ellos contestan “para estudiar seño” y si les pregunto para qué están los recreos ellos contestan para jugar seño. Obvio que las respuestas son las que espero que me contesten, pero en ninguno de los dos casos son las reales.
Vuelvo a lo que veo en los recreos, unos se empujan, pegan patadas, se agarran, se gritan, y ante el llamado de atención por parte del docente nos contestan “si estamos jugando seño”.
En realidad como docente observo que los niños no juegan o juegan aisladamente, sin reglas claras, con agresividad, perdiéndose la posibilidad de disfrutar “con” el otro debido al desconocimiento de otros tipos de juegos.
Esta preocupación es observada y consensuada con otras docentes de primer ciclo. Para ello probé con repartir a los alumnos diversos juegos didácticos, los cuales me dieron resultado los dos o tres primeros días. Con el tiempo creo que estos juegos les dejaron de llamar la atención y nuevamente salían al patio.
Con la docente de la otra división elaboramos un proyecto denominado “Segundo crea su mundo” en el cual tratamos de recuperar la poesía que Elsa Bornemann clasifica como “lúdica” (del latín “ludicrus” relativo o perteneciente al juego).
Pero ¿Cómo se llevó a cabo? Una mañana, luego de tocar el timbre de entrada en la primera hora, les pedí a los alumnos que dejen todos los útiles y se formen en la galería.
Ellos asombrados y ansiosos preguntaban:
Alumnos: -¿Qué pasa seño?, ¿Dónde vamos? , ¿Qué vamos a hacer?-.
Yo les contesto: - Vamos a la sala de música-.
- ¿Para qué vamos a la sala de música? -.Dijo Lautaro.
- Vos no sos la seño de música-. Dijo Valentina-
Una vez allí, entraron y mientras que yo acomodaba el radiograbador, ellos se sentaron en el piso, en forma de círculo y me observaban. Se creó un clima de suspenso y hasta logré que hicieran silencio sin necesidad de pedirlo.
Presiono la tecla “play” del radiograbador y comienza a escucharse la canción “Se me ha perdido una niña”. La cara de desorientados de los alumnos era genial, ya que por un lado no tenían consignas para realizar, yo no soy la seño de música pero estamos en la sala de música y escuchando música. Luego de observar esas inolvidables caras comienzan a preguntarme: -- ¿Qué es eso seño?, ¿Para qué nos puso música?-
Les contesto:- En esta hora vamos a jugar-.
- ¿A jugar seño?- preguntaban aún desorientados.
A partir de ese momento, divido a los alumnos en dos grupos, los formo en dos líneas enfrentadas y les explico que era un juego que la seño jugaba cuando tenía la edad de ellos. Les explico cómo son los pasos y comenzamos, siempre acompañados por la música del grabador.
En el momento de formar la sillita entre dos niños para llevar a la niña, observo que no lo saben hacer, entonces cortamos la música y practicamos, mientras le indicaba como unir los brazos para formar una sillita, les causaba gracia y a su vez un poco de vergüenza.
Mientras jugábamos se me olvidó cortar esta canción y comienza la siguiente que es “Jugando al huevo podrido” y ante el pedido de ellos lo dejé.
Pregunté quién sabía jugar, sólo dos nenas, Valentina y Brenda, dijeron que ellas sabían. El resto se quedaban mirando, lo cual me llama mucho la atención. Considero que los chicos no saben jugar, solo copian conductas agresivas de algún programa de la televisión.
Finalmente, explicamos y terminamos jugando al huevo podrido, luego toca el timbre para el recreo. Cierro la sala y voy a mi sector asignado, los sigo observando. Algunos cuchicheaban, me miraban y se reían, entonces los llamo y los invito a jugar al huevo podrido.
Comencé jugando con cuatro nenas y tres varones, al vernos se fueron sumando y terminé con catorce.
Toca el timbre y vamos al aula, la alegría les brotaba en sus sonrisas. Les pregunto que les había parecido lo realizado en la hora anterior, mientras tomaba nota en el pizarrón de sus respuestas.
Luego, traté de hacer una reflexión sobre cómo jugamos en los recreos, qué es mejor para nosotros ya que de esa manera no nos lastimamos, no peleamos.
Volvió a surgir el tema de que eran juegos que jugaba la seño cuando era una niña, entonces quedo como tarea preguntar en casa ¿A qué jugaban mis papás cuando iban a la escuela?
Luego de indicar esa tarea continué con la clase de matemática, aún así se escuchaba a más de uno tararear la canción “Se me ha perdido una niña”.
Al día siguiente, al entrar a clase el primer tema que se abordó fueron las respuestas de los papás. De allí surgieron otros juegos como “La Farolera”, “Antón Pirulero”, “Puente de Avignón”, “Buenos días su señoría”, “La paloma blanca”, etcétera.
Esta propuesta, en realidad debería ser más asidua y sistemática, muchas veces los tiempos no alcanzan, los contenidos nos apuran y no se llevó a cabo en los tiempos asignados, ya que se iba a realizar cada 15 días, y obviamente nuestra presencia en todos los recreos, muchas veces no es posible. Sin embargo, fue una experiencia genial el poder compartir ese otro momento, en otro espacio no habitual.

Terror al fracaso ante lo desconocido

María Laura Molleker
Transcurre el año 2007, soy maestra desde diciembre de 2006; todavía no me han llamado para dar clases y esto me tiene algo preocupada, porque si bien tengo muchas ganas de trabajar me siento mal con sólo pensar entrar a una escuela.
Hoy, a fines de mayo me llamaron de Designaciones para confirmar mis datos y me dijeron que seguramente la semana que viene me van a estar llamando; la adrenalina empezó a surgir.
Los días parecen eternos, este fue el fin de semana mas largo de mi vida; tengo miedo, alegría, ansiedad, un conjunto de sentimientos encontrados. Que raro ¿no? Todo esto por el hecho de pensar en dar clases.
Por ahí no deben estar entendiendo, pero me explico mejor, todo este miedo surge a partir de mi actividad como practicante, ya que tuve dos grandes experiencias, una fabulosa con un recibimiento y una estadía mas que acogedora y otra en la cual no nos echaban porque quedaba mal, donde nosotras éramos un total estorbo. Hablo de “nosotras”, mi pareja pedagógica y yo.
El día tan ansiado llegó, esta mañana (principios de junio de 2007) me llamaron para una suplencia común en primer grado, mi escuela primaria ahora no iré como alumna sino como maestra, esto me hacía sentir cómoda ya que conozco la escuela pero… una vez ahí pude comprobar que los años pasan y la escuela no es lo mismo cuando se es alumno que cuando se es docente; como era el turno tarde me recibe la vicedirectora. Le explico que es mi primer suplencia, y ella entre dientes dice; - ¡uh! Entonces cero experiencia y encima te tengo que mandar a primer grado; seguido agrega – como estamos en época de entrega de boletines encárgate de pasarlos a las especiales, también hablá con las del CAE porque seguro necesitan un informe para el boletín, ah! también “la otra” (la titular) no cerró registro así que encárgate. Le contesto muy cordialmente –bueno, gracias- y mientras salía de dirección me dice -no sé si te dijeron pero esta suplencia es por una semana.
Sí, una semana, en una semana tenía que dar clases, intentar conocer a mis alumnos pequeños que están empezando a escribir y por poco también no tengo que evaluarlos, difícil, pero bueno, con este panorama estaba esperanzada que mis compañeras fueran un tanto distintas… entro a la sala de maestros, saludo, nadie se dio cuenta de mi presencia, sólo una que pregunta; -¿vos sos la suplente de primero?. Digo, porque estás de turno.-
A no buenísimo, esto es el famoso derecho de piso; ahora entiendo porque tanto miedo, tanta adrenalina, con estas cosas “que lindo es ser maestra”. Esto pensaba antes de…
Entro al aula, mis pequeñitos alumnos eran los únicos que estaban ansiosos de conocerme, dentro del aula pasé una semana maravillosa; aunque dolió mucho la despedida, muchos lloraron preguntando porque esta nueva seño no se quedaba. A ellos parecía caerles bien.
Una nueva escuela me espera, ahora sexto grado, y ahora qué será de mí. Grandes, sí grandes; el recibimiento es prácticamente el mismo que el anterior, parece molestar un poco que esté recién recibida, las docentes hacen comentarios como: - y si querida vas a estar unos cuantos años haciendo estas suplencias cortas, ya que no tenés nada de puntaje- ah! me olvidaba de comentar que las docentes se presentaron como titulares de… interinas de… y suplentes funcionales de… y hasta estaban ubicadas en la mesa en estos subgrupos, lugar que yo no tenía, porque no hay un lugar para una suplente común. También estuve de turno el primer día, esto parece a propósito justo el día que llegás estás de turno.
Entro al aula, mas miedo aún, pero los chicos si bien charlaban mucho parecían estar interesados por conocerme; también pasé dos semanas maravillosas, pero nuevamente sólo dentro del aula.
Pasaron otras escuelas, suplencias de una, dos y hasta tres semanas, en todas mas o menos lo mismo, en el aula fantástico, pero con docentes y directivos la cosa no era igual. Si tengo que recordar a algunas docentes que no hacían como las otras, quejarse y quejarse, sino más bien se acercaban con la sola intención de hacer más amena la estadía en la escuela, pero éstas pertenecían a la minoría.
El 16 de agosto tomé una suplencia por todo el año, ahora tengo tercer grado, mis alumnos son divinos, sus papás son divinos, todo es perfecto con ellos.
Por ahí queridos colegas se sentirán identificados con esta vivencia, tal vez no, pero seguramente los he hecho remontarse a sus comienzos.
Si bien esto no es una fábula sino las primeras experiencias de una docente, de los muchos que somos, seguramente estarán de acuerdo conmigo con que esto sí tiene una moraleja: “el placer de ser docente es estar en contacto con nuestros alumnos, el único lugar donde el miedo desaparece es ahí, en el aula donde realmente sentimos la seguridad de haber elegido bien nuestra profesión, por esto y mucho más puedo asegurar con orgullo ¡que lindo es ser maestra!”

¿Quién te cambio?

María Luciana BarrioCuando me dijeron que tenía que contar una “anécdota” o experiencia pedagógica se me venían muchas a mi cabeza pero pocas para expresarlas.
En unos de los colegios nocturnos de mi ciudad (Santa Rosa) en donde ejerzo como profesora hace dos años me paso una desagradable situación.
En un primer año numeroso en donde predominaban más varones que mujeres había una alumna muy especial, retraída pero excelente estudiante, siempre sola respetuosa, era la blanca palomita del grupo. Una noche en el último modulo entre al aula y encontré a mi alumna discutiendo con un compañero que no era bien visto en el curso y sobre todo en la institución por sus malas compañías, me acerque y les pedí que terminaran de discutir, pregunte
._¿Por qué pelean? y ella me miro y me dijo.
_ ¿Qué se mete usted?.,
_ A mi nadie me manda y menos usted vieja de mººººººººººº
,._No se meta conmigo....
Yo me asuste y pensé que me habían cambiado de alumna, no era la niña que tenia en mi clase. Se alejo de mi y se sentó en el rincón del aula sola. Le pregunte a su compañero y él se río y me dijo
__Nada fierita, nada......
Sus compañeros tampoco la conocían, la dulce palomita se había transformado, no era la alumna de siempre esa niña callada, algo le estaba pasando pero ¿QUÊ?. Empecé mi clase y ella no trabajo, trate de acercarme pero ella "no estaba en el aula". Me preguntaba "¿En donde estará ahora?. Toco el timbre y todos preparados para irse ya que era el último modulo por lo cual todos estaban cansados. La ultima en salir del aula fue ella se retiro del curso sin decir ninguna palabra.A la semana siguiente cuando volví nuevamente a estar con el grupo de primer año la alumna no estaba porque la niña había abandonado la institución. Pedí motivos y nadie supo contestarme: Me sentía muy triste porque me imaginaba miles de cosas, ¿Fui yo la culpable? ¿Qué no me di cuenta?....
Hasta el día de hoy no supe nada más de esta aplicada y estudiosa alumna, de tantas preguntas que me hago y ninguna respuesta que consigo digo..¿Tendió una araña negra su tela invisible entre la maraña de un rosal, de manera que los insectos amantes del suave néctar quedasen prisioneros en sus redes al pasar volando hacia su dulce cita?.

Las residentes

Mónica Liliana Capello
Eran las cuatro de la tarde y se acercaba el momento.
Todo tenía que salir perfecto.
Así como lo pensamos los docentes: ¡perfecto! Eso que nos sale de adentro, que ni siquiera sabemos de dónde viene (¿o sí?) pero que ahora estamos en condiciones de superar. Al menos yo lo intento.
Las cosas tenían que salir bien. Para esto no hubo ensayo, pero sí complicidad.
Las víctimas eran cuatro. Cuatro jóvenes e indefensas criaturas terminando su residencia en esta cueva de brujas, que al principio no notaron porque las escobas las escondíamos en el armario.
Para despedirlas algo tenía que pensar. No se podían ir así como así, como que terminaban y nada más.
Cada una de ellas había pasado por mi aula dejando una huella en cada uno de los niñitos y también en mí. Supe recordar mientras transitaban, mi residencia. Mis idas y venidas. Interminable…! Buen…!!
Pero… ¿¡Qué hacer!?
Así, creo, recordé mis años de trabajo administrativo en la Facultad de Ciencias Económicas y las palabras dibujaron solas una resolución. Una resolución con VISTOs; CONSIDERANDOs; ARTÍCULOS y COMUNÍQUESE Y ARCHÍVESE. Todo como corresponde.
Hasta tenía sellos chicos, rectangulares, ovalados, de esos que cuando uno los ve… ¡impresionan!
Los sellos los había conseguido por medio de la gentil Vicedirectora, cómplice del maltrato. También había pensado: a la Directora: NADA. No lo tenía que saber. Así se tornaría más creíble.
Las firmas que acompañaban a algunos sellos, espectacularmente diseñadas, le daban un toque de autoridad autoritaria.
En uno de sus artículos, la resolución expresaba, palabras más palabras menos, que por acuerdos ministeriales, la residencia de extendería un tiempo más (creo que era un mes más).
Eran las cuatro de la tarde y tenían que reunirse con la directora para conversar sobre el tema.
Las expresiones de cada una de nuestras, ya, colegas, eran indescriptibles. No podían creer que algo que estaba finalizado tuviera continuación e ingenuamente, camino a la dirección iban acomodando sus fundamentos para hacer reclamos.
Al llegar al lugar de la cita, cada una con un ejemplar fotocopiado, irrumpieron milagrosamente calmas para hablar con la Directora que nada sabía al respecto., y, por lo tanto, tampoco podía responder a sus preguntas.
Poco a poco se fueron disipando las nubes, apareció la broma, entre llantos y algunas palabras que sirvieron para esa ocasión, pero no para reproducirlas.
Luego, abrazos, felicitaciones y el mejor deseo en este tránsito del enseñar y el aprender.

El dueño de la pelota

Eduardo Filgueira Lima
Poco sabía yo que lo que iba a vivenciar en aquella alejada región tendría connotaciones tan trascendentales para mi vida.
Lejos estaba yo de imaginar, tan sólo por un instante que aquel viaje en la frontera inicial de mi profesión me llevaría a recorrer caminos inhóspitos de tierra roja, sombras eternas, personajes místicos y sonrisas perdidas en la espesura de la selva; de niños que juegan y ríen sin saber que sus sonrisas estarían siempre en mi recuerdo acompañándome por el resto de mi vida.
Llegué a Misiones con el club donde estudié, acompañado de compañeros y del más ferviente deseo de experimentar lo que los libros nos contaban; el viaje fue largo y tedioso y con muchas ansias sabíamos a que íbamos pero no qué nos deparaba el viaje.
La profesora que nos acompañaba nos dijo:- Este grupo va a estar a 25 kilómetros de San Ignacio, en la Escuela N° 125, planifiquen con tiempo las actividades, los recursos, el tiempo disponible, etc.
Los preparativos para el viaje fueron pocos, ni nos imaginábamos lo que nos esperaba, noches de cielo brillante tal lentejuelas de bailarina, tan estrelladas que ni en sueños de mil y una noches podrían ser reflejadas, tierra de soñadores como Horacio Quiroga, tierra mística como el mítico personaje del pombero, peligroso como el yaguareté, que me despertaría en medio de la noche, tierra de sangre como la derramada por los guerreros guaraníes para mantener su independencia del yugo español.
Una vez en Misiones fuimos a San Ignacio, un pueblo chico que vive principalmente de la cosecha de sus tabacaleras y yerbatales, tiene sus ruinas, las famosas ruinas de San Ignacio una gigantesca obra hecha por los jesuitas en el siglo XVII , sujetos evangelizadores enviados por los reyes de España, su obra consistía en convertir a los indios en su afán varios perdieron su vida, los guaraníes eran básicamente guerreros, el dejar las armas a un lado no estaba dentro de sus costumbres ancestrales, los jesuitas ofrecían casa y comida a cambio de Dios y monogamia eso es lo que mas recuerdo.
A las 17 horas nos subimos en un camión de la municipalidad y hacia allí partimos la Escuela N° 125, nuestro grupo estaba integrado por cinco miembros cada uno con sus propias ideas y deseos de llevar a cabo la tarea programada, un poco más de media hora después de haber partido llegamos a una bifurcación de caminos y doblamos hacia la derecha haciéndose más angosto por la espesura de la selva, 2 kilómetros más y a nuestra izquierda se abría un claro donde se erigía la Escuela, por un lado se encontraba el edificio viejo, de madera con una enorme galería que la circundaba, maderas y vigas enmohecidas por el clima húmedo del lugar y el paso del tiempo, este era desde sus comienzos hasta hace poco tiempo el edificio donde se dictaban las clases. A pocos metros el nuevo edificio con varias aulas, comedor, pequeño salón de actos, cocina y ¡baños! como corresponde. Más allá toda de tierra colorada la canchita donde conocería mañana al dueño de la pelota.
Nos bajamos del camión, los compañeros que estaban arriba nos tiraron las mochilas y allí quedamos solos frente a este gran desafío.
Un bocinazo y el camión se fue, se acercaron hacia nosotros dos señoritas maestras de impecables guardapolvos blancos, ni me imaginaba que hacía dos meses estaban esperando nuestra llegada, el guardapolvo lo habían lavado y planchado para la ocasión.
Las dos señoritas se acercaron a saludar y a ayudar con los bolsos y la ropa y víveres que habíamos juntado durante seis meses para ayudar a la escuelita, a los pocos segundos salió el resto de la comunidad de la escuela integrada por otras tres maestras, el portero o encargado y su señora que además era la cocinera del establecimiento.
Cuando terminamos de acomodarnos ya era la tardecita, nos sentamos en el alar de la vieja escuela a tomar unos mates y degustar unas tortas fritas cocinadas para la ocasión. Nos preguntaron de todo así nos dimos cuenta de cómo era la vida en estas escuelas olvidadas de nuestro país, donde muchos maestros, lejos de las comodidades de la ciudad ponen su esfuerzo para que miles de niños aprendan; hay que tener temple de maestro y ojos de niño para estar allí, no es una vida fácil de ninguna manera, la soledad puede hacer que uno pierda la cabeza y hasta roce el filo de la locura. Un amigo dijo: -Que espíritu, yo conteste: - Es vocación.
La noche cayó y el cielo se fue encendiendo de un rojo atardecer hasta un infinito oscuro encendido de luces como hogueras lejanas en la cúpula celestial.
Llegó la hora de la cena , luego charlas y en medio de ellas ruidos extraños que nunca habíamos escuchado, Ludueña el portero nos explicó cada uno de los sonidos simplemente mirando la espesura y diciendo: - Mono, pájaro, ranas, yaguareté:
Eran realmente muchos, el viaje había sido largo y sin embargo el sueño no nos abrazaba, el ansia la sorpresa nos excitaba y así como así nos fue abrazando de a poco y mañana será un gran día. Anticipación había dicho la profesora así que nos levantamos temprano, preparamos el desayuno, y allí nos enteramos que para la gran mayoría de los chicos era la primera comida luego de una larga jornada de trabajo después de la escuela, pero eso no era lo peor no todos recibían el desayuno y paso explicar, la escuela tiene comedor, para poder asistir al comedor los chicos tienen que tener un hermano escolarizado, las familias tiene al menos cinco hijos otras hasta doce, uno va a la escuela y recibe el desayuno y la educación y a eso de las 13 horas el almuerzo con sus hermanos de hasta doce años, que vienen a tomar quizás el único alimento del día.
Allí venía un grupete de niños y en medio al que todos festejaban, un chico gordito rechoncho, descalzo y con la pelota debajo del brazo, ese me di cuenta era el dueño de la pelota.
Se acerco enseguidita nomás, nos vino a saludar y a contar que la pelota se la había traído el tío que vivía en Buenos Aires, dijo: - ¿Podemos jugar un partidito con los chicos?
Y allí se armo el partido, entre polvo rojizo y gritos se jugaba el partidazo.
Estos días que nosotros íbamos a estar en la Escuela íbamos a ser los organizadores de todas las actividades desde las ocho hasta las dieciocho horas.
Los alumnos venían a la escuela como podían, de a caballo, en burros, otros caminaban muchos kilómetros para llegar, todos solitos o acompañados por un hermano mayor, todos eran puntuales; para ellos nuestra estadía era una fiesta como cuatro días de juegos, eran sus vacaciones.
Lo que más me sorprendió de los chicos no era su color de ojos en su gran mayoría celestes y azules, ni que hablar de que todos eran rubios. Ante tanta desolación que a mi me parecía una amargura era para ellos su alegría, la alegría de ir a la escuela, de aprender, de tener otras cosas para hacer en lugar de trabajar.
Llegó la hora del almuerzo, un guiso con mandioca los asistentes a esta hora se habían cuadriplicado, invitamos a muchos a quedarse después del almuerzo pero tenían que trabajar, debían volver a la cosecha.
Los juegos continuaron todo el día, el dueño de la pelota no se me despegaba de mi lado, a la noche me enteraría porque, el asunto es que no era el tío el que se había ido a Buenos Aires, el vivía con su papá cuando era chiquito su mamá murió y el papá se lo dio para que lo cuiden sus hermanas.
Tarde por la noche nos acostamos a descansar y lo que pensábamos que sería una noche de sueño reparador se convirtió en una noche de vigilia, escuchamos ruidos y apareció Ludueña escopeta en mano, y sigilosamente nos alerto de la presencia de una yaguareté que buscaba hacerse de alguna gallina, se fue y al rato un disparo y un rugido que hicieron estrépito en la noche.
Regreso para tranquilizarnos que todo estaba en orden, disparo sólo para ahuyentar su presencia.
Realmente no descansamos, estuvimos medio alertas.
Llegó la mañana, el desayuno los mates y también la sorpresa el dueño de la pelota nos había traído pastelitos, que habían cocinado sus tías.
Allí entre mates hable por primera vez con el, un poco motivado por su historia, la que me atraía en forma singular debido a su crudeza, la situación de muchos chicos trabajadores y el momento en particular de mi vida en el que me encontraba.
Me contó sobre la escuela y su pasión por el fútbol, el dueño de la pelota, tenia 11 años, era rubiecito, de ojos azules, medio regordete, entrador, como que estaba un paso mas adelante que sus compañeritos, su pasión por el fútbol era además su meta, dijo que algún día se iba a ir a Buenos Aires a jugar en Boca el club de sus amores.
Quien sabe tal vez su sueño se haga realidad algún día.
Hablamos y aprendí mucho de la vida en aquel lugar, pronto llegaron algunos chicos, y se fue a jugar.
Otro día más de juegos, y sonrisas como detalle especial, del día recuerdo que hubo una disputa por la pelota que fue atendida por una de las maestras. El dueño de la pelota además era el arbitro y el juez de línea del encuentro, ese era el privilegio de ser el dueño de la unica pelota de cuero ADIDAS de toda la escuela. Así que había que estar de buenas con el sino no jugabas con esa pelota que picaba de solo mirarla.
A la tardecita se nos antojo a los Profesores caminar unos siete u ocho kilómetros siguiendo el camino angosto a fin de ir a una despensa cercana a buscar una cervecita.
- ¡Ni locos! (grito Ludueña)
Pocas palabras podrían describir la cara de sorpresa de nosotros.
· Bueno Don acompáñenos. (le propusimos).
· ¡Ni pienso salir estoy muy cansado! (nos contesto Ludueña)
A lo que una maestra le replica…….. :- No será que le tenés miedo al Pombero vos che?
- Bhaaa (Contesta Ludueña)
- ¿Pombero? (dije)
- Si, si (acoto la maestra), el Pombero, Ludueña cree que anda por esta zona del monte.
En realidad ni sabíamos de que nos hablaban y debíamos saber de que estaban hablando, solo por curiosidad pregunte: - Perdón ¿Qué es el Pombero?
Nos explicaron que era un enanito como un duende que andaba en el monte silbando y que si te descuidabas su silbido te hipnotizaba, hacia que te llevara profundo en el bosque, que el Pombero era un enano perverso y malvado, que preñaba a las niñas que se internaban solas en el monte, y muchas cosas mas que no hacían mas que adornar mas su misticismo.
La curiosidad mato al gato, :- ¡Perfecto! (dijo una de mis compañeras) ¡Entonces vamos!
Ludueña nos acompaño, no dejo de quejarse de tener que caminar catorce kilómetros por una cerveza, y encima el no tomaba. La verdad que con el calor que hacia y el día de trabajo cansador, una fue poco.
Para no regresar la noche siguiente llevamos de regreso un cajón, el que quedo en devolver Ludueña.
Ya de regreso, nos preparamos para ir a la cama, a dormir un rato, hacia mucho calor, nos fuimos a dormir con los colchones afuera, al alar, por una parte del techo se podía ver el cielo estrellado.
Dios se acuerda hasta de los chicos en estos lugares que parecen tan lejanos a nuestra realidad, les da alegría y esperanzas, entre pensamientos vagos me fui durmiendo.
En el juego de pelota se produjo otra pelea, el hecho es que hacerle un gol al dueño de la pelota puede costar una expulsión, como castigo ejemplar. Muchos deseaban que se pinché la bendita pelota, pero eso no pasaría, no había espinas y además la pelota era demasiado nueva. La solución seria entonces oficiar de arbitro, saque de mi mochila las tarjetas roja y amarilla, que aun poseo, y lo primero que hice fue emparejar las cosas, arme los equipos nuevamente, ya que del lado del dueño de la pelota estaban los que mejor jugaban, por supuesto, además del dueño era el D. T.
Allí se revelo, :- ¡No con mi pelota si no juegan no me van a venir a desarmar el equipo!
Inmediatamente saque la tarjeta roja. Lo envié al banco a que refresque sus ideas.
Mientras todos jugaban con su pelota. Ya hablaría con el. Mas tarde lo invite a jugar.
Así termino el partido, con todos jugando.
Luego del partido, lo llame para patear unos tiritos al arco, como una forma de acercarme, ya que estaba ofendido, y le dije que pateaba bien que era bueno y esas cosas, para que se me amigue de a poco, luego de una charla reflexiva ya era la hora. Los chicos se iban.
Al otro día no trajo la pelota, como que nos castigaba, pero no importaba, no íbamos a jugar al fútbol, habíamos preparado la despedida, muchos juegos grupales, torta para todos, hamburguesas, como en la Capital. El dueño de la pelota se mostró esquivo y a mis acercamientos, como al de las maestras, repetía por fin se van estos profesores asi traigo mi pelota, pero pensaba yo ojalá se le pinché así no trata mal a sus pares, despectivamente y con aires de mandón, la verdad era un fastidio para sus compañeros, La mayoría que lo soportaba tasaba a bajo precio su propia estima y, sometida a sus caprichos, sólo se conformaba con poco.
Lope de Vega inmortalizó la protesta de los mansos y oprimidos en su obra de historia y leyenda llamada Fuente ovejuna donde se muestra que a veces el derecho y la razón de los rebeldes es superior a la soberbia caprichosa de los mandones.
En el campito de la vida siempre existe un dueño de la pelota en todas las escuelas del país existe un dueño de la pelota, seria lindo que la pelota se reparta mejor.
Cuando esa tarde nos paso a buscar el camión, el Intendente de San Ignacio envió una bolsa llena de pelotas.

Escenas breves de la historia cotidiana

Graciela Susana Pascualetto
No sé por dónde empezar; las escenas aparecen y se difuminan, se enlazan y se sueltan del relato. Es difícil; mucho más que contar anécdotas en la ronda de mates. Lo primero que escribí no se entendía bien, ¿Cómo lo hago ahora? Dudo, borro todo, empiezo de nuevo… ¿Algo parecido les ocurrirá a los alumnos cuando les pedimos que escriban claro con puntuación, ortografía y acentuación correcta? Bueno, voy a intentarlo:
Para llegar a la escuela donde me habían designado como suplente tenía que viajar. Algunas profesoras hacían “dedo” y ya conocían a la gente de la zona que pasaba por allí de lunes a viernes y sin inconveniente viajaban hasta el pueblo donde tenían que trabajar. A falta de otro transporte, lo mismo hice yo durante el tiempo de la suplencia y pude de esa manera llegar hasta fin de año.
De esa época –entrada la década del ´80- provienen los primeros gestos y miradas de adolescentes que en la clase alternaban la toma de apuntes con las discusiones, los dibujos románticos, las guerras de tizas, las historietas de aventuras, la radio y los relatos de encuentros en la plaza (hoy probablemente serían otros los “entretenimientos“). Esas imágenes se fueron recreando en otros lugares donde trabajé con rostros y sentimientos semejantes porque si algo ocurre las escuelas de aquí y de todas partes es que no podés permanecer indiferente ante las cosas que en ellas suceden.
En medio de unos índices inflacionarios que no paraban de aumentar y en el continente de paredes viejas que era mi nueva escuela, los contenidos a enseñar se entrecruzaban con experiencias, problemas, angustias y deseos de las chicas y los chicos. Era muy importante entonces dar lugar a la palabra no sólo para contarnos y compartir lo que estaba pasando sino, y muy especialmente, para ejercitar el razonamiento y la reflexión sobre los temas de la clase.
De este modo –pensaba mientras iba o venía caminando de la escuela- la experiencia de todos podría enriquecerse y lo que se estudiaba en la escuela podría servir para la vida, reclamo siempre presente en los estudiantes. Recuerdo el día en que un alumno, inmigrante oriental, durante una actividad grupal pudo expresarse con mucha soltura a pesar de sus limitaciones con el idioma y la forma en que sus compañeras y compañeros lo aplaudieron, regalándole una enorme alegría.
Por esa época también comenzó a surgir la cuestión del embarazo adolescente y la necesidad de tratarlo de otra manera para evitar que fuese causa de abandono. La educación sexual nunca ocupó gran espacio en las aulas y quizás ni los chicos ni los grandes estábamos muy preparados para escuchar las palpitaciones de una panza creciente que en el próximo ciclo lectivo daría a luz un niño. Sin embargo, la escuela pudo oír, hablar y orientar en esa experiencia hasta entonces muy poco habitual, sintiendo los latidos y recibiendo la vida nueva.
Las escenas continúan sucediéndose. Entrados los años ´90 yo trabajaba en la provincia de Buenos Aires, en una escuela que estaba cerca de la estación de trenes. Esa mañana cuando llegué las puertas ya estaban abiertas, entré al aula y allí me encontré con una de las chicas, muy delgada, muy pálida, muy tenuemente prendida a la vida, con el cuerpo pequeño volcado sobre la mesa. Estaba sola con su dolor y renuente a la palabra. Recién cuando vino su amiga más intima pudo hablar y en un tono muy bajo nos comentó que la tendrían que internar por su problema de anorexia. Ella creía que el espejo le decía otra cosa, pero así como estaba ya no podía seguir. La despedimos con un abrazo y nos comprometimos en llamarla para contarle de la escuela y de la fiesta de fin de curso.
Al año siguiente yo estaba en otra institución. Me encontré con rostros y miradas nuevas; otros episodios se entramaron en escenas diferentes y sin embargo parecidas, porque la vida con todas sus vueltas está allí corporizada… Así podríamos continuar, mientras el mate circula y en los relatos descubrimos que si existe un lugar que contiene la historia humana con las particularidades y las huellas de las diferentes épocas, ese lugar es la escuela.

Mirando la docencia

Bárbara Carolina Eberhardt
Rememoro en el espejo de mis recuerdos y me asombro del bagaje de mis pensamientos. ¡Cuán distinta es la mirada de la educación desde los distintos polos: el del alumno y el de profesor!
En mi historia personal, algunos maestros dejaron huellas importantes, sonrisas invaluables, como la seño Nancy de jardín o las hermanas María Julia y María del Carmen en 1º y 2º grado. Eran personas sumamente dulces y extremadamente cariñosas! Con ellas empecé a amar la docencia. Mezclaban enseñanza con cotidianeidades de la vida, por ejemplo María del Carmen nos contaba que todas las mañanas se maquillaba, pasara lo que pasara, hasta dormida para llegar linda a la escuela y entre tanto nos tomaba el abecedario. Nosotros quedábamos boquiabiertos por su presencia y dedicación.
También hubo otros que dejaron huellas, aunque no tan tiernamente. Eso pasó con la seño de 4º grado, que por charlar con una compañerita, me mandó al rincón, me puso en penitencia. “¡Te vas!!!”, me dijo gritando. Yo estaba apabullada, no entendía ¡¡¡cómo a mí que siempre me portaba bien!!!. Me habían mandado al rincón!!! Estaba desesperada, muerta de la vergüenza. En realidad, fue una estrategia que usó para organizar un juego en el que yo era la protagonista.
Si bien el juego me gustó, creo que la estrategia fue bastante cruel! A los 9 años sentí que se me acababa el mundo!
Otros docentes, claro, pasaron desapercibidos y muchos…a esos mejor olvidarlos…
Ahora me pregunto: ¿Qué imagen daré yo a mis alumnos? ¿Sembraré huellas dignas? Si bien mi experiencia no es mucha y estoy transitando el camino del aprendizaje, tengo pequeñas anécdotas que no puedo dejar pasar, como aquel día que tomé una suplencia común en un nocturno. Cómo olvidarlo! Al entrar al aula advertí que uno de mis alumnos era travesti. Coqueta y arreglada sobresalía del resto. Nadie me había dicho nada…
Me doy a conocer, presento mi espacio y luego les doy lugar a ellos para empezar a conocerlos y romper el hielo. Uno a uno decía su nombre y comentaba brevemente su vida. Al llegar el turno de mi alumna especial dice “Yo soy Rita, tengo 24 años, trabajo y nada… quiero terminar el colegio porque me parece importante para conseguir un trabajo mejor o quizás seguir alguna carrera”
Finalizando la clase procedo a mirar el listado de alumnos para poner la asistencia. Pero las cuentas no me daban! Miraba y volvía a mirar. Una y otra vez recorría el listado y los alumnos. No había caso, me sobraba un alumno en la lista. Cansada y con tono desafiante digo: ¿¿¿¿Pero quién es Pedro González???. Ay!!! Yooo! Dice Rita e inmediatamente su compañera de banco dice: “Ella!!!. Todos desesperados y apurados por tapar mi metida de pata!. Aunque con tono indiferente y mirada despreocupada logré zafar del incómodo momento. Bueno, a cualquiera le puede pasar.¿No?
Salvando este pequeño desliz, fue una experiencia bárbara, un grupo muy comprometido y dedicado que me hizo sentir que lo que yo les estaba enseñando era importante y que mis palabras quedaban resonando en sus mentes. La materia que les daba era Psicología y constantemente me preguntaban inquietudes acerca de la personalidad y lo relacionaban con sus vidas. Se abrieron en cuerpo y alma confesándome sus problemas e intimidades.
Lo cierto es que hoy por hoy, yo soy la responsable de introducir nuevos conceptos en quienes viven el día a día, quienes aguardan expectantes, desafiantes, la palabra del Otro, el apoyo, la enseñanza…Enseñanza en ocasiones coartada, frustrada, dañada, desgastada.
Ante esto no bajo los brazos, me animo, me arriesgo, me lanzo hacia la vertiginosa realidad. Para ello, pongo en juego los papeles en los que me tocó actuar, apostando al gran desafío…desafío de educar.

Experiencias para el olvido

Javier Villalba
Se inicia el Ciclo Lectivo 1995, qué incertidumbre no saber dónde iría a trabajar como docente este año, ya que desde entonces los tiempos son dificiles y con un solo cargo no alcanza. A pesar de lo bien que la pasábamos en la ruta para ir a trabajar a los pueblos vecinos y sobre todo en las escuelas, no era muy alentador semejante sacrificio.
Qué suerte, una mañana me convocan desde uno de los Institutos Privados de la localidad para ofrecerme un cargo de Auxiliar Docente, allí tendría a mi cargo al grupo de varones de lº a 5° Año. La emoción era enorme porque trabajaría por años sin moverme de la escuela y la localidad, era TITULAR. Grande fue mi sorpresa cuando el primer día de clases la Rectora pide a los alumnos que escriban situaciones que a ellos no les gustaban y para mi desagrado unos cuantos escribieron qué no les gustaba que les hayan puesto la figura del auxiliar docente ya que se sentirían observados y perseguidos por mi, por lo tanto todos tiraron el papel al tarro de los problemas y le pegaron fuego.
Con el correr de los días, la relación se fue afianzando con algunos alumnos y con otros fue una tortura. Todos los días un problema distinto, desde tirar bombitas de olor en cuanto Acto hubiera hasta hacerles pagar derecho de piso a los alumnos más chicos poniéndolos de cabeza en los inodoros. Había que luchar a diario con todo y con todos, chicos y adultos.
Cuando los chicos violaban las normas de convivencia, las sanciones tardaban en llegar, como auxiliar agotaba todas las instancias posibles de resolución de conflictos: charlas en privado con el alumno, con los padres, tutores de curso y autoridades del colegio, pero más de una vez no surtían efecto así que procedía a solicitar las medidas disciplinarias correspondientes que se aplicaban según la cara del cliente, no había que molestar a los padres porque si no dejarían de colaborar con la institución.
Tengo presente la situación de Mauro, alumno de 4° Año. Problemático si los hubo, con él no había estrategia que diera resultado, se pedían las sanciones y siempre llegaba el perdón, hasta que una mañana ni bien llego al colegio, serían 7, 15 hs. me llama la rectora para comunicarme que a Mauro no lo quería más en el colegio, le aplicaría las 25 amonestaciones para expulsarlo. Le pregunto ¿qué había ocurrido a esa hora cuando aún no habían ingresado a clases o si sucedió algo la tarde anterior en la clase de Educación Física a lo cual recibo como respuesta que "nada, lo hago por todas las macanas que se había mandado antes" ahí nomás le digo "esto es como pretender corregir a un perro días después que nos orinó la alfombra, si no se hace en el momento después no tiene sentido", muy suelta de cuerpo la monjita me dice "no importa a Mauro no lo quiero más aquí, prepará las amonestaciones y después del primer recreo lo llamás que se lo comunico" sin tener lugar al retruque procedo según las instrucciones dadas.
Cuando el estudiante sale de la rectoría, yo creí que estaba en presencia del mismo demonio, entra al curso violentamente y comienza a arrojar mesas, sillas, carpetas y todo lo que estuviera delante suyo, imposible calmarlo, si no me escondo detrás de una columna todavía estoy desmayado de un sillazo u otro objeto arrojado por Mauro. Nadie entendía nada, profesores y alumnos me preguntaban y yo respondía "no se lo sancionó en su momento y ahora no tiene sentido hacerlo"'más cuando por esos días, no digo que haya sido San Pedro, pero su comportamiento estaba bastante acorde a lo pretendido por nosotros. Los padres de Mauro son convocados a la institución para comunicarles tamaña decisión y luego de una larga reunión con la Rectora se retiran con el alumno a su domicilio. Lo gracioso de esto, es que todos pasamos por un momento muy desagradable para después de un tiempo ser reincorporado nuevamente, así es
como Mauro logra obtener su certificado de nivel medio y hoy es un gran jugador de footbal.
Otra situación que me impactó fue la de Franco, también alumno de 4º Año pero unos años más tarde.
Aquella mañana había transcurrido de lo más calma, nada hacía presumir un final como el que procedo a contar:
Imaginemos a todo el alumnado formado ya para retirarse a sus domicilios (serían unos 180 alumnos). Franco era el primer alumno de la fila ya que era poseedor de una contextura física muy diminuta.
En un momento dado y en medio del acto de acción de gracias Franquito comienza a tener actitudes un poco molestas, reía, charlaba, empujaba, pateaba a lo de atrás a lo que procedo a llamarle una y otra vez la atención para que deponga su actitud, pero el jovencito lejos de hacerlo continúa como si nada, terminado el momento de oración la Hna. Rectora le quería hacer entender que esas no eran actitudes de un alumno que concurría a un colegio religioso y que la próxima vez lo amonestaría.
Franco reacciona muy mal diciéndole a la monjita que se fuera a lo de la madre que la trajo al mundo, que no se iba a portar como ella quería, se acordó que tenía pene mandándola a succionárselo, creí descomponerme ante semejante situación, no podía creer lo que estábamos viviendo, nadie entendía esta actitud máxime cuando era un alumno que no daba tanto trabajo.
Franco se retira corriendo a su casa, tuve que quedarme a reunión para resolver qué se hacía. Acordamos en aplicarle las 25 amonestaciones para que el resto del alumnado no copiara estas actitudes, todo fantástico hasta ahí, pero a qué no saben qué ocurrió.. ..Franco ostenta título universitario.
Situaciones graves se vivieron a lo largo de todos los años que me desempeñé en ese colegio ya sea como auxiliar o como profesor. Hoy me pregunto qué será de esta institución, seguirán ocurriendo semejantes cosas o habrá cambiado, ya no me interesa, mi permanencia allí me costó seis meses de licencia sin goce de haberes y sostén psicológico para poder afrontar con entereza todas estas situaciones.

Del dicho al hecho en la discriminación

Mirta S. Weht
Mi primer suplencia, como maestra de actividades prácticas, comenzó con una semana de clases en un pueblo cercano a Santa Rosa, en una escuela con olorcito a casa de campo. Las suplencias correspondían a EGB I y II aunque un día tenía que ir a dar dos módulos en 7º Año en el colegio secundario del lugar. Cuando llegué me presenté. Comenzaron a mirarse entre todas porque creían que nadie iría en lugar de la titular y mandaron a la preceptora al aula a ver si estaban los chicos o entraban más tarde, mi desconcierto era total. La preceptora vuelve para avisar que los chicos están en el aula. La directora me dice que ni les muestre mi sonrisa, que eran tremendos, que eran los repitentes. Me acompaña al curso la preceptora con cara de pocos amigos.
Ingreso, los saludo, me presento, les pido que me digan sus nombres; dialogo con ellos para saber si tenían trabajo comenzado y en ese momento se abre la puerta y se asoma la docente del otro 7º, de la misma materia, y señalándolos recalca: “son los repitentes”.
Sentí dentro de mí tal mezcla de sentimientos! ¿Era necesario categorizarlos tan abiertamente?. ¿Es tan grave ser repitente? Si entre todos partiéramos de la realidad de estos chicos en vez de poner esta denominación-sanción, tal vez encontraríamos los medios y las estrategias para que estos hechos se revirtieran. Pero para ello, los docentes deben contar con saberes que modifiquen actitudes y modelos de enseñanza.

El niño travieso

María Elisa Renaudo

Ocurrió en mi pueblo natal, ubicado al norte de La Pampa, de apenas 5000 habitantes, chico y cálido, del cual tengo los mejores recuerdos de mi infancia y de mis escuelas. La 76 como le decimos a la escuela primaria, con sus ventanas y puertas altas, antiguas, de más de 80 años. El secundario, un colegio de apenas 5 aulas, pequeño pero con profesores que marcaron mi futuro como docente.
Son ellos de quienes no me voy a olvidar jamás, por que tuvieron un gesto que me llenó de alegría. Hacía dos meses que me había recibido de Profesora en Ciencias Biológicas, todavía no tenía el título en mano. Era jueves y a las 14 horas, suena el teléfono en mi casa de Santa Rosa, donde resido, atiendo y me dicen:
- Buenas tardes, habla la secretaria de la Unidad Educativa, necesito hablar con María Elisa.
Yo respondo:
-Sí, soy yo-.
La secretaria:
- Te queremos ofrecer un 8º año en la asignatura Físico-Química.
Al escuchar me pongo nerviosa y no dejo a que termine de hablar y contesto:
-Pero yo estoy anotada para auxiliar docente y de secretaría no para estar frente a alumnos.
La secretaria:
- Sí, sabemos tu situación y te estamos convocando por propuesta para dar clase.
En ese momento me llené de alegría, el corazón me latía muy fuerte y las piernas me temblaban por los nervios y, sin preguntar los días y las horas dije que sí, acepté la propuesta ya que me encontraba desocupada.
Esa misma noche viajé a mi pueblo; la ansiedad hacía que las horas del reloj se alargaran. Cuando se hicieron las ocho horas de la mañana, entré a la escuela, saludé a todos y luego de darme la bienvenida, la directora me dijo:
- El lunes empezás.
Llegó el lunes 6 de marzo inicio del calendario escolar; ingreso a las14 horas y 40 minutos a la escuela y mis primeras palabras hacia mis colegas fueron:
- Me siento rara porque hasta hace unos años ustedes me daban clase y ahora compartimos la sala de profesores.
Sentirme rara era estar llena de emoción y entusiasmo por empezar a trabajar, por hacerlo en mi lugar natal y con gente que me había educado en los últimos años, antes que me fuera para ingresar a la facultad. A los minutos de estar allí toca el timbre indicando que se terminó el recreo para entrar a las aulas. Entonces busco a la auxiliar docente y pido que me acompañe hasta al curso. Estaba nerviosa pero trataba de disimularlo. Después de presentarme me calmé y todo salió normal a pesar de que era mi primer día de clase.
Todo transcurría tranquilo, viajaba todas las semanas 160km para reencontrarme con un grupo bueno que trabajaba y que hasta el momento no había tenido ninguna dificultad, pero llegó el mes de mayo y me surge trabajo en las escuelas de Santa Rosa; entonces tuve que poner en la balanza si me convenía seguir viajando. Después de días de pensarlo, difícil situación por los sentimientos de mi lugar de crianza, renuncié en mi pueblo e inmediatamente comencé a dar clases en 9º año de Biología en Santa Rosa.
Eran las 8 menos diez de la mañana de un viernes, afuera hacía frío y estaba nublado; adentro de la escuela estaba hermoso, o al menos eso me parecía a mí ya que estaba contenta por empezar a trabajar. Después de izar la bandera entramos al aula; me tocaba dar clase en el laboratorio donde tenía 33 alumnos, todos muy apretados. Feliz, me presento, intercambio diálogo con los alumnos, luego miro el pizarrón y me doy vuelta para poner fecha, título y comenzar a trabajar. En ese instante, estoy de espalda a los chicos, uno de ellos se para en una silla, pone Plasticola en las paletas del ventilador de techo y les pega un manotazo; cuando éstas empiezan a girar, desparramando la plasticota por todo el aula, cae en los bancos y en las cabezas de sus compañeros.
Asustada, sin conocer a los alumnos, llamo al preceptor, le explico lo que pasó y pregunto qué puedo hacer, a lo que él me responde:
- Ya me tiene cansado, vamos a ponerle un llamado de atención.
- Bueno- , le respondo, pero encárgate vos por que no sé como es el manejo, yo después te firmo.
Después de todo esto vuelvo al aula, retomo la clase y todo siguió normal.
A la semana siguiente cuando vuelvo al curso y no veo al alumno, pregunto por él y me cuentan que venía con problemas de la casa, que todos los días quería llamar la atención y con mi sanción fue suspendido por una semana de la escuela.
En ese momento me puse triste y pensaba que podría haber resuelto la situación de otra manera, pero analizando la poca experiencia que llevaba hasta ese entonces como docente, me di cuenta que me iba a enfrentar con muchas situaciones problemáticas durante mi carrera, algunas más fáciles de resolver que otras, pero que de todas algo tenía que aprender.
Esto me hizo reflexionar, ver la diferencia entre un pueblo y las escuelas de una ciudad. Yo, en mi pueblo conozco a los chicos, sé de sus problemáticas y los puedo ayudar, en cambio en la ciudad somos todos desconocidos.
Nunca pierdo las esperanzas de volver a mi escuela y nunca me voy a olvidar el largo paso como alumna y el corto paso como docente que llevo hasta el momento. Son recuerdos que tengo en mi corazón y estoy segura de que pueden pasar muchísimos años pero, yo, alguna vez voy a volver.

Primer Día

Carmen Luisa Moyano
Estamos en noviembre de 1949. Faltan pocos días para que finalicen las clases pero me han nombrado Maestra de Grado para la Escuela Nº 63 de Alpachiri y allá voy, a lo desconocido.
Mi primer día de trabajo es el veintiuno. El Director, don Federico Pérez Schilde, me presenta a los alumnos: un segundo grado, no recuerdo de cuantos niños, pero seguramente más de veinte. Luego me deja frente a ellos y así doy comienzo a mi tarea docente.
Ante mí, aquellos chicos que al término de un año de ser conducidos por una maestra cuya manera de tratarlos bien conocía, se veían ahora frente a un cambio que los tuvo expectantes, al menos aquel primer día.
También para mí, que me iniciaba, el momento era difícil. Después, poco a poco, conversación mediante, el encuentro se fue distendiendo y los vi dejar su inmovilidad y mostrarse más confiados.
Es conveniente decir que la mayoría de esos niños proviene de familias de origen alemán, más precisamente del sector de los llamados Alemanes del Volga. En su modo de hablar se nota la influencia del idioma que se practica en sus hogares y es comprensible que algunos hayan permanecido hasta tres años en primer grado, pues llegaban a la escuela sin saber palabra de castellano. Ese tiempo les había demandado ubicarse en la nueva situación.
La comunidad de los Alemanes del Volga es allí muy numerosa. La mayoría de ellos se dedica a tareas específicamente agrícolas, para las cuales la zona es particularmente apta. Es muy encomiable la dedicación de esta gente al trabajo, como también su preocupación porque sus hijos concurran asiduamente a la escuela. Tratan de estar cerca de quienes tienen costumbres afines a las suyas y hablan el mismo idioma que por cierto siguen practicando y es un poderoso vínculo de identidad. No obstante existe en ellos disposición a comunicarse con pobladores de otros orígenes de manera que se constituye una convivencia armónica, lo cual se advierte en el acercamiento amistoso y en el compartir celebraciones y fiestas.
Nosotras, docente jóvenes, asistíamos a los bailes, principalmente en vísperas de los días feriados. También en esas ocasiones se advertían las preferencias de la mayoría. Todo comenzaba con polka al estilo europeo de donde ellos procedían, pero la integración era perceptible.
En ese medio comenzó mi actividad al frente de alumnos. Muchos fueron los interrogantes que me planteaba, al par que alentaba esperanzas de realizar una tarea provechosa: todo un desafío al que habría de enfrentarme al año siguiente. Estaba iniciándome en un ámbito un tanto distinto del que ya conocía y al cual debería adaptarme.
Pero, en honor a la verdad, debo decir que fui recibida amable y afectuosamente. Me sentí como en mi casa durante los seis años que trabajé en Alpachiri. Con gran placer he vuelto varias veces en oportunidad de alguna celebración o aniversario. Siempre encontré en amigos y ex alumnos esa calidez del reencuentro para evocar días de feliz convivencia.

Recreo… ¿Momento de tensión o alivio?

Verónica Lorena Gatica
En realidad, mucho para contar no tengo, o será que ante la inmensidad del papel, uno se bloquea y todos los recuerdos o situaciones que se viven en cada una de las escuelas por las que pasa, desaparecen…
O quizás, uno piensa que son insignificantes y ante ese pensamiento, las palabras con las que serían contadas sonarían vacías.
Uno vive tantos pequeños momentos en cada Institución, que hacen a la felicidad o mal momento, que a veces casi ni se registran… o sí.
Buscando en los recónditos lugares de mi cabeza, uno apareció…
No será novedoso, y menos en estos tiempos, pero nunca lo había visto tan de cerca. Creo que aún hoy, no puedo entender donde se produjo el quiebre, la brecha que separó tanto el tiempo en el que nosotros íbamos a la escuela…con el tiempo actual. ¿Es posible tanto cambio? ¿Cuándo pasó? ¿Cómo?
Tarde de Mayo, primer recreo, estábamos con la docente que era mi paralela, cuidando la galería. Todos estaban jugando en los patios y unos pocos en la cola del kiosco, esperando que otra maestra los atendiera.
De repente, “¡Un portazo!” La puerta de entrada de la escuela, casi fue arrancada. Una “señora” gritando, insultando. Era la madre de un alumno de 6to, que venía enfurecida; sus ojos desorbitados, su apariencia física en general, daba “cosita”. Ella iba en búsqueda de “mi paralela”.
Cuando quedó frente a nosotras dos, su mirada realizó un registro rápido del lugar y quedó clavada en la pobre chica que estaba a mi lado. Mirándola fijamente, descargó sobre ella, todos los insultos que tenía en la cabeza… y en la lengua. La amenazó, de arriba a abajo y si no la hubiésemos corrido con la docente que estaba en el kiosco, su puño “grande y fuerte” hubiese dejado sin mandíbula a mi pobre paralela.
Los niños que estaban ahí, la miraban perplejos, algunos alentaban la pelea, otros murmuraban entre ellos.
Cuando se “calmó” en cierta medida, esta señora, le preguntamos cuál era el motivo por el cual estaba tan enojada: ¿Qué contestó? :
-…”Esta rusa (porque mi paralela es rubia…) quiere sacar al Iván de la Bandera. Se mete con el chico porque lo tiene entre ceja y ceja, pero conmigo no va a jugar, y menos con el chico!...”
Luego que respiró, siguió diciendo…
-…” Además no sé que se cree esta tipa, si es una suplente cualquiera, esta un tiempo y se va, cuando venga la titular…”
Luego, pidió retirar al niño, y se fue como vino.
Mi paralela, se descompuso, le subió la presión, y la tuvimos que llevar a la sala de maestros por un buen rato…
Después de toda esta situación, yo me preguntaba…
¿Valió la pena pasar ese mal momento? ¿Quién nos protege a nosotros los “docentes” de estas situaciones?
¿Qué podemos pretender de los niños, cuando en la casa no tienen los ejemplos necesarios para convivir respetuosamente con los demás?
Educar es hermoso, pero tiene ese desafío. Interesante para reflexionar, ¿no?

¡Violencia “borradoresca” educación grotesca!

Florencia Bardin
Mi acercamiento a la docencia ocurrió en mi primer año de magisterio durante las ayudantías áulicas y, si bien me faltaba mucho en mi formación -¡corrección!, me sigue faltando mucho- mis alumnos no lo sabían y esperaban a su maestra suplente. Toca el timbre y la vice-directora me indica cuál fila corresponde a 5° grado. Saludamos a la bandera y en el correspondiente ritual no veo caras de mucha solemnidad.
Una voz indica que pasen a las aulas y yo paso a dirección para “algunas indicaciones”. Análisis aparte, ameritaría aquella brevísima pero contundente charla. Igualmente les acerco un extracto de los dichos de la vice, “ Hola querida, vos sos jovencita y esta es una “escuelita” complicada así que el único consejo es “a cara de perro…”.
Salgo desconcertada, camino por el corredor, y al mismo tiempo, un bullicio se intensifica inversamente proporcional a la distancia de mis pasos hacia la puerta del aula. Abro las portezuelas, reconozco que con un poco de miedo yyyyyyyyy, descontrol, casi generalizado, a no ser por tres niñas sentadas en la primera fila, que, supongo, se asombran de mi cara de desconcierto, el resto, ni se inmuta con mi presencia, algunas nenas corren a un chico que agita coleros en sus manos, como premios de guerra; otros alumnos colgados de la ventana parecieran balancearse en paralelas a modo de competidores del campeonato olímpico.¿Usted se interrogará dónde estoy? , al frente, y por primera vez en mi vida me siento invisible, inexistente; mi cabeza va a mil ¿qué hago? ¿quién me mandó a domesticar a estas dulces palomitas”? Usted señores /as lectores disculparán la caótica narración, pero quizás en ella puedan sentir lo que yo sentí.Una de las niñas me llama y yo vuelvo a tomar conciencia de la realidad, ella me dice, que la seño Judith en estos casos bastantes frecuentes, golpea el borrador en el pizarrón al son de gritos desaforados de “cállense, por el amor de Dios”. Yo por un momento me imaginé avejentada con vos chillona, golpeando el pizarrón e invocando el amor de un Dios, que si existe en este mundo caótico poca relevancia debe dar a estos asuntos.
Luego de varios minutos, mi cuerpo sólo atinó a salir del aula tratando de no correr: ¿reacción innata de supervivencia, quizás?.
Cerré la puerta, apoyé mi espalda en ella, y realicé el ejercicio de respirar en cuatro tiempos que mi profe de yoga con tanto ahinco y en posiciones extrañas trató de inculcarnos. Las estrategias, posibilidades y acciones venían a mi mente a velocidad de la luz, tratando de aplacar la ansiedad y la angustia del ¿qué hago?.Pero Oh!, el milagro se produjo sin la intervención violenta del borrador. Por supuesto que el viejo pizarrón agradecido de escapar a los golpes. ¿De qué milagro hablo se preguntarán ustedes? De pronto escuché una voz más potente que la del resto que recriminaba a sus compañeros diciéndoles que siempre por su culpa los retan: “ahora seguro viene la directora y nos bailan toda la tarde”, decía.El caos se autoordenaba, en una discusión de culpas de unos contra otros. Cuando la disputa empezó a tornarse candente ingresé al aula. De repente silencio absoluto, sí, ab-so-lu-to. Disfruté unos segundos del “poder”. Miré sus caras, una por una, cuando una voz desafiante preguntó ¿viene la vice?, ¡No! contesté monosilábicamente, y disfruté del control de la palabra; la verdad, es que lamento no recordar con exactitud lo que pronuncié, sólo recuerdo mi sentimiento de calma, de seguridad y del poder que ellos mismos transmitían. Creo que les mencioné que no eran unos bebés, ni yo su niñera, que quien no quisiera trabajar podía ir a molestar, a golpearse, etc., al patio; los recorro con la vista y siento que verdaderamente me escuchan, siento que quizás sin mi discurso, ellos sólos habían autovalorado su accionar. Otra vez el desafiante interpela -¿Y quién nos va a cuidar en el patio?- Yo respondo: -Nadie-, y por más que no los conozco me siento orgullosa de ellos, entonces comienzo la clase: me presento, organizamos las mesas en círculo y repasamos clases de sustantivos con un juego improvisado. El resto de la hora transcurre sin mayores sobresaltos.
Toca el timbre, alboroto de algarabía, los miro y el líder de siempre, me dice -¡bueeno seño, es el recreo largo!-. Me acerco a su oído y en una cómplice confidencia le susurro que yo también tenía ganas de gritar, me sonríe y corre al patio.En mi hora libre, libre es un decir, le cuento la anécdota a una amiga que también realizaba ayudantías y al relatar lo sucedido, me doy cuenta que la clase no empezó cuando yo tomé el control, es más que ni fui yo quien “impartió educación”, la clase empezó cuando decidí no golpear el borrador, cuando el grupo internalizó por su propia cuenta que debían adecuar su conducta “futbolera”: nos encanta a los maestros decir: “esto no es una cancha”, a la escuela.
Vuelvo de mis abstracciones y escucho a otras docentes opinar sobre cómo los chicos cada vez están peor, más irrespetuosos, etc. etc. . etc. De pronto una de mis colegas me increpa -¿y si se hubieran ido al patio?-. La verdad ¡no lo sé!, lo que sí sé es que mi estrategia improvisada sólo funcionó con ellos, por esa vez, y bien podría no haber funcionado.
El futuro es incierto y por más que ello nos angustie, ¿no está bien que así sea? Quizás la forma de enfrentar la angustia de la incertidumbre no sea con violencia ”borradoresca” sino creyendo en el otro.

Una profesión que endulza el alma

Marcela Fabiana Paulino
Dicen que cada uno debe elegir una carrera por vocación para no equivocar el camino y fracasar, pero en mi caso particular esto no fue así. En un principio elegí la docencia por ser una carrera corta y que no requería un gran esfuerzo económico de mis padres. Además, por esos años ser docente tenía un prestigio social que con el tiempo se fue perdiendo.
Por suerte esta casi obligación de ser maestra se convirtió a lo largo de los años, y sobre todo por los alumnos, en la tarea que ejerzo con una enorme fe y una inocultable alegría, a pesar de las demandas que implica la docencia y de los múltiples roles que cumplimos hoy los maestros.
Mis primeros años en la profesión estuvieron marcados por un continuo devenir de instituciones -creo que tengo más aportes en la línea de colectivos que de jubilación- por lo que no lograba desarrollar un sentido de pertenencia en cada una por la que pasaba. Aunque nunca desistí en cumplir y disfrutar de la tarea diaria, a pesar de que algunas colegas me hicieron sentir notablemente y de muchas maneras que yo no pertenecía a ese lugar. Unas decían:
­_ “Los cursos son para las titulares” y no tenía la posibilidad de capacitarme.
_ “¡Uy justo esta semana estás de turno, qué mala suerte!” .
_ “Y tenés cartelera”, decía otra por detrás.
Y….si caías en fecha patria seguro te tocaba el acto, las glosas, la ornamentación… y dale que va. Había que pagar derecho de piso y encima llevar algo para compartir.
Cuando ya te estabas yendo te decían:
-“No te sientas mal estábamos bromeando”
Gracias a Dios siempre encontré maestras buena onda que ya habían pasado por eso y te decían:
_”No te hagas problema, no les hagas caso se creen las dueñas de la escuela”
Sí, sí es así.
Respeto al personal directivo no siempre la recepción fue la misma, algunas poseen calidez humana, otras asumen la dirección desde una postura autoritaria olvidándose que primero fueron docentes y exigiendo cosas que a veces me hacen pensar hasta qué punto la docencia nos afecta psicológicamente. Hablando de ello nunca olvido mi primera vez como suplente funcional en una escuela de jornada completa. Recuerdo un grupo de amigas extraordinarias, dispuestas a enseñarme y a ayudarme en lo que necesitara. Tenía a mi cargo las áreas de Lengua y Naturales de 6to año, los grupos eran muy piolas; pasábamos gran parte del día juntos por lo que rápidamente entablamos una relación de afecto mutuo. Fue un año tranqui hasta que llegó el final.
Como todos los niños, mis alumnos soñaban con su fiesta de egresados y yo…también. Y como de sueños se trataba pensé en la magia de los cuentos que a ellos tanta curiosidad les provocaba. Pensé en brujitas, fantasmas, hadas, sapos, arañas, varitas, escobas y en cuanto objeto mágico puedas imaginar. La idea fue comentada y a las chicas les gustaba y enseguida se prendieron. PERO… llegó el día de la reunión de personal donde teníamos que contar a la señora Directora cómo habíamos pensado el acto. Lamentablemente no lo entendió desde la magia, desde lo maravilloso, sino desde lo oculto, lo oscuro, lo satánico. No hubo forma de que entendiera nuestro proyecto, un NO rotundo “piensen otro tema” fue su última palabra y ahí quedamos todas desinfladas.
¿Qué hago ahora? Me preguntaba. Y así quedo el salón: corazones por un lado, estrellitas por el otro, en las nubes un solcito y en el fondo un arbolito. Para rematar el año mi suplencia terminó el 1º de diciembre.
Hace tres años logré una estabilidad cuasi laboral (suplente funcional en 1º año) por lo que pude desarrollar el sentido de pertenencia que tanto anhelaba.
Los sinsabores son muchos, especialmente en estos últimos años, nadie me preparó, ni a ninguno de mis colegas para manejar esta realidad. Hoy es muy difícil no ayudar a los que tienen un problema; hoy los chicos ya no aprenden en sus casas lo que antes aprendían; hoy se espera que la escuela ponga límites, dé nociones de respeto y de valores sociales. Aun así siento que no equivoqué mi carrera y que volvería a elegirla, ella me da la posibilidad de gratificarme a diario y a través de los años no dejo de sorprenderme ante la emoción, asombro y alegría de un alumno que logra leer sus primeros textos.
Ello se ve potenciado por el agradecimiento, cariño, confianza y apoyo de las familias que me acompañan a diario.
Un ramillete de frescos, tiernos y entrañables recuerdos, la inocencia de los niños, un montón de circunstancias y situaciones que van desde las más risueñas hasta las más tristes, hacen de mi profesión una de las más gratificantes (una de esas que endulzan el alma…)
Espero no contagiarme del desgano, desinterés, bronca, desaliento y este sentimiento de desorientación que siento en mis colegas. Estoy convencida de que un cambio es necesario y que con el compromiso de TODOS se puede lograr.
Alguien dijo que “querer es poder”, pero para poder hay que querer y creer profundamente en lo que se hace… y eso es SER DOCENTE!

Sobre los usos alternativos de la palta

Lautaro Pagnutti
Recuerdo como en una ocasión aprendí los usos alternativos de la palta.
Este vegetal de exterior rugoso que asemeja a la cría aun por nacer de algún ya extinguido gigante jurásico y que alegremente engalana nuestra mesa, puede convenir a otras utilidades menos culinarias.
Miro hacia atrás y evoco ese momento. El pibe muy molesto y hostil, portaba, seguramente un conflicto mayúsculo. Jonathan, si mal no recuerdo, era su nombre. Ese día realmente se las traía todas encima.
Ante el requerimiento de una simple tarea, me chantó, tajante:
- Yo no voy a hacer nada.
Frente a tanta convicción, tuve que afirmarme:
- Sí que vas a hacer – lo desafié.
- No, se equivoca – espetó en términos mucho menos académicos de los que aquí recuerdo.
- Entonces salí afuera…-ordené ya enojado.
Y saltó nomás de la silla con el típico movimiento de hombros que en buen criollo se traduce como “que me importa”. Viendo que esa partida la perdía, arriesgué cuando el “desacatao” alcanzaba la puerta:
- Pero además voy a llamar a tu mamá…
El golpe lo afectó. No pudo disimularlo. Quizás por eso puso un ladrillo más en su tozuda agresividad.
- Mi vieja no va a venir para esto, dijo acentuando ese “esto” con expresividad literaria, casi con la fuerza poética del encono personificado.
Aproveché a tomar aire y le expliqué que si la convocatoria afectaba a su madre, él iba a ser el responsable, que seguramente ella estaba muy atareada, y que se diera cuenta en qué tipo de complicaciones la arrastraba sólo por una conducta un tanto caprichosa y bla, bla, bla. Pero sus gestos y comentarios lejos de aplacarse fueron adquiriendo un claro in crescendo de voluntad guerrera.
Ya para esto, el ambiente del aula fue mutando su atmósfera de estudiantina por algo parecido a esos galpones de apuestas clandestinas. Si bien faltaban el humo, el alcohol y la malicia del cuchillo, el clima se asemejaba a esas historias magistralmente narradas por Dashiell Hammet en Cosecha Roja. Los chicos esbozaban las risillas entre pícaras y socarronas; las niñas se removían inquietas y nerviosas. De reojo, observaba esos rictus torcidos en semisonrisas que interrogaban hasta dónde iba a llegar el joven Jonathan; todo soezmente condimentado por los típicos corrillos y uhhhh!! que alentaban las ínfulas del fulano.
Ante la presión y ya cara a cara, con mucha bronca apelé al chico de barrio que llevo encima y le solté groseramente:
- Pero ¿a quién te comiste vos?, ¿quién te pensás que sos?...
Ante tamaña pedagogía de callejón, y como quien quiere dejar sentado que no va a aflojar, me arrojó aquel mazazo:
- Y qué…cuando se inventó la pólvora se acabaron los guapos…
Esta vez el golpe lo acusé yo; nunca había escuchado algo tan sórdido para el ambiente educativo. Sólo pude atinar a decir:
- ¿Qué?, ¿me estás amenazando…?
No recuerdo con qué frase esquiva –pero sin menguar el tono hostil– plantó una retirada. Yo, por primera y única vez en mi vida, hice firmar un acta de compromiso. Por suerte la institución donde trabajaba era pionera en eso de transformar las reaccionarias y moralizantes “amonestaciones” en un intento de democratizar y madurar responsabilidades.
Sin embargo, el hecho en sí, me violentó más a mí que a él. Apelar a los papelillos correctivos era como perder algo, como un pedazo de inocencia, como un hiato bien atado de convicciones, como una filosofía quebrantada…
El caso es que, pasado el trance, veo a Jonathan en el recreo charlando con dos amigos de otro curso. Yo, a la vez, era profesor de esos alumnos que eran -¿como decirlo?- Difíciles, por usar uno de esos eufemismos escolarizantes.
Terminada mi jornada me retiraba a casa reflexionando sobre todo lo que había pasado ese día. En esos tiempos vivía en La Plata y viajaba desde esta ciudad a Berazategui en tren.
Las cuadras que me separaban de la estación de Berazategui a la Media 7 (en el pionerísimo barrio San Francisco de Villa España) las completaba en bicicleta. Caminando con la bici por el andén me crucé con los dos alumnos que habían estado hablando con Jonathan en el recreo.
- Que curioso- recuerdo que pensé – nunca los había visto por acá…
Pero bueno, tampoco era algo tan extraordinario.
Al momento de subir al vagón trasero –el típico reducto de quienes saben viajar por ese medio portando bicicletas– y cuando me encontraba en el menester de acomodarla sobre la pared metálica, percibí una extraña presencia. ¿Cómo contarlo cuando dura más decirlo que vivirlo?
Digamos que fue algo así como un barbero invisible y volador, que con intenciones de arrancarme el bigote, trazó cual saeta una línea dinámica para terminar estrellándose en aquella pared metálica, por encima de mi bicicleta. El estruendo fue tan imponente que la gente gritó y se arrojó al suelo, como si de pronto ese vagón suburbano extrapolara un fragmento desde Kosovo a este lugar del globo.
Yo, atribulado, no salía del asombro; miraba ese verdor literalmente destrozado. Cuando me sobrepuse a la sorpresa, miré en derredor para ver si apreciaba esas pícaras carillas que había cruzado en el andén. Justo el tren hizo sonar su pitazo estridente y la máquina comenzó su chirriante trajín. Nunca pude verlos.
Nunca pude comprobar mis sospechas, pero ese día Jonathan y sus compinches me enseñaron de forma muy didáctica los usos alternativos de la palta.